Las 12 Tribus de Israel en nuestra agenda cotidiana (1ra. Parte )

Una vida productiva requiere una conciencia del inexorable flujo del tiempo…

La dependencia del calendario, la agenda y el reloj, es una que compartimos con todos los habitantes en el planeta conscientes del tiempo. Como judíos, sin embargo, también nos vemos orientados por un calendario más sutil, un reloj más espiritual: el calendario y reloj de la historia. Como judíos, Avraham, Itzjak y Iaacov son tan centrales en nuestro concepto de mañana, tarde y noche como el arco que dibuja el sol en el cielo; Adám, Moshé y el Rey David marcan nuestro año tan prominentemente como el curso de las estaciones; y los doce hijos de Iaacov, progenitores de las doce tribus de Israel, son tan básicos en nuestra agenda cotidiana como los doce numerales grabados en la cara de nuestro reloj o las doce páginas sujetas por una espiral que cuelgan sobre nuestra pared.

Los doce hijos de Iaacov

Como se relata en el Libro de Génesis, los doce hijos de Iaacov nacieron de cuatro diferentes esposas y se dividen en tres categorías generales:

1) Los seis hijos de Leá: Reuvén, Shimón, Leví, Iehudá, Isajar y Zevulún.
2) Los dos hijos de Rajel, principal esposa de Iaacov y “el sostén de la casa” de Israel: Iosef y Biniamín.
3) Los cuatro hijos de las dos “criadas”, Bilhá y Zilpá: Dan, Naftalí, Gad y Asher.

Una división similar define sus papeles como mojones en nuestras vidas diarias: los hijos de Leá encarnan las actividades sobre nuestra planilla diaria, los hijos de Rajel representan los modos primarios de la vida judía, y “los hijos de las criadas” fluyen como los temas auxiliares en el curso de nuestro día que acompañan cada una de nuestras acciones y empeños.

Sinagoga, casa de estudio y mercado

El día en la vida del judío comienza con la plegaria, el “servicio del corazón”. Los primeros pensamientos conscientes del día, y las primeras palabras pronunciadas, son acerca de nuestra conciencia de la presencia de Di-s en nuestras vidas y nuestra deuda a Él por cada hálito de vida. Y aunque la plegaria formal debe necesariamente aguardar hasta que uno haya salido del lecho, se haya lavado, vestido y precipitado a la sinagoga, es el primerísimo artículo en nuestra agenda diaria. En palabras del Shulján Aruj (Código Judío de Leyes):
“El momento de recitar las plegarias de la mañana comienza con el alba… Desde la iniciación del tiempo para la plegaria, la persona tiene prohibido visitar amigos… atender sus asuntos personales, o embarcarse en un viaje, antes de rezar las plegarias de la mañana
Después de las plegarias de la mañana, el judío procede “de la sinagoga a la Casa de Estudio” para un diario “tiempo asignado para el estudio de la Torá”. De allí se aventura al mundo “secular” para atender sus asuntos materiales y el negocio de ganarse la vida.
Estas tres actividades son narradas por los hijos de Leá: Reuvén, Shimón, Leví y Iehudá representan las diversas fases de la plegaria y su “servicio del corazón”; Isajar representa el estudio de la Torá; y Zevulún representa el empeño del judío en el mercado.

El Servicio del corazón

La plegaria es “una escalera apoyada sobre la tierra, cuya cabecera toca los cielos”. Esta escalera consiste de cuatro peldaños: Reuvén, Shimón, Leví y Iehudá; o amor, temor, integración y abnegación.
El corazón del hombre es hogar de centenares, si no millares, de emociones identificables. Pero en un sentido más general, reconocemos dos impulsos primarios: el de abordar y acercarse, y el de retroceder y retirarse. A la primera categoría pertenecen emociones tales como el amor, el anhelo y la bondad; a la segunda, sentimientos tales como el temor, el miedo, la reverencia y la humildad.
El repertorio del corazón incluye también emociones que combinan ambos movimientos del ser. Una relación emocional madura incluirá sentimientos que son tanto de amor como de reverencia, sentimientos que integran un anhelo de cercanía con un temor contenedor.
De hecho, tal síntesis de amor y temor es la forma más alta de expresión emocional del corazón. Pero un logro aun mayor del corazón es la negación de la emoción. Pues todas las emociones, ya sean de las autoexpansivas, autorestrictivas o “integradoras”, son una forma de expresión del Yo; en tanto que para relacionarse verdaderamente con alguien o algo que está más allá del propio ser, uno debe despojarse de todo vestigio de interés y estima personales.

Estos son los cuatro peldaños en la escalera de la plegaria. En la primera fase del “servicio del corazón” (que culmina en la primera sección del Shemá), el objetivo es desarrollar un sentimiento de amor hacia Di-s, un anhelo y aspiración por acercarse a Él. La segunda fase (coincidiendo con la segunda sección del Shemá) es el desarrollo de sentimientos de reverencia y temor hacia Di-s. La tercera fase (asociada con la bendición “Verdadero y Perdurable”, recitada entre el Shemá y la Amidá) es la fusión de amor y temor en nuestra relación con Di-s. En la cuarta fase (lograda durante el recitado silencioso de la Amidá) trascendemos la emoción misma, renunciando a todo sentimiento y deseo para lograr un compromiso absoluto y una devoción inequívoca con Di-s.

En la terminología de la Cabalá y el jasidismo, amor y temor son los ojos y oídos del corazón. La vista es el más íntimo de los sentidos; la audición, el más distante y apartado. En consecuencia, el amor—el anhelo del corazón por acercarse— es su facultad de visión, y el temor —el impulso del corazón a retroceder y retirarse— es su sentido de oído.

Reuvén, cuyo nombre deriva del hebreo rejá, “vista”, y quien fue llamado así por su madre porque “Di-s ha visto mi sufrimiento; ahora mi esposo me amará”, representa, así, la primera etapa de la plegaria, el elemento “amor” en nuestro servicio del corazón. Shimón —de shemiá, “oído”, llamado así en respuesta al hecho de que “Di-s ha oído que soy rechazada”— representa la segunda etapa de la plegaria, el retroceso del corazón en reverencia y temor. Leví que significa “apego” y “unión” (su nacimiento impulsó a Leá a decir: “Ahora mi esposo se unirá a mí, pues le he dado tres hijos”) representa la unión de amor y temor en la tercera etapa de la plegaria. Y Iehudá, cuyo nombre significa “aquél que reconoce” (“Esta vez reconoceré gratitud a Di-s”, proclamó Leá con el nacimiento de Iehudá) representa el cuarto peldaño en la escalera de la plegaria, la auto-abnegación a Di-s que expresamos en la silenciosa Amidá.

Editado y extraído de “El Rebe Enseña” Editorial Kehot Lubavtich Sudamericana.

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