Despejando escombros

…El hombre tiene libre albedrío: puede escoger ignorar lo obvio y observar al mundo como una pila accidental de escombros, una mezcolanza de elementos…

Si una mapolet (edificio derrumbado) cae sobre alguien [en Shabat], aun cuando es dudoso si él está allí o no, si está vivo o muerto, si es un judío o un pagano, hay que despejar la pila de piedras de sobre él.
¿Cuánto se debe verificar (si el cuerpo de la víctima no da señales de vida)? Hasta su nariz. Otra opinión es: hasta su corazón.
Si uno encuentra que los de más arriba (o sea, aquellos en la parte superior de la pila de escombros) están muertos, no se debe presumir que los de más abajo también han muerto; ya sucedió que los de arriba se encontraron muertos y los de abajo vivían.
— Talmud, Iomá 83a y 85a

La Torá es comparada al ser humano1. Como el hombre, es una síntesis de cuerpo y alma, poseyendo un elemento “físico” —una guía y código legal para la vida física— así como también un elemento “espiritual” y místico que alude a la vida interior del alma.
Y tal como el cuerpo y el alma humanos se combinan e integran para formar la entidad llamada “hombre”, así sucede con el cuerpo y el alma de la Torá: por un lado, sus conceptos más sublimes tienen sus aplicaciones prácticas en la vida de todos los días; por otra parte, cada extremidad y célula del “cuerpo” de la Torá retiene también una connotación espiritual, relacionada con la psiquis humana, la relación del hombre con su Creador, y el propósito de su existencia.
Lo mismo es cierto del arriba citado pasaje del Talmud.
Superficialmente, éste es parte del “cuerpo” de la Torá, una ley que deletrea el grado en que se permite (y obliga) al hombre a violar el Shabat en caso de que hubiera siquiera la más remota posibilidad de salvar una vida. En un nivel más profundo, los principios establecidos por esta ley se extienden más allá del caso específico de un edificio que se derrumbó sobre sus ocupantes en Shabat, para iluminar nuestra lucha por hallar orden y significado en medio de las dificultades de la vida.

Rea1idad colapsada
Un edificio derrumbado, puede argumentarse, no es esencialmente diferente de uno en pie. Su masa y peso no han cambiado, ni tampoco la composición de sus materiales: cada ladrillo y viga, cada clavo y vidrio de ventana, cada mueble y cada utensilio, todavía está allí.
Todo lo que ha cambiado es su forma exterior y su disposición uno respecto del otro. ¡Pero qué diferencia!
Por un lado tenemos un hogar: un edificio conteniendo un número de salas, cada una diseñada y equipada para satisfacer una necesidad vital de sus habitantes, que en su conjunto protegen y facilitan la vida multifacética y compleja de una familia.
Por otra parte, tenemos una pila de escombros que presentan un peligro mortal —o, en el mejor de los casos, hacen la vida bastante miserable— para cualquiera lo suficientemente desafortunado como para quedar atrapado adentro.
El mundo es una estructura compleja cuyo diseño y propósito es evidente a cualquier observador imparcial2.
Pero el hombre tiene libre albedrío: puede escoger ignorar lo obvio y observar al mundo como una pila accidental de escombros, una mezcolanza de elementos, criaturas y “leyes” sin origen, dirección o propósito.
Semejante persona es comparable a uno que ha sido sepultado por una mapolet— uno que habita la creación, no como un residente del hogar que es, sino abrumado por un montículo de cascotes faltos de sentido, caprichosos, que trituran el alma3.
“No te quedes impasible ante la sangre de tu hermano”4, advierte la Torá. No puedes envolverte en una santidad personal de Shabat, distante de un mundo caótico. En cambio, debes trabajar para despejar la pila de escombros de tu semejante, iluminándolo5 con la enseñanza y el ejemplo. Cuando la vida espiritual de otro está en peligro, debes alterar tu propio “Shabat” para salvarlo.
Tres Dudas
Como dijimos, no solamente cada ley del “cuerpo” de la Torá tiene su equivalencia espiritual, sino también cada uno de sus artículos y cláusulas. Así, cada uno de los detalles presentados por el Talmud —las posibles dudas que puedan existir (está allí o no, está vivo o muerto, es judío o pagano), cuánto examinar en busca de señales de vida (corazón o nariz), y la cuestión de cuán profundamente sepultada por los escombros está la víctima (los “de arriba” y los “de abajo”)— todo se aplica al “alma” de esta ley.
Generalmente hablando, hay tres preguntas que pueden formularse en cuanto a uno que está sepultado en los “escombros” de una percepción materialista de la realidad:

1) ¿Está él allí? A menudo, un alma podría verse abrumada por la maraña de la vida física, pero no estar verdaderamente “allí”. Su corazón está con su ser espiritual, y “donde están los pensamientos de la persona, allí es donde está verdaderamente”6.
Su involucración con lo material es indiferente y sin pasión; él siente que éste no es su lugar y anhela una vida más espiritual. Semejante individuo es obviamente el más fácil de extraer de la pila de escombros. De hecho, quizás ni siquiera precise en absoluto nuestra asistencia. Por otra parte, la persona podría estar tan inmersa en la pila de escombros que él —sus pensamientos, sentimientos y deseos— está de hecho allí, sepultado en el materialismo7.

2) ¿Está vivo? La vida, en su definición absoluta, es el apego al Creador y Proveedor de vida; en las palabras de la Torá: “Vosotros, que os adherís a Di-s… estáis vivos”8.
Aquellos, sin embargo, que violan la voluntad Divina volviendo sus espaldas a su propia fuente de vitalidad, “son considerados ‘muertos’ incluso en vida”9. La persona podría estar envuelta en la “pila de escombros” del materialismo pero continuar viva, animada por su cumplimiento de Torá y mitzvot; o podría haber segado, Di-s libre, el conducto de vida de su alma10.

3) ¿Judío o pagano? Incluso quien transgrede la voluntad Divina todavía podría aferrarse a su identidad, albergando una lealtad a su Di-s y a su pueblo pese a cuánto lo desmienta su comportamiento y aspecto exterior. ¿Pero qué pasa con quien está tan abrumado por la “pila de escombros” que está completamente alienado de sus raíces y ha renunciado a la esencia misma de quién y qué es él? ¿Tiene sentido perturbar la propia tranquilidad espiritual para intentar rescatar a este individuo?
Dice la Torá: cualesquiera sean tus dudas acerca de tu hermano sepultado—si está “allí” o no, “vivo” o espiritualmente “muerto”, o siquiera totalmente alienado— nunca está perdido, siempre caben esperanzas. Debes hacer lo imposible por despejar los cascotes que sofocan su alma, revivirlo, y re-encender su identidad indestructible.

Señales de Vida
Ningún alma está perdida, pues el alma es “literalmente una parte de Di-s en lo Alto”11. Di-s puede haber forjado el cuerpo humano del “polvo de la tierra”12, haciendo al hombre susceptible a la terrenalidad de su ambiente; pero “El insufló en sus narices un alma viviente”13, imbuyendo al polvo con espíritu e impartiendo a la arcilla una chispa de Divinidad.
El hombre podría suprimir la esencia Divina dentro de sí, desterrándola a lo más recóndito de su corazón, reduciéndola a un tímido fulgor de conciencia que llamea de vez en cuando pero no “interfiere” demasiado con el negocio diario de la vida. O bien, podría haberla desterrado enteramente de su ser interior, de modo que no tenga en absoluto influencia perceptible sobre él. Pero no puede deshacer lo que Di-s ha hecho.
Di-s sopló un alma viviente en sus narices; el hombre puede negar su entrada en su ser, pero allí revolotea, posada en el portal de su vida. Así, de este individuo se dice que es uno cuya “alma está en su nariz”14, morando a la entrada del cuerpo del que ha sido exiliada, lista para saturar su mente, corazón y vida en el momento mismo en que inhale el hálito Divino de vida impartido a él.

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