Tzav – El Altar del Corazón

El hombre es un templo, un edificio diseñado para servir y alojar a lo Divino. Su corazón es su altar, un fogón para la pasión que anima sus actos. Una vida mecánica es tan hueca y frígida como un templo sin altar…


Un fuego constante arderá sobre el altar, nunca ha de ser extinguido.
— Levítico 6:6

Constantemente, incluso en Shabat. Constantemente, incluso en estado de impureza.
— Talmud de Jerusalén, Tomó 4.6

El Shabat es el día semanal en el que cesamos toda involucración activa con el mundo, un día más de reflexión que de acción, un santuario para el pensamiento en medio de nuestras vidas orientadas a la palabra y los logros.
Uno podría suponer, por lo tanto, que también el altar en el Beit HaMikdash (el Gran Templo) debería descansar en Shabat.
En el otro extremo del espectro, hay momentos en la vida de la persona en los que su falta de involucración con el mundo material no se debe a su estado trascendente, sino, por el contrario, al hecho de que está muy hondamente entrampada en el materialismo como para ser capaz de tener efecto positivo alguno sobre su entorno. Este es el significado más profundo de las leyes de tumá (impureza ritual): un individuo que es tamé (ritualmente impuro) tiene prohibido ingresar al Beit HaMikdash o entrar en contacto con cualquier cosa santa, hasta no haberse purificado. Nuevamente, uno podría aplicar la misma norma al altar y extinguir su llama en el caso de que haya sido impurificado, o lo hayan sido quienes lo atienden.

Dice la Torá: “Un fuego constante arderá sobre el altar, nunca ha de ser extinguido”.
“Constantemente”, explica el Talmud, “incluso en Shabat; constantemente, incluso en estado de impureza”. Ninguna condición es demasiado excelsa o excesivamente mundana para la llama que debe arder constantemente sobre el altar.
El hombre es un templo, un edificio diseñado para servir y alojar a lo Divino. Su corazón es su altar, un fogón para la pasión que anima sus actos. Una vida mecánica es tan hueca y frígida como un templo sin altar.

Con todo, hay ocasiones en las que el fuego del altar podría parecer fuera de lugar. Es bueno ser entusiasta acerca de la propia misión en la vida, podría argumentar alguien, pero ciertamente hay momentos en los que uno debe alzarse por encima del fervor. El hombre, después de todo, es un ser racional; no importa cuán inspirado se sienta, una parte de él debe perdurar impávida y considerarlo todo con objetividad.
En el otro extremo del espectro están las situaciones y los momentos en los que la persona siente que en su vida hay poco para apasionarse.
Momentos en los que su llama espiritual parece abrumada por un mundo corpóreo, estrangulada por el letargo y la timidez del estado material. Bajo semejantes circunstancias, el sentido común dicta que lo máximo que uno puede hacer es continuar trabajando con ahínco, impulsado por su conocimiento de lo correcto y lo incorrecto y su compromiso con su Creador. El fervor y el entusiasmo no parecen apropiados ni sostenibles.

Dice la Torá: Un fuego constante debe arder sobre el altar. Constantemente, incluso en el más trascendental “Shabat”, constantemente, incluso durante el abismo más inespiritual.
Cada empeño y momento del hombre debe dispararse por el calor y ardor que caracteriza lo Divino. Desde su orgullosa torre de intelecto o la mazmorra de sus más bajos impulsos, nada en el templo del hombre es demasiado alto o demasiado bajo como para no verse refinado por la llama que arde sobre el altar de su corazón.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. 1, pdg. 217

Extraído de “El Rebe Enseña”
Kehot Lubavitch Sudamericana


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