SHEMINI – Ocho – “Por encima de la naturaleza”

“Si colocamos vasos iguales, uno de ellos en el centro y el resto alrededor, el número de vasos que completarán el círculo alrededor del vaso central será de seis. En esa formación, hay siete vasos y no queda lugar siquiera para una pequeña copita…

Repitamos este ejercicio con otros círculos que dibujaremos sobre un papel, y siempre el resultado será el mismo. La figura completa estará compuesta de siete círculos de igual circunferencia…

Este hecho está explicado por los grandes de Israel de acuerdo a la regla que dice que el número siete enseña acerca del cierre del círculo en los ciclos de la naturaleza.El ordenamiento del tiempo en semanas, que como es sabido fue fijado por el Creador del mundo y no por un acuerdo entre seres humanos, también será compuesto por siete días cuyo centro es el día Shabat. Después del Shabat no continuamos contando ocho, nueve y así sucesivamente, sino que se vuelve a un principio, contando otros siete días que formarán un nuevo círculo.

Ese ejemplo es uno de los tantos que expresan la perfección de la naturaleza, sistema formado por unidades de siete. Sabemos también acerca de la ley judía que obliga a descansar en el séptimo año del trabajo de la tierra, el campo, el huerto o la viña. Volvamos a contar desde un principio a partir del séptimo año, y cuando concluyamos con la cuenta de siete años por siete veces consecutivas, completaremos un sistema más amplio que abarca 49 años, después de los cuales será el año del “lovel” (Jubileo) que tiene muchas leyes particulares que lo regulan.

Se investigó y se descubrió que el número siete es un factor de importancia en el Tanaj (la Torá y las demás escrituras que componen nuestra Biblia), y un elemento fundamental en las Mitzvot. Se podría agregar mucho más acerca del tema, mas esta vez nos ocuparemos específicamente de las cosas que rompen el firme esquema del “siete”, aquellas cosas que están más allá de la naturaleza.

Cuando nos encontramos en un supermercado y observamos de un pantallazo el caudal de bienes acomodados en las estanterías, será difícil, casi imposible, evadirse de la atracción que proviene del envoltorio exterior de los productos.

Grandes expertos determinaron, y cada uno puede comprobar esto por sí mismo, que hasta el mismo sentido del gusto es afectado por el envoltorio del alimento, cosa que los hombres de publicidad y ventas saben aprovechar muy bien.

Con todo esto, resulta difícil al consumidor salir con las manos vacías. Pero éste sabe muy bien que el envoltorio no es fundamental. Aún cuando éste sea muy hermoso y atraiga la mirada, no deja de ser secundario y todo su objetivo es ayudar al fabricante a vender su mercancía.

Si reflexionamos, veremos que gran parte de nuestra vida está ocupada en la búsqueda del placer que hay en las distintas “etiquetas”, y más de una vez nos “rompemos los dientes” tragándonos la etiqueta y cuando llegamos al fruto bueno y dulce, lo descartamos sin siquiera gustar de él.

Debemos admitir que la intención es clara. El mundo que nos rodea, la naturaleza toda, es un envoltorio externo que atrae la mirada y alegra el corazón para acercarnos a la verdad del plan y a la esencia de la creación.

Varias veces nos ocupamos de esa misma idea y explicamos que no hay lógica en la acción ordenada y estratificada de un mundo así organizado, en el que cada pequeña parte está compuesta por partículas infinitas cuyas acciones se desarrollan en un orden milagroso, si no comprendemos la existencia de una Fuerza Superior que dirige toda la creación. Ello es de tal importancia, que para nuestras vidas y para la existencia del mundo entero, no habría un claro propósito a no ser que creamos la Fuerza Superior, en la Existencia espiritual que creó a nuestro mundo. Y aunque esto lo oculte, es justamente ese mundo el que hace de envoltorio agradable y atractivo para atraer a la verdad espiritual que se oculta detrás de él.

Un símbolo de esta idea lo encontramos en la porción que leemos esta semana. Podemos vislumbrar algo de esto en el nombre de la Parshá: “Shmini”, es decir “Octavo”.

Si el número siete nos enseña acerca de la naturaleza del mundo, acerca de la forma exterior y limitada de la creación; el número ocho, expresa el romper con las limitaciones de la naturaleza al mostrar la revelación del espíritu que se eleva por encima del orden natural.

La cuestión será mejor comprendida, cuando analicemos por qué nuestra Parshá es llamada Shminí (octavo).

En la conclusión de la Parshá anterior, Parshat Tzav, Moshé ordena a Aarón y a sus hijos, en nombre de Di-s (Lev. 8:33): “…y de la entrada de la Tienda del Testimonio no saldrás durante siete días…ya que siete días consagraré vuestras manos…” Esa orden fue dada después de haber levantado el Tabernáculo, y está relacionada con los servicios especiales que se hicieron en el Santuario durante los siete primeros días de consagración.

A continuación comienza nuestra Parshá con las palabras: “…y fue en el octavo día que llamó Moshé…” e inmediatamente surge la pregunta: ¿Por qué llama la Torá a ese día “el octavo día”, si una vez que los siete días de inauguración concluyeron, la cuenta debiera comenzar nuevamente?

La explicación concuerda con lo que explicamos anteriormente. Los siete días de consagración concluyeron cerrando el círculo. Mas el día que los siguió, día en el que se inauguró el Altar, no sólo no fue un día común, sino que fue un día de gran importancia.

Eso significa que a pesar del comportamiento natural donde después de cerrar el “ciclo de siete” comienza una nueva cuenta, hay sucesos excepcionales en los que se revelan fuerzas que rompen con las limitaciones de la naturaleza y que están representados en el número ocho.

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