Parshat Kedoshim – “Vida en el futuro”

¿Cuándo fue la última vez que experimentaste la presencia de Di-s?

Di-s, por supuesto, está en todas partes, pues Él es la esencia de cada realidad. Técnicamente, entonces, siempre estamos en presencia de Di-s. La primera sección del Shulján Aruj (el código judío de leyes) nos instruye a mantener una conciencia de la presencia Divina en todo momento.
Pero conocimiento y conciencia es una cosa, y experiencia es otra bastante diferente.
Di-s está en todos lados, pero Él ha envuelto Su presencia en una enorme variedad de vestidos y disfraces; en lugar de Di-s, experimentamos la naturaleza, la historia, la sociedad, la economía y un surtido de “fuerzas” similares.
Raro es el individuo que percibe la Presencia Divina con la calidad palpable de un encuentro personal. El más espiritual de los hombres trabaja toda una vida para experimentar un único momento de auténtica intimidad con Di-s. Pero llegará un tiempo, se nos dice, en el que “tu Amo no se cubrirá más, y tus ojos percibirán a tu Amo”1.
Un tiempo en el que “la gloria de Di-s se revelará y toda carne verá que la boca de Di-s habló”2, “pues la tierra se llenará del conocimiento de Di-s como las aguas cubren el mar”3.
Así describen los Profetas la era del Mashíaj, el Shabat eterno que es la culminación de la “semana laboral” que es nuestro mundo presente.
Cada acción de Divinidad que realizamos hoy deja al descubierto otro pliegue de la cortina de la Creación, hasta el día en que el velo será apartado por entero y percibiremos el semblante de Di-s.

Dos precedentes
¿Cómo será la vida en semejante mundo? Tenemos varios precedentes de encuentros desinhibidos con lo Divino.
La revelación en Sinaí fue una experiencia tal. “Di-s descendió sobre el Monte Sinaí, y nosotros “vimos al Di-s de Israel”5; como lo describe Moshé, “Cara a cara habló Di-s a vosotros sobre la montaña
El resultado, dice el Talmud, fue que “con cada expresión Divina, sus almas volaron de sus cuerpos”7. Tras oír apenas dos de los Diez Mandamientos directamente de Di-s, el pueblo judío rogó que Moshé le sirviera de intermediario en la transmisión de la palabra Divina, pues “si continuamos oyendo la voz de Di-s, moriremos
La revelación en Sinaí fue un punto en el tiempo que pronosticó la realidad mesiánica. En el mismo espíritu, también hubo un punto en el espacio que, durante muchos siglos, fue una isla de presencia Divina en un mundo espiritualmente reticente. Este era el Kodesh HaKodashím, el “Santo de los Santos” (Sanctasanctórum), la cámara más interior del Santuario.
Luego de la revelación en Sinaí, Di-s ordenó al pueblo de Israel “harán para Mí un Santuario, y Yo moraré entre ellos”9.
Después de Sinaí, la cortina volvió a ser colocada y Di-s reanudó Su interacción con nosotros desde detrás de los velos y mantos de la “realidad natural”; pero habría de perdurar un bolsón de Divinidad manifiesta. Un Santuario móvil (el mishkan o “Tabernáculo”) fue construido en el desierto para acompañar a los hijos de Israel en su travesía de cuarenta años desde Sinaí a Canaan.
Después de cruzar el Jordán con Iehoshúa, fue instalado en diversos lugares de la Tierra Santa, hasta encontrar forma permanente en el Santuarioo (el BeitHaMikdash, también llamado “Gran Templo”) construido por el Rey Salomón sobre el Monte Moriá en Jerusalén. A excepción de un lapso de 70 años durante el Exilio Babilónico, el BeitHaMikdash sirvió de asiento para la presencia manifiesta de Di-s en el mundo físico hasta el inicio de nuestro presente galut -exilio diaspórico- diecinueve centurias atrás.
Todo el BeitHaMikdash era “santo”, es decir, un lugar de incrementada presencia Divina. Pero ninguna parte de éste era tan santa como el Kodesh HaKodashím, el “Santo de los Santos”. Allí, Di-s estaba presente de la manera más inequívoca y absoluta; allí, el hombre se enfrentaba cara a cara con el ser mismo de Di-s, a diferencia de los diversos “atributos” Divinos que se manifestaban en los diferentes componentes y dominios del Beit HaMikdash.
Un único hombre podía entrar al Santo de los Santos: el Cohén Gadol (“Sumo Sacerdote”). E incluso al Kohén Gadol se le advirtió “no entrar en ningún momento al santo, más allá de la cortina… no sea que muera ”11
Sólo una vez al año en Iom Kipur- y únicamente después de intensiva preparación y siguiendo los intrincados procedimientos delineados por la Torá12, podía el más santo ser humano sobre la tierra ingresar al Santo de los Santos. Si fracasaba en su tarea de realizar estos rituales exactamente como fueran prescriptos, o si era indigno de su cargo13, no sobreviviría a un encuentro tan intensivo con la esencia Divina, y su cuerpo sin vida tendría que ser arrastrado fuera de la cámara por medio de una larga cuerda atada a su pierna para esta eventualidad 14

El niño oculto
Si hemos de observar los precedentes de Sinaí y del “Santo de los Santos” como nuestros modelos de una inadulterada experiencia de lo Divino, esto implicaría que la era del Mashiaj sería el fin de la vida tal como la conocemos. Significaría que existiremos en el estado trascendente de aquellos que experimentaron la revelación en Sinaí; que nuestras vidas serán un perpetuo “Iom Kipur” en su nivel más absoluto – el Iom Kipur del Kohén Gadol en los sagrados momentos que pasaba “detrás de la cortina” que separaba al Santo de los Santos de la porción meramente “santa” del BeitHaMikdash.
Sin embargo, hay también otro precedente de vivir en presencia de Di-s, uno que ofrece un modelo totalmente diferente de vida en la era del Mashíaj.
Este es el caso de Iehoash, el noveno rey de la dinastía Davídica, relatado en cl undécimo capítulo del segundo libro bíblico de Reyes.
Tras la muerte del padre de Iehoash, Ajaziahu, la malvada Atahá asesinó a toda la familia real y se apoderó del trono. Iehoash, un niño de un año en ese momento, fue salvado por su tía, lehosheva, y su esposo, el Kohen Gadol Iehoiadá, quien lo ocultó con su nodriza en el Santo de los Santos durante seis años15. Cuando el niño cumplió siete años, Iehoiadá lo sacó de su escondite, lo coronó rey, y restauró la soberanía de lehudá a su legítimo heredero.
Durante seis años, un niño y su nodriza vivieron en el Santo de los Santos: allí ella lo alimentó, allí durmieron, allí cambió ella sus pañales. Allí vivieron, veinticuatro horas al día, 365 días al año, en la revelada presencia de Di-s.
Estuvieron allí para salvar la vida del único heredero superviviente al trono de David; de hecho, toda la Torá16 se hace a un lado para salvar una vida.
Así es como este incidente puede entenderse en el nivel más elemental: como un acto extremo permitido bajo circunstancias extraordinarias.
En un nivel más profundo, sin embargo, la historia de la mujer y el niño que vivieron seis años en el Santo de los Santos refleja una verdad más profunda: que todos y cada uno de nosotros es, en esencia, un Kohén Gadol; que, en esencia, un Kohén Gadol puede entrar al Santo de los Santos en todo momento, no solamente en Iom Kipur18; que la experiencia de la presencia Divina no es un “ritual” de una vez al año, sino que abraza la totalidad de la vida; que son las circunstancias pre-mesiánicas circunstancias que limitan la máxima experiencia de Di-s a una persona en particular en un día particular y en acciones particulares- las anormales, mientras que vivir en presencia de Di-s es la cosa más natural del mundo.
El Mashíaj anunciará una edad en la que lo “natural”, lo “cotidiano” y lo “mundano” no son más la antítesis de la Divinidad y la espiritualidad, sino su máximo complemento. Un mundo en el que Di-s Se revela como la esencia de la vida, y cada flujo y reflujo de la vida es un encuentro con la esencia de Di-s.

Basado en Sefer HaSijot 5751, pag 512

Extraído de “El Rebe enseña” Editorial Lubavitch Argentina
Notas:1. Isaías 30:20.2. Ibid. 40:5.3. Ibid. 11:9.4. Éxodo 19:20.5. Ibid. 24:10.6. Deuteronomio 5:4. 7. Talmud, Shabat 88b. 8. Deuteronomio 5:28.9. Exodo 25:8.10. En su totalidad, el Santuario alojó la presencia Divina

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