Itro – “Las damas primero”

Y Moshé ascendió a Di-s. Y Di-s lo llamó desde el monte, diciendo: “Así dirás a la casa de Iaacov, y hablarás a los hijos de Israel…”. Éxodo 19:3.

Como judíos, logramos una experiencia más íntima del tiempo. Con una serie de mitzvot vinculadas a éste, la Torá nos faculta para ahondar más allá de la extensión homogénea del tiempo a fin de percibir un terreno de gran diversidad: uno marcado por días laborales y un Shabat semanal; mojones anuales de shofar; sucá, y matza; semanas para el conteo de sefirat haomer; días para ponerse tefilín, horas para recitar el Shemá, y un sinfín de otras observancias de tiempo específico.
Como judíos, la entidad “tiempo” misma, se convierte en otro objeto de la misión de nuestras vidas, desarrollar la creación de Di-s, a medida que llegamos a su flujo sin semblante para descubrir su naturaleza multifacética y dar concreción a sus potenciales particulares.
Aun así, una plena mitad de nosotros esta exenta de este aspecto de la vida judía: según la ley de la Torá, la mujer judía está exenta de virtualmente todas las mitzvot de tiempo específico1.
Es cierto que la mujer puede (y muchas veces lo hace) observar estas mitzvot, pero el hecho mismo de que no esté obligada a hacerlo implica que éstas no son intrínsecas a su misión en la vida. ¿Por qué, de hecho, no destaca la Torá el papel de la mujer judía en su programa para el desarrollo del tiempo?

Separar al Nacer
Nuestros Sabios nos cuentan que cuando Di-s envió a Moshé para comunicar al pueblo judío que estuviera listo para recibir la Torá, lo envió primero a las mujeres y recién después a los hombres.
Toda la comunidad de Israel recibió la misma Torá. Pero el hecho de que esto fuera precedido por dos comunicaciones separadas, una a las mujeres y otra a los hombres, implica una distinción básica entre la recepción de la Torá por parte de las mujeres y por parte de los hombres.
O sea, hombres y mujeres difieren no solamente biológica y psicológicamente, sino también espiritualmente, siendo comisionados y facultados por su Creador para dos roles distintos en la misión global de la vida. En consecuencia, existen mitzvot ordenadas sólo a hombres, y mitzvot específicas de mujeres.
Esto no significa que cada uno de nosotros se relacione sólo con la mitad de la Tora.
Si hombre y mujer fueran dos especies separadas, ese sería el caso. Pero son dos dimensiones de una misma alma, separada en el nacimiento y reunida con el matrimonio. Por lo que a cada alma individual le fue asignada la implementación de toda la Torá; su elemento masculino, a través de un cuerpo masculino, para cumplir los mandamientos masculinos de la Torá; y su elemento femenino, adjudicado a un cuerpo femenino para concretar las metas femeninas de la Torá.
En las palabras del maestro cabalista Rabí Itzjak Luria3, “Cuando el varón realiza una mitvzá [ordenada específicamente a hombres], la mujer no tiene necesidad de hacerlo ella misma, pues está contenida en la ejecución de éste de la mitvzá… Este es el significado más profundo de aquello que han dicho nuestros Sabios4: “La esposa de una persona es como su propio cuerpo”5

El hombre particular
¿Qué implica exactamente esta “división de papeles”?
El hombre y la mujer son criaturas complejas y multifacéticas, y ninguna oración singular puede resumir las numerosas maneras en que se complementan. En última instancia, sólo podemos decir que Di-s, quien creó el alma humana y la dividió en dos vidas y cuerpos separados, ordenó para cada uno de ellos un programa para la vida -delineado por la Torá- acorde a sus fortalezas y potenciales.
La Torá, sin embargo, sí provee de un número de indicios que iluminan ciertos aspectos de los roles “masculinos” y “femeninos”
Una de esas reflexiones acerca de la distinción entre estos roles se expresa en el Mejilta citado al comienzo. Como deriva de Éxodo 19:3, Di-s dijo a Moshé que comunicara los “principios generales” de la Torá a las mujeres, y sus “minuciosos detalles” a los hombres. La mujer se relaciona con la esencia (‘principios generales’), lo todo abarcante, de la Torá; el hombre, con el detalle minucioso, la ley específica, la aplicación particular.
[Esta distinción se observa también en el rol de los padres en determinar la identidad de su hijo. Según la ley de la Torá, es la madre quien determina la condición judía del niño: si ella es judía, el niño lo es; si no, tampoco lo es el niño, no importa cuánta "sangre judía" haya en su paternidad.
Por el otro lado, en cuanto a lo particular de su judaísmo -su identidad tribal6, o su clasificación como "Kohén", "Levita", o "Israelita"- el niño va totalmente detrás de su padre].
Así, el hombre es el personaje de mayor relación “intelectual” con la Torá, por lo que a él se prescribe el mandamiento de “la estudiarás día y noche”7.
La mujer, por el otro lado, absorbe la Torá tal como ésta está en su raíz supra-racional, con su fe y receptividad femenina. Ella es una misma cosa con la verdad de Di-s, sin la necesidad de diseccionarla y analizarla, un proceso crucial para el hombre de mente detallista, pero que no puede menos que torcer su fuerza y refractar la intensidad de su luz8.

Las Damas Primero
Esto explica también por qué Moshé fue enviado a las mujeres primero. La revelación de la Torá a la humanidad se desplegó de lo general a lo particular, desde el punto supra-espacial de Concepto a la anchura y profundidad de Pensamiento y Ley.
Inicialmente, recibimos la Torá en la forma de una única expresión Divina que encapsuló la suma de los Diez Mandamientos9. Luego, oímos los dos preceptos básicos de la Torá: “Yo soy el Señor, tu Di-s” -que encarna todos los mandamientos positivos (mitzvot asé)-, y “No tendrás otros dioses”, de los que se derivan todas las prohibiciones (mitzvot lo taasé)10.
Estos fueron seguidos por la comunicación, a través de Moshé, de los restantes ocho Mandamientos y la inscripción de los Diez Mandamientos sobre las Dos Tablas por parte de Di-s.
Durante los siguientes cuarenta años, Moshé enseñó al pueblo de Israel los pormenores de la Torá, que transcribió, por dictado Divino, en la Torá Escrita (los Cinco Libros de Moshé); pero la Torá Escrita, con sus 613 mitzvot, es sólo un fragmento de los principios de los Diez Mandamientos encarnados por la “Torá Grabada”11
La extrapolación de Torá no culmina con Moshé: treinta y cinco generaciones de interpretación y aplicación produjeron la Mishná, y unos adicionales 300 años de analizar la Mishná nos legaron el Talmud.
De hecho, es un proceso que continúa hasta el día de hoy, a medida que los profusos manantiales de la Torá -la Halajd (ley judía), Agadá (interpretación homilética), Cabalá (mística), Jakirá (especulación analítica), Musar (obras de ética) y Jasidut (filosofía jasídica)- continuaron fluyendo de la fuente de Sinaí, una masa de sabiduría y ley en permanente expansión cuyas palabras, cada una de ellas, están encapsuladas en la expresión singular de la comunicación Divina original12.
Por eso, cuando Di-s envió a Moshé a preparar al pueblo judío para recibir la Torá, lo envió primero a las mujeres.
La Torá debe recibirse primero tal como es, libre de la intrincada dialéctica talmúdica del pilpúl, de la teorización filosófica, de la experiencia mística, de todo salvo la identificación inequívoca con su verdad.
Ve primero a la mujer judía, dijo Di-s a Moshé, pues ella es el conductoprimaño de este paso inicial en la comunicación de Mi verdad a la humanidad. Luego dirígete a los hombres e instrúyeles los detalles; son ellos quienes jugarán el rol central en la segunda etapa, la aplicación de la Torá a los pormenores de su experiencia externa del mundo.

Árboles y bosque
Ahora podemos comprender el diferente énfasis que la Torá pone sobre los respectivos roles de hombres y mujeres en la santificación del tiempo.
La vida espiritual del varón, orientada al detalle, es un proceso, una cadena secuencial de pormenores en los que cada artículo es tratado en sus propios términos y adaptado a los demás.

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