Itro-”Mundos paralelos”

Este Shabat leemos en la Torá acerca del suceso más importante de la historia judía — el evento que nos hizo nacer como nación…

Este evento define nuestro ser judío hasta este mismísimo día: la revelación de Di-s a nosotros ante el Monte Sinaí, donde Él nos declaró Su pueblo elegido y nos dio la Torá.

Cada Shabat del calendario judío tiene un nombre.
Comúnmente, es llamado con el nombre de la Lectura de la Torá (parsha) que se estudia esa semana y que se lee públicamente en la mañana de ese Shabat en la sinagoga.
Por ejemplo, el Shabat siguiente a Simjat Torá, en el que se lee la primera sección del ciclo anual de Lectura de la Torá, Bereshit (Génesis 1-6), se denomina Shabat Bereshit, el siguiente Shabat es Shabat Noaj, seguido por Shabat Lej-Lejá, y así sucesivamente.
Sin embargo, hay varios Shabatot que también fueron agraciados con un nombre adicional, un nombre que describe su posición especial en el calendario judío o un aspecto más singular de la sección de la Torá de esa semana que no se ve expresado por el nombre de la sección.
Así, el Shabat anterior a Pesaj se denomina Shabat HaGadol, “Gran Shabat”’; el Shabat que se encuentra entre Rosh HaShaná y Iom Kipur se denomina Shabat Shuvá, “Shabat de Arrepentimiento” el Shabat posterior a Tishá Be Av —el 9 del mes hebreo de Menajem Av— se denomina Shabat Najamú, “Shabat de Consuelo”.
El Shabat de la semana pasada, cuya lectura de la Torá incluyó el cántico entonado por Moshé y el pueblo judío tras experimentar el milagro de la Partición del Mar de los Juncos —el Iam Suf—, además del nombre “regular” del Shabat, Shabat Beshalaj, es conocido también como Shabat Shirá, “Shabat del Cántico”.
¿Con qué nombre llamamos al Shabat en el que leemos acerca del magnánimo evento acaecido sobre el Monte Sinaí?
¿“Shabat de la Revelación”? ¿“Shabat de la Torá”? ¿“Shabat de los Diez Mandamientos”?
No.
Este Shabat sólo lleva el nombre que le da su lectura de la Torá:
Shabat Itró, es decir, “El Shabat de Itró”.
¿Quién era Itró?

Itró, un buscador
Itró era el suegro de Moshé, un sacerdote midianita que, nos cuentan nuestros Sabios, había probado cada forma de veneración idólatra existente sobre la faz de la tierra.
La lectura de la Torá de esta semana comienza con la narración de cómo Itró, luego de oír acerca del Éxodo de Israel de Egipto y los grandes milagros que Di-s había realizado en favor de este pueblo, viene al desierto para hermanar su propio destino al de ellos.
Después de este capítulo, que incluye el consejo de Itró a Moshé acerca de cómo organizar el sistema judicial de Israel —que ocupa aproximadamente un tercio de la lectura de la semana— la Torá prosigue describiendo la revelación que tuvo lugar en Sinaí: el mensaje de Di-s a Israel, los preparativos de Israel para el evento, los Diez Mandamientos pronunciados por Di-s, etc.
No obstante, toda la lectura es llamada “Itró” e imparte este aparentemente inadecuado nombre a nuestro tan especial Shabat.
Obviamente, hay algo en la historia de Itró que es parte integral de la revelación en Sinaí.
De hecho, el Zohar va tan lejos como para decir que la Torá sólo podía entregarse a Israel luego de que Itró se hubiera unido al pueblo judío en el desierto. Pero examinemos primero un asombroso pasaje del comentario de Rashi sobre el versículo de apertura de la sección semanal de Itró.
La lectura de la Torá de esta semana comienza así:
“E Itró, el príncipe y sacerdote de Midián, suegro de Moshé, oyó todo lo que Di-s hizo por Moshé y Su pueblo Israel; que Di-s había sacado a Israel de Egipto.”
La Torá misma nos cuenta qué es lo que Itró oyó: “todo lo que Di-s hizo por Moshé y Su pueblo Israel; que Di-s había sacado a Israel de Egipto”. ¿Qué lleva a Rashi a preguntar qué milagros específicos del Éxodo había oído Itró? ¿Y qué lo obliga a especificar que Itró se había sentido particularmente conmovido por la Partición del Mar y el triunfo de Israel sobre Amalek?
“La Torá habla de nuestro mundo físico, pero apunta a los planos espirituales”, escribe Najmánides.

Partiendo Espíritu
‘‘Tierra” y “mar” representan mundos paralelos, realidades espejo, si se quiere.
“Cada criatura que existe sobre la tierra”, dice el Talmud, “tiene su equivalente en el mar”.
Como dos ambientes diferentes poblados por las mismas criaturas, tierra y mar son virtualmente idénticos y con todo vastamente diferentes:
uno es seco y expuesto, el otro es húmedo y sumergido.
La gran diferencia entre las criaturas del mar y las de la tierra es su vínculo con sus respectivos medio ambientes.
El animal terrestre es totalmente dependiente del terreno que habita: la tierra lo nutre directamente, o nutre a las criaturas que lo nutren, o nutre a las criaturas que nutren a las criaturas que lo nutren.
Lo mismo es cierto, por supuesto, de la dependencia de las criaturas del mar con el mar.
No obstante, hay una marcada diferencia entre la naturaleza manifiesta de esta dependencia.
No hay nada que impida al animal terrestre cortar todo contacto directo con la tierra por períodos extendidos de tiempo (el hombre del Siglo XX no ha hecho más que eso).
Plausiblemente, una criatura terrestre puede vivir toda una vida sin reconocer, o sin demostrar de cualquier forma que fuere, de dónde se deriva su sustento.
Las criaturas del mar, por el contrario, viven sumergidas dentro de su fuente de nutrición. Para la mayoría de ellas, esta inmersión es cuestión de vida o muerte: un pez fuera del agua no es solamente una criatura fuera de su elemento sino una criatura que no puede sobrevivir más que un corto período de tiempo.
Así, “tierra y mar” representan dos modos de ser.
La “criatura terrestre” representa a aquellos que viven su vida sobre la superficie material de la realidad, prestando poca atención a las fuerzas subyacentes que la sustentan.
La vida, para ellos, está forjada por el alimento (o las formas más “sofisticadas” de gratificación material), consumiéndolo, y empleando la energía obtenida para producir más alimento.
La esencia, fuente y propósito espirituales de la vida, para los que lo material no es sino una corporización y expresión, les parece una fantasía o, en el mejor de los casos, algo irrelevante.
En contraste, los que son al estilo de las “criaturas del mar” son seres plenamente sumergidos en, y demostrativamente dependientes de su fuente de sustento.
Para estos, la vida es inseparable de su raíz y cometido, y ellos viven y respiran esta verdad en cada momento de sus vidas.
Se trata de individuos que han ahogado sus egos, su propio Yo, en el mar de la verdad suprema y excelsa, que han combinado su personalidad, su ser, con la esencia espiritual de la realidad.

Apenas siete días después de su liberación de Egipto, el pueblo judío experimentó la Partición del Mar.
El Éxodo los había librado del paganismo de Egipto. Había quitado los cerrojos de “terrenalismo” de sus almas, exponiéndolos a la verdad espiritual del mar que todo lo consume. Los había librado de la prisión del propio Yo, permitiéndoles fusionarse con la infinita esencia de todo. Pero hasta que el mar no fue partido ante ellos y caminaron sobre tierra seca dentro del mar” —hasta que no aprendieran a trascender también su “identidad de mar”— su redención no era completa.

Pues tal como lo material no es sino el pico de un témpano de la realidad espiritual que lo subyace, así, también, el mundo espiritual de la “criatura de mar” no es sino un rostro, una expresión, de una realidad quintaesencial.
Di-s creó a ambos, materia y espíritu, para que cada uno de ellos exprese una faceta de Su verdad; creó a cada uno de ellos, al ego humano y a la capacidad del hombre para la anulación de su propia personalidad, para un fin distinto.
El propósito de la vida no es divorciar el propio ser de su fuente suprema, ni tampoco está en ahogarlo en las aguas destructoras de identidad del espíritu desenfrenado.
Después de liberarlos de las limitaciones del propio Yo, Di-s liberó al pueblo judío también de las limitaciones del desinterés propio, de la negación del propio ser y Yo.

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario