Las 12 Tribus de Israel en nuestra agenda cotidiana (2da. Parte)

Antes de su desaparición, Iaacov reunió a sus doce hijos y “les habló… y los bendijo, cada cual según su bendición”. Doscientos treinta y tres años después, Moshé hizo lo mismo con las doce tribus de Israel, que ahora sumaban varias decenas de miles de almas. Las bendiciones de Iaacov y Moshé expresan el carácter individual de cada tribu y su papel particular dentro de la comunidad de Israel.

La sociedad
Las bendiciones de Iaacov a Zevulún e Isajar fueron: “Zevulún morará en la costa del mar; puerto para buques será… Isajar es un asno fuerte, yaciendo entre las cercas…”
Las palabras de despedida de Moshé a las dos tribus fueron: “Alégrate, Zevulún, en tus salidas, e Isajar en tus tiendas”.
Nuestros Sabios explican: Zevulún e Isajar hicieron entre ellos una sociedad. Zevulún moraba en la costa, y solía zarpar en sus buques para abocarse al comercio, obtener ganancias, y mantener a Isajar, quien se sentaba y ocupaba con el estudio de la Torá Isajar y Zevulún, así, representan los otros dos artículos principales en la planilla diaria del judío. Después de escalar los cuatro peldaños del corazón para servir a Di-s en la plegaria, el judío pasa “de la sinagoga a la Casa de Estudio” para unir su mente a Di-s mediante el estudio de la Torá, la comunicación de Su sabiduría y voluntad al hombre. A continuación, sale al mundo exterior como comerciante o profesional, para “conocerlo en todas tus sendas” y hacer “todos tus actos en aras del Cielo”.
Pues cada judío, sea por vocación un “Zevulún” o un “Isajar”, incluye ambas actividades en su planilla cotidiana. El más involucrado obrero o comerciante no está libre del deber de estudiar al menos “un capítulo a la mañana y un capítulo a la noche”. E incluso el más fiel ocupante de las tiendas de Torá y su más ardiente “bestia de carga” es también un ciudadano del mundo material: por necesidad y diseño, también él participa en el “toma y daca” de la vida económica, y se le dice que esto, también, debe convertirse en parte de su vida como judío y su relación con Di-s.

Iosef y Biniamin

“Todos los profetas”, dice el sabio talmúdico Rabí Iojanán, “profetizaron sólo respecto de [las recompensas de] el baal teshuvá. Pero en cuanto al tzadík perfecto, Ningún ojo lo ha contemplado salvo el Tuyo, Di-s”.
Rabí Iojanán, comenta el Talmud, está expresando una opinión opuesta a la de otro sabio, Rabí Abahu, quien declara: “En el lugar en que se alza el baal teshuvá, no puede hacerlo el tzadík perfecto”.
Tzadík significa “justo”; baal teshuvá significa “quien regresa”. En el sentido más literal, el tzadík es la persona que vive su vida entera en total concordancia con la voluntad Divina, mientras que el baal teshuvá un penitente, uno que se ha apartado de la senda adecuada pero posteriormente se arrepiente de su fracaso y regresa a la vida de bondad y obediencia a la voluntad de Di-s.
En un sentido más amplio, tzadík y baal teshuvá son dos modos de existencia, dos enfoques frente a todo lo que uno hace en el curso de su día, desde la plegaria y su “servicio del corazón”, al estudio de la Torá, a su tratos comerciales en el mercado.

En el enfoque tzadík de la vida, la persona se centra totalmente en el bien en sí mismo y su mundo. Ve su misión en la vida como el empeño por cultivar sus propias características positivas, la bondad que ve en otros, y todo lo que es puro y santo en el mundo de Di-s. Toda cosa negativa ha de ser suprimida y rechazada, desdeñada absolutamente. Cuando el mal debe, por necesidad, ser combatido, esto ha de lograrse no comprometiéndose con éste, sino elevándose por encima, aumentando el bien en uno mismo y en el mundo para que el mal simplemente se disipe como la oscuridad se derrite ante una gran luz.
El enfoque de teshuvá consiste en tratar con lo negativo en uno mismo y el propio ambiente: lidiar con él más que rechazarlo, transformarlo más que trascenderlo; descubrir y extraer el núcleo de bondad implícito dentro de cada objeto y fuerza en la creación de Di-s.

Como las opiniones diversas de Rabí Iojanán y Rabí Abahu transmiten, cada enfoque tiene su ventaja sobre el otro: el enfoque tzadík ” logra alturas que “ningún ojo ha percibido salvo el de Di-s”, mientras que el enfoque teshuvá logra un lugar en el que “el tzadík perfecto no puede alzarse”.

El “servicio del corazón” del tzadík, inalterado por impulso y emoción negativa alguna, desata las pasiones santas del corazón con una pureza y perfección a la que el baal teshuvá no puede tener siquiera la esperanza de aproximarse. La plegaria del baal teshuvá, por otra parte, es una guerra; una guerra entre anhelos buenos y malos en su corazón, entre sus pasiones Divinas y animales. Pero esta guerra, esta pugna, catapulta su amor, temor, apego y auto-abnegación a Di-s a una intensidad que el tzadík no puede imitar. Y el proceso de esta pugna ofrece la oportunidad de finalmente vencer al enemigo y transformarlo en un aliado, de despojar los anhelos profanos del corazón de su falta de santidad y reencaminarlos como anhelos sagrados.

El estudio de Torá del tzadík, límpido de suposiciones erróneas y falsos desvíos, asimila la sabiduría Divina con una pureza y perfección que el baal teshuvá no puede conocer. Por otra parte, el modo de estudio de teshuvá, que lucha a través de un laberinto de falacias y malentendidos en su procura de verdad, logra una profundidad de conocimiento y un grado de identificación con su tema que no puede ser logrado por una mente que sigue una senda sin obstáculos hacia el núcleo de cada idea. De hecho, en el enfoque teshuvá de la Torá, los argumentos refutados y las falsedades disipadas mismas revelan dimensiones de la verdad Divina a las que no puede accederse con el estudio sereno del tzadík.

Cuando el tzadík trata con el mundo material, se centra directa y exclusivamente en aquellos recursos que alista en su servicio a Di-s; todo lo demás, para él, simplemente no existe. Así, el tzadík logra una perfecta sublimación de los aspectos materiales de su existencia, y perdura inalterado por su involucración con la vida material. Para el baal teshuvá, por el otro lado, el mercado es un campo minado con tentaciones e influencias negativas, que invariablemente lo corroen y, a veces, hasta lo superan. Pero su lucha con estos elementos ajenos, y su triunfo final sobre ellos, significa que también ellos se vuelven parte de su “conoce a Di-s en todas tus sendas”. En consecuencia, el baal teshuvá logra en su vida material un servicio a Di-s más amplio, más abarcante, que el tzadík, pues su relación con Di-s incluye elementos de la creación de Di-s que perduran fuera de la esfera del servicio del tzadík “perfecto”.

El nombre “Iosef” significa “él agregará”; a su nacimiento, su madre expresó la esperanza de que “Di-s me agregue otro hijo”. El significado más profundo de estas palabras es que Iosef representa el empeño de teshuvá por “agregar otro hijo”, transformar todo lo que es “otro” y extranjero en uno mismo y en el propio mundo en un “hijo”, sumándolo con ello al plano santo y positivo de la propia existencia.
“Biniamín” significa “el hijo del derecho”; Iaacov llamó así al segundo hijo de Rajel porque éste fue el único de sus hijos que nació en Tierra Santa. Biniamín, así, representa la más absoluta integridad y santidad prístina del tzadík.

Cuatro Motivaciones
Los cuatro “hijos de las criadas”Dan, Naftalí, Gad y Asher— son cuatro motivaciones que acompañan la vida diaria del judío: la sensatez, el compromiso, la bendición y la saturación.
“Di-s me dio justicia”, proclamó Rajel con el nacimiento del primer hijo de Iaacov de su criada Bilhá, y lo llamó Dan, el término hebreo para “juicio”. “Dan será el juez de su pueblo”, dijo Iaacov al bendecirlo antes de su muerte. Si encuentras una persona, dice el Talmud, que siempre insiste en la justicia, ésta es una señal segura de que es de la tribu de Dan.

“Naftalí” significa “compromiso” y “conexión”; el segundo hijo de Bilhá fue llamado así por Rajel para denotar el hecho de que “he comprometido a mi hermana, y he predominado”‘.
Tanto laacov como Moshé bendijeron a Asher con la bendición de aceite. “Su pan está saturado con aceite”‘, dijo laacov; “Sumerge sus pies en aceite”‘, bendijo Moshé. En la ley de la Tora y en la enseñanza jasídica, “aceite” significa la cualidad de saturación: la naturaleza del aceite es que cuando entra en contacto con algo, lo “permea en su totalidad”.
Finalmente, “Gad” significa “bendición” y “buena fortuna”, “Buena fortuna ha venido”, dijo Lea al dar este nombre al lujo mayor de Zilpá.

Cuando el judío reza (Reuvén, Shimón, Leví y lehudá), estudia (Isajar) y negocia (Zevulún), sea con la santidad perfecta del tzadík (Biniamín) o las luchas transformadoras de teshuvá (losef), los “cuatro hijos do las criadas” asisten cada uno de sus actos y empeños; una sensatez que lo mide todo frente a precisas normas de bien y mal (“Dan”); un sentido de vinculación con Di-s y compromiso perpetuo a El (“Naftalf”); un enfoque “holístico” de la vida, en el que uno está totalmente investido en lo que está haciendo para que sature sus pensamientos, sentimientos, y cada escondrijo y hendidura de su ser (“Asher”); y el reconocimiento de que no podemos hacerlo por nuestros propios medios; que todo lo que logramos debe ser asistido por Dí-s bendiciendo nuestros esfuerzos con el éxito (“Gad”).

Basada en Sijot y escrítosdel Rebe, incluyendo una Reshima  titulada “La Planilla Diaria”

Editado y extraído de “El Rebe Enseña” Editorial Kehot Lubavtich Sudamericana.

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