Beahlotjá – “Entretiempos”

Hay escenas de la vida cotidiana que suceden en un espacio y un tiempo definido entre el espacio y el tiempo de otro tipo de situaciones más concretas… Nosotros habitamos dos tipos de tiempo: el tiempo real y el “entretiempo”…
Imagina estas tres escenas de vida:

1.Caminas rápidamente por la sala de espera, quince minutos tarde. Intencionalmente, pues has tratado de reducir aquellos minutos de la sala de espera. Pero una breve conversación con el recepcionista revela, que por error has llegado 35 minutos antes…
2.Has perdido tu conexión y el próximo vuelo disponible parte mañana. Cuando te registras en el hotel del aeropuerto, un pensamiento cruza tu mente y es que nunca antes has estado en esta ciudad. ¿Qué hacer ahora? ¿Salir de compras? ¿Dar una vuelta por el centro de la ciudad? ¿Pasarte la tarde en tu cuarto poniéndote al día con el trabajo?…
3.Estas encerrado en un callejón sin salida. Últimamente has notado que lo que haces, no es lo que querías hacer con tu vida, y es inevitable que tu jefe pronto también lo percibirá. Estás examinando varias posibilidades, pero pasará un tiempo antes de que cualquiera de ellas se materialice…
Nosotros habitamos dos tipos de tiempo: el tiempo real y el “entre tiempo”. En el tiempo real nosotros seguimos nuestras vidas: nuestras carreras, nuestras relaciones, nuestras interacciones familiares y sociales. Hay un tiempo de sala de espera, el tiempo aeropuerto, tiempo de entre-trabajos. El secreto está en aumentar al máximo el tiempo real y que el tiempo intermedio sea mínimo.

No es así, dice el Rebe de Lubavitch. Según el Rebe, hay sólo un tipo de tiempo. Hay largos y cortos viajes, hay largas y cortas jornadas, hay trabajos grandes y trabajos pequeños, hay oportunidades obvias y situaciones en las que nosotros nos rascamos la cabeza y nos preguntamos, ¿por qué estamos aquí? Pero todos los tiempos son reales; cada momento es decisivo. Cada segmento de nuestras vidas, no importa cuan fugaz o temporal, tiene un centro, un propósito, un objetivo.

En una de sus cartas, el Rebe explica en que para esta visión se basa en la historia de los viajes de nuestros antepasados a través del Desierto de Sinai.
El libro de Números describe cómo el pueblo de Israel acampó y viajó en el desierto. En el mismo centro del campamento Israelita se ubicaba el Mishkan, el santuario portátil que alojaba la presencia Divina. Rodeando el Mishkan estaban las tiendas de los Kohanim y los Leviim que servían en el Santuario. Y más allá del campamento Levita, como los rayos de una rueda, se ubicaban las tiendas de las 12 tribus de Israel – tres tribus al este, tres al sur, tres al oeste y tres tribus al norte.

Sobre el Mishkan una nube que representaba la presencia Divina que moraba dentro de él, lo cubría con sus alas; cuando la nube se alzaba, ésa era la señal de que era tiempo de seguir. No había ningún periodo de preaviso. A veces la nube – y las personas – se quedaban durante un año, a veces sólo una sola noche. Siempre que la nube se alzaba, las personas viajaba.

Dijimos que el Mishkan era portátil. Pero no era cual una cuchita de cachorro plegable. Este era un edificio formidable que incluía cuarenta y ocho secciones de grandes magnitudes, más de dos docenas de grandes tapices y numerosos pilares, broches, muebles y utensilios. Exigía una dotación de 8.580 Levitas para desmantelar, transportar y volver a montar el Mishkan cada vez que el campamento se trasladaba.

Y la Torá enfatiza que el proceso entero se repetía cada vez que las personas viajaban. Incluso aquellas veces que acamparon durante una sola noche. Cada vez, el Mishkan se erigía y 600.000 tiendas se formaban alrededor de él.
Así, las personas sabían que ellos nunca estaban simplemente “atravesando” o “pasando el tiempo” en una coyuntura particular de su jornada.

Cada vez que acampas, no importa cuan corto o fugaz sea tu tiempo, debes tener en cuenta que ese lapso es único y que debes procurar darle un centro, un enfoque, un objetivo: debes encontrar la manera de hacer una morada para Di-s en tu vidas.

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