Bamidbar-”El Censo de los hijos de Israel”

¿No es asombroso que Di-s, que conoce a todos los seres por El creados, precise que la labor censal sea hecha por un ser humano?…

La Torá de Israel está “colmada de preceptos tal como está colmada de granos una granada. Ella abarca toda la vida del judío, desde su nacimiento hasta su muerte. Más aún, atestiguan nuestros sabios que los episodios narrados en el “Libro de los Libros” –la Torá- no constituyen meras historias sino que contienen enseñanzas y prácticas de inmenso valor en lo que respecta al comportamiento cotidiano de cada hijo o hija del pueblo judío.

El nombre del libro: “Torá”, está ligado etimológicamente a la palabra hebrea “Horaá” (enseñanza, instrucción), vale decir que toda la Torá, constituye una instrucción de vida para todo judío.
Hemos incluido aquí este breve prólogo para tornar más incisiva la pregunta que surge al abrir el libro Bamidbar (Números) en la Parshá de igual nombre que hemos de leer este Shabat.
Ese libro, que también contiene innumerables enseñanzas y ordenanzas de profundo significado, se inicia con la orden de Di-s a Moshé y Aarón de contar al pueblo de Israel. A primera vista resulta un tanto difícil comprender qué aspecto particular presenta esta orden, como para tener su lugar al comienzo del libro Bamidbar. Resulta más llamativa la pregunta, al comprobar que el Talmud denomina al libro Bamidbar como “Sefer Hapikudim”, Libro de las Cuentas (Números), por el censo del pueblo judío.

¿No es asombroso que Di-s Todopoderoso, Creador y guía del universo, que conoce a todos los seres por El creados y ve todos sus actos, precise que la labor censal sea hecha por un ser humano?
¿Acaso el Creador no puede dar a conocer a los líderes de la nación, la suma total de los integrantes de su comunidad, y con ello ahorrarles la gran molestia?
Cabe arribar a la conclusión de que esta ordenanza encierra en sí misma un profundo contenido, y aún cuando ese contenido no resulte obvio al leer los versículos de la Torá, está oculto en su interior, y es nuestro deber extraerlo y arribar a las conclusiones que emergen del mismo.

El lenguaje que la Torá seleccionó para expresar la orden a Moshé y Aarón (Números 1:2) y que literalmente se traduce así: “Elevad las cabezas de toda la congregación de los hijos de Israel…” es una leve insinuación de la respuesta buscada. Con estas palabras, el versículo insinúa que el censo de los judíos no constituye una mera cuenta destinada a conocer su número sino que pretende provocar una elevación en el pueblo judío.

Un corte a través de todos los estratos que conforman un grupo de personas, y con más razón al tratarse de todo un pueblo, da una imagen compuesta por infinitos elementos, Cada cual tiene su posición dentro del pueblo. Están los líderes del pueblo, están sus sabios, sus ancianos, y por debajo de ellos, están los “leñadores y aguateros”, para hacer uso de la expresión de la Torá (Deuteronomio 29:9 ): -“ Ustedes están ahora parados…las cabezas de vuestras tribus, vuestros ancianos, policías…desde el leñador hasta el aguatero”.
Esta distribución de posiciones, de cuya existencia atestigua la Torá, es vital para la subsistencia de un pueblo como ente activo y organizado, pero no es más que una división artificial y exterior, que califica a la persona como poseedora de una función dentro de las filas del pueblo que es en sí una unidad, así como una tuerca en una inmensa máquina.
Existe otra posibilidad. Sobre cada judío recae la misión de perfeccionar el mundo, tornarlo más puro y transformarlo en un lugar digno donde se manifieste la Presencia Divina. En cada hombre o mujer palpita un alma que descendió desde las Alturas Celestiales, asumiendo la misión encomendada por el creador, y en virtud de la cual fue dotada de cualidades especiales.
No todos fueron enviados con idéntico propósito. Están los líderes –las “cabezas” del pueblo- y los leñadores, etc; pero, cuando se trata de cumplir con la misión, la verdadera posición de todo hombre o mujer no se mide por su lugar en la escala social, o por la cantidad de dinero reunido, y ni siquiera por la cantidad de Torá estudiada en el transcurso de su vida. La medida precisa habrá de fijarse según la capacidad de la persona para cumplir con su misión personal, aquella fijada pura y exclusivamente para él. No se le exige al leñador que se convierta en líder del pueblo ni a éste que se torne leñador. En cambio, sí se le exige cumplir íntegra y plenamente la misión a él encomendada.

La verdadera posición en virtud del ser interior, del Alma Divina, encuentra expresión en la cuenta del pueblo judío. Cuando Di-s ordena contar al pueblo, no hace diferencia entre la gente sencilla del pueblo y sus líderes. Toda persona de 20 años en adelante es contada como una unidad idéntica a la otra. En el censo del pueblo judío, el sabio ocupa un lugar junto al más sencillo entre los simples, y ambos por igual, sumados a todos los demás integrantes del pueblo, conforman la cifra total del ejército Divino que salió de Egipto. Cada uno de los hombres del pueblo que recibió la Torá al pie del Sinaí, tomó su parte conforme a la misión que le fuera encomendada.

Incluso la orden de contar sólo a los mayores de 20 años, no responde a una diferencia de posiciones. Esa condición no corresponde a la categoría de “lo que hace la inteligencia”, sino que se debe a una cuestión técnico-temporal.
Por eso la Torá ordena: “Elevad las cabezas de toda la congregación de los Hijos de Israel…” La cuenta del pueblo judío provoca la elevación de sus integrantes sencillos y eleva también a los integrantes importantes del pueblo y a sus conductores. Con la cuenta por igual de todo el pueblo judío, se otorga a cada uno de sus integrantes el privilegio de sentirse como parte del ejército Divino, como una unidad que significa un mundo entero, y sobre cuyos hombros recae una misión particularmente impuesta a él, otorgada por el mismísimo Creador del Universo.

Esa valoración del individuo como parte igual del pueblo de Di-s, sin tomar en cuenta sus características manifiestas, se refleja de diversas maneras en la Torá y en la ley judía.
La Torá –pilar de la existencia del pueblo judío- fue entregada ante la presencia del seiscientos mil judíos. Al respecto enseñan nuestros sabios que de haber faltado siquiera uno sólo, aún el más simple de ellos, la Torá no hubiera sido entregada. Aún cuando estuvieran presentes todos los grandes de la nación, los ancianos y los líderes, no hubiera sido entregada si hubiera faltado una sola persona!

Esta instrucción de la Torá confiere a cada uno de nosotros una posición especial sin considerar nuestras posibilidades y características. Aún cuando ello nos resulte un gran privilegio y motivo de orgullo, debemos recordar y asumir nuestras responsabilidades ligadas a una posición tal como la mencionada y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para justificar el hecho de pertenecer al Pueblo Elegido.

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