Balak – “La Vida Sobre el Tablero”

El ajedrez es una batalla librada por un ejército de dieciséis “piezas” o “soldados” dispuestos en dos filas. En su centro está el “rey”, el eje alrededor del cual gira el juego entero. El rey es imprescindible en el juego, y la primera y principal prioridad de todos los demás soldados es proteger al rey, expandir su dominio sobre el tablero de ajedrez, y eliminar a su adversario…

El rey mismo rara vez entra en el fragor de la batalla, a menos que sea absolutamente crucial para el éxito de su ejército. El rey puede moverse en cualquier dirección, pero sólo lo hace de a un paso por vez, como cuadra a su involucración limitada en la batalla.

Al lado del rey está la “reina”, la más versátil y potente de los guerreros. Ella se mueve a los cuatro vientos y su alcance se propaga a través de todo el campo de batalla. Flanqueando al rey y a la reina están los “oficiales”, de los que hay tres tipos, cada uno con su propio modo de movimiento y conquista. Su poder y alcance es menor al de la reina, pero ellos, también, pueden moverse en varias direcciones y avanzar más de un cuadrado a la vez.
El rey, la reina y los oficiales ocupan la fila trasera; delante de ellos hay una fila de “soldados de infantería” o “peones”. Los peones son inferiores a los oficiales en que pueden avanzar sólo de a un paso por vez, y en una sola dirección (hacia adelante). Pero el inferior soldado posee una cualidad que los oficiales no tienen. Los oficiales jamás pueden cambiar su condición: ellos mantienen, a lo largo del juego, sus limitaciones y capacidades originales. Pero cuando el soldado logra adelantarse, paso a paso, hasta el otro extremo del tablero, se eleva al nivel más alto, incluso el nivel de reina. No puede, sin embargo, volverse rey, pues rey hay sólo uno.

Hombres y Ángeles
La enseñanza cabalística describe la realidad creada como consistiendo de cuatro “mundos” o planos generales. El más alto es Atzilut, el mundo de “emanación”, que está lo suficientemente cerca de su fuente como para verse desprovisto de cualquier “existencia” auto-percibida; más bien, se percibe a sí mismo como una mera extensión de la realidad Divina. No obstante, es un “mundo”, pues encarna la proyección de Di-s de Su incalificable e infinito ser por medio de “recipientes” de una naturaleza y carácter distintos.
El próximo eslabón en la cadena de creación es Beriá el mundo de “creación”, donde nacen los conceptos de “ser” y “existencia”. Esto es seguido por Ietzirá, “formación”. El eslabón más bajo es el mundo de Asiá —“acción”— que consiste de un “Asiá espiritual” y un “Asiá material”.
Beriá, Iezirá y Asiá espiritual están “poblados” por ángeles y seres espirituales (serafím, jaiot y ofaním, respectivamente) de grados variantes de auto-abnegación a Di-s. El plano material de Asiá es nuestro universo físico, que contiene la “más inferior” de las criaturas de Di-s, más inferior en el sentido de que éstas se perciben a sí mismas como seres completamente distintos (e incluso independientes) de su Creador.

En un Salmo atribuido a Adám, el primer hombre proclama:
“Último y primero Tú me creaste”. Pues el hombre es tanto la más inferior como la más excelsa de las creaciones de Di-s. Su alma es “literalmente una parte de Di-s en lo Alto”, derivándose del mundo de Atzilut, aquel plano de la Creación que nunca se separa de su fuente. Por otra parte, el alma desciende al más bajo nivel de la Creación —el “Asiá material”— para asumir una existencia física que sólo oscurece su fuente supernal.
Pero el estado original del alma se mantiene vivo como un potencial siempre presente en la persona; por medio de un proceso largo y laborioso —largo y laborioso como la vida misma— la persona puede elevarse al más alto nivel de intimidad con Di-s.

El ser humano es inferior al espiritual ángel en que él está oscurecido con una identidad material que limita en gran medida su desarrollo y progreso espiritual. Pero supera al ángel en que solo él tiene la capacidad de trascender su estado creado. De todas las creaciones de Di-s, sólo el ser humano puede elevarse por encima del “mundo” en que ha sido emplazado y ascender a un nivel superior de relación con lo Divino.
Esta diferencia entre la gente y los ángeles se expresa en el hecho de que el hombre es llamado “caminante” (mehalej) mientras que los seres espirituales son llamados “estáticos” (omdím, como en el versículo: “Yo te colocaré como caminantes entre estos estáticos”).

El hecho de que el ángel es un “estático” no significa que esté inmóvil; cada ángel tiene una misión, con la que cruza el universo para cumplirla. Los ángeles también pueden avanzar en su relación con Di-s, profundizando su comprensión de la sabiduría Divina e intensificando su amor y temor a Di-s. Pero ellos se “mueven” sólo dentro del mundo del que son parte; no pueden trascender sus capacidades y limitaciones intrínsecas. Sólo el hombre puede viajar de un mundo a otro, subiendo del mundo inferior en el que fuera creado y ascendiendo de nivel en nivel hacia el más excelso de la Creación.

El juego
La vida es una batalla y un juego, una competencia ingeniada por el Creador para incitarnos con los desafíos que traerán a luz nuestros potenciales más profundos. El juego de ajedrez puede servir de metáfora para los diversos componentes de esta batalla, sus métodos de combate, y sus objetivos.

El “rey” sobre el tablero representa al “Rey de todos los reyes”—Di-s Mismo— de quien depende el “juego” entero. La reina representa a rnaljut de Atzilut —llamada también Kneset Israel (“la comunidad de Israel”)— la fuente común de todas las almas, que está en un estado de “matrimonio” y unidad con Di-s. Los tres niveles de “oficiales” son las tres clases de ángeles que pertenecen a los planos de Beriá, Ietzirá y Asiá espiritual. El inferior “soldado de infantería” es el ser humano, habitando el mundo restrictivo y finito de acción material”.

Desafiando a este ejército hay un pseudo ejército, un batallón virtual equipado con todo, desde peones hasta “rey”. Pues “esto, opuesto al otro, creó Di-s”. Cada creación positiva tiene su contra-parte negativa; cada fuerza espiritual tiene su contra-fuerza malévola; cada rayo de luz Divina tiene su oscureciente sombra. La soberanía de Di-s es contrastada por la deificación de lo material y temporal. La misión del ejército de Di-s consiste en vencer a su adversario, revelar la falacia de sus pseudo-verdades, destronar a su dios.

Los soldados de vanguardia en esta batalla son los “infantes”, las almas investidas en cuerpos. Esmeradamente, con sus limitadas capacidades y facultades, estos avanzan a través del campo de batalla, defendiendo el lugar del Rey en el mundo, el núcleo de Divinidad que se encuentra dentro de sus propias almas (la “reina”), y las líneas espirituales de abastecimiento (los “oficiales”) al campo de batalla.

Los oficiales —con su mayor alcance y poder— proveen la fortaleza y munición espiritual para ayudar a vencer al enemigo. El Rey mismo se mantiene, mayormente, distante de la batalla, pues éste es un desafío que El desea que nosotros enfrentemos por nosotros mismos; pero en momentos de crisis extrema, El no está más allá de prestar una decisiva, aunque limitada, ayuda a la batalla, aun cuando signifique exponerse a Sí mismo a la línea de fuego, por así decirlo.

El inferior “soldado de infantería” carga con el impacto de la batalla. Pelea con recursos limitados. Su avance es lento y mayormente unidimensional, impedido por la corporeidad y los estrechos horizontes de su mundo. Pero cuando su constante y determinado avance lo lleva a la octava fila, revela a la reina que tiene dentro de sí mismo y conquista la batalla para su Rey.

Basado en Ieméi Bereshit, págs. 338-341

Nota: véanse múltiples ejemplos en “Atentos a los Mensajes de la Vida”, de Editorial Lubavitch Sudamericana

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