Soltera y judía

Podría decirse que uno de los “pecados cardinales” de nuestra cultura secular contemporánea es la “dependencia”. Los norte-americanos en especial valoran el “ego fuerte” y la persona agresiva.

Los clásicos de la literatura norteamericana describen figuras tales como el Capitán Ahab y su grupo de hombres rudos a la caza de una ballena, o muchachos que escapan de la casa como Huck Finn. Un destacado crítico literario norteamericano observó cierta vez que en la literatura norteamericana hay pocas muestras de relaciones adultas felices entre hombres y mujeres: por lo general suelen darse pares de hombres que escapan en pos de aventuras. Todo Llanero Solitario tiene, en lugar de una esposa, a un Toro.
El hombre norteamericano no puede permitirse ser dependiente de la mujer, y la mujer norteamericana no puede permitirse ser demasiado independiente del hombre, o se la considera dominante, agresiva, et~. Como reacción a las violentas distorsiones de estos dos estereotipos, se ha exhortado a las mujeres a ser tan independientes como los hombres, a necesitar de los hombres tan poco como los hombres afirman necesitar de las mujeres. Las mujeres abandonan a los maridos; los maridos abandonan a las mujeres; y los hijos abandonan el hogar lo antes posible.
Recientemente, empero, se ha reconocido que los ideales contemporáneos de la independencia total tal vez no lleven necesariamente a la satisfacción plena. En una conferencia de la Organización Nacional de Mujeres (National Organization of Women (NOW) celebrada en Nueva York, el tópico principal fue “La familia”. Ellen Goodman, la periodista especializada que cubría la conferencia, escribió: “Con el correr del tiempo las mujeres que se examinaron íntimamente descubrieron que necesitaban de otras personas. Muchas de las que se habían vuelto seguras de si e independientes pudieron arriesgarse y abrazar la dependencia mutua; otras reconocieron o redescubrieron el placer de criar hijos junto con el de acumular logros”. No obstante, muchos hombres y mujeres de hoy permanecen solteros.
También dentro de la comunidad judía un número sin precedentes de hombres y mujeres de diversas edades se hallan -ya sea por elección o por las circunstancias- sin compañeros y sin hijos. Al buscar su identidad judía a menudo se preguntan si existe un sitio para ellos. Después de todo, a menudo se afirma que la familia es el centro de la vida judía, la fuente de la fuerza judía, y el núcleo de la identidad judía, especialmente para una mujer. Se encomia a las mujeres judías por ser el “fundamento del hogar”, se destaca su función decisiva en la educación de sus hijos. ¿Se considera que una mujer es un “fracaso” si no ha contraído matrimonio? ¿Puede cumplir alguna función en el marco del judaísmo fuera de la maternidad? Si no cocina ni cría hijos, ¿qué le queda por hacer? ¿Tiene una identidad espiritual independiente, especialmente dentro de un mundo ortodoxo?

Importancia decisiva de todo judío

Todo lo que se dice acerca de la importancia de la familia en la vida judía es indudablemente cierto. En un plano más profundo, empero, el judío plenamente observante de la Torá no define su identidad esencial en función de su carrera, su compañero, sus hijos, sus ingresos, su círculo social, ni siquiera los rótulos de “reformista”, “conservador”, “ortodoxo”, “jasídico”. Para el judío observante de la Torá, esos rótulos no son los términos decisivos que definen la identidad judía: los términos decisivos son, Di-s, Torá, e Israel, que, tal como lo dice e] Zohar: “están unidos entre sí… en distintos planos, uno más elevado que el otro, parcialmente ocultos y parcialmente revelados” (Zohar III; 73a). Los rótulos externos no pueden romper el vínculo entre los judíos, Di-s y la Torá. Tal como lo explica la filosofía jasídica, la esencia del judío, tanto hombre como mujer, está arraigada en la esencia de Di-s. Y en el plano de la esencia más íntima, todos los judíos son uno, todos “hijos del Supremo”, todos herederos absolutos de toda la Torá, sean hombres o mujeres, pobres o ricos, observantes o no observantes, “reformistas” o ‘jasídicos”.

El Alter Rebe (Rabí Shneur Zalman de Liadí – fundador de Jabad-Lubavitch) escribe en Tania (comienzo del capítulo 2) que el alma de todo judío posee un aspecto que “es auténticamente parte de Di-s en lo alto” y el actual Rabí de Lubavitch, Shlitá, a menudo destaca que el versículo “Moisés nos ordenó la Torá, patrimonio de la congregación de Iaacov” (Deuteronomio 33:4) significa que la Torá total es el patrimonio de todo judío, aunque éste haya decidido no utilizar ese patrimonio o haya perdido la llave de éste, sin embargo todo le pertenece.
La importancia decisiva de la relación de todo judío con este patrimonio abarca los valores de la Torá. En un conocido Midrash (Shemot Rabá 28) se relata que cuando se entregó la Torá en el Sinaí, se hallaban presentes las almas de todos los judíos que existirían en el futuro, así como las de todos aquellos que habían existido en el pasado, junto a las de los judíos que vivían en ese momento, y que si hubiese faltado una -una sola- (sin especificar el sexo) la Torá no habría sido entregada. En la Torá se observa que toda persona es un “mundo en miniatura”, una entidad completa en sí misma. Y también lo afirma el Talmud: ‘El hombre fue creado primero como una entidad individual a fin de enseñar la lecci6n de que todo aquél que destruya una vida, según las Escrituras es considerado como si hubiese destruido todo un mundo; y todo aquél que salva una vida, según las Escrituras es considerado como si hubiese salvado todo un mundo” (Sanhedrín 4, 5). La persona, hombre o mujer, importa tanto frente a todo el mundo que Maimónides, en otro conocido pasaje, escribe:
“Toda persona debe considerarse durante todo el año como si fuese mitad inocente y mitad culpable, y debe considerar a toda la humanidad mitad inocente y mitad culpable. Si cometiera un sólo pecado más, la balanza de la culpa se inclinarla en contra de si misma y de todo el mundo Y causaría su destrucción. Si cumpliera un mandamiento, la balanza del mérito se inclinarla en su favor y en favor de todo el mundo, y asegurarla la salvación y la liberación de todos sus semejantes y de sí misma. .” (Leyes del Arrepentimiento 3:4). Casados, solteros, hombres, o mujeres. El Rebe, Shlita, a menudo destaca también que no sólo una buena acción, sino aun una buena palabra, o pensamiento, pueden hacer inclinar la balanza – y asegurar la Redención de todo el pueblo judío.

Por otra parte, un judío no sólo ejerce una inmensa influencia sobre el estado del mundo – sino también sobre Di-s. El Talmud nos relata que “Cuando los judíos fueron exiliados, la Shejiná Presencia Divinal se exiló con ellos” (Meg. 291). Vale decir que Dis, por así decirlo, es afectado por los judíos y sufre con ellos. En Tania, el Alter Rebe explica que cada vez que un judío comete una trasgresión la Shejina es aún más arrastrada al exilio. Tal acción es comparable, escribe, a la de aquél que toma al rey por la cabeza, lo arrastra al piso, y lo obliga a sumergir su rostro en la suciedad (capítulo 17, fin del capitulo 24). Sin embargo, cada acto bueno hace que la persona y el mundo se unan a Di-s y se asegure así la compleción de todo el mundo.
Podrían enumerarse muchas otras afirmaciones en este sentido que figuran en la Torá. Está claro, empero, que todo judío, independientemente de su estado físico, espiritual, sexual o civil, tiene una repercusión decisiva sobre todos los demás judíos, el mundo, y el propio Di-s, por así decirlo. El Rebe, a menudo destaca que, en tanto un sólo judío permanezca en el exilio, exilio de la Torá y de las mitzvot, no sólo exilio físico, la totalidad del pueblo judío se halla en el exilio junto con la Shejiná. Se ha encomendado, pues, a todo judío, independientemente del nivel en que se encuentre, una enorme responsabilidad. Y la responsabilidad de una mujer casada no es ni más ni menos importante que la de una mujer o un hombre solteros.
(En el análisis del papel de la mujer judía, a menudo se suscitan preguntas vinculadas con la obligación de la mujer en relación con el cumplimiento de las mitzvot. Si bien por razones de espacio no podemos incluir acá una respuesta detallada a esta pregunta, sucintamente, la mujeres y los hombres están sujetos a las mismas obligaciones en lo que respecta a las 365 mitzvot negativas, es decir, aquéllas que prohíben determinadas acciones, así como en relación con la totalidad de las 248 mitzvot positivas que no dependen para su ejecución de un limite de tiempo determinado. En la práctica, la mujer está eximida del cumplimiento de unas pocas mitzvot, y ello no guarda relación alguna con su supuesta “inferioridad”. Otras mitzvot, tales como el encendido de las velas de Shabat y las leyes relativas a la Pureza de la Familia, han sido específicamente encomendadas a ella. En lo que respecta a las obligaciones religiosas de conocer, amar, y reverenciar a Di-s, no hay diferencia alguna entre hombres y mujeres. Una de las razones que a menudo se da en relación con la exención de la mujer del cumplimiento de mitzvot sujetas al marco temporal es que, cuando se crían hijos, resulta difícil cumplir tales preceptos. Por ejemplo, las mujeres tienen la obligación de orar diariamente, pero no a horas determinadas, como los hombres. Las mujeres solteras, que tienen mayor flexibilidad respecto de su tiempo, a menudo asumen la obligación de rezar a horas determinadas hasta que contraen matrimonio. De hecho, la mujer soltera tiene menos excusas que la mujer casada para no dar cumplimiento a las mitzvot y al estudio de la Torá.)

Dependencia o interdependencia

Ahora bien, esta idea de la importancia decisiva de toda persona es sumamente atractiva, especialmente para una sociedad egocéntrica como la nuestra. De manera pues, que toda mujer puede afectar a todo el mundo. puede afectar a Di-s, ¡aunque sea soltera, aunque no tenga hijos! No obstante, existe un corolario a esta proposición: dado que toda persona puede producir un efecto tan enorme, se desprende que toda persona se ve enormemente afectada por todas las demás y depende de ellas. ¿Cómo puede la “dependencia” -ese pecado mortal- conciliarse con el inmenso poder de toda persona?
Llevó largos años de lucha del movimiento de liberación femenina anular la destructividad latente en los estereotipados papeles del hombre “real”, totalmente independiente, agresivo, y la mujer “femenina”, absolutamente dependiente, pasiva, anular la idea de la fuerza bruta independiente como la base del ser y la persona. El hombre judío, empero, que vive de acuerdo con la Torá y las mitzvot, siempre ha tenido un concepto totalmente distinto de la hombría y del ser, al igual que la mujer judía. La denominación más elevada de Moisés -podríamos decir, tal vez, el epítome del “hombre judío fuerte”- consiste en ser llamado por Di-s Moshé Avdí (“Moisés, Mi sirviente”). Su “hombría” consistía en la calidad de su servicio, no a sí mismo sino a Di-s. Lo mismo es válido en relación con la identidad de todo judío, hombre o mujer; la calidad de su ser se define en virtud de su servicio a algo más elevado que su propio ser. El mundo “depende” totalmente de Di-s, y Di-s, por así decirlo, “depende” de los judíos, y los judíos dependen de los demás judíos. Esto, empero, es una dependencia mutua que se nutre de la fuerza, y no de la debilidad.

Todo judío, soltero o casado, está vinculado inextricablemente a la comunidad de todos los judíos, al mundo, y a Di-s, con la responsabilidad y la obligación no sólo ante sí mismo, sino ante todos. El estado civil no modifica la importancia de una persona, ni el efecto que ejerce sobre todo Israel. ¿Mas puede esto entonces considerarse permiso para permanecer soltero? Parecería que en la actualidad las mujeres huyen del matrimonio y de los hijos en una búsqueda desesperada de sí mismas, así como antes habían buscado el matrimonio y los hijos como una forma de escapar, de hallar protección y de perderse a sí mismas. El matrimonio y la familia son importantes en la Torá, claro está, mas no porque proporcionen vías de escape a las almas perdidas. Por el contrario, el matrimonio y la familia representan un llamado a asumir responsabilidades ante uno mismo, ante otros, y ante el futuro. El matrimonio permite la continuidad de la existencia del pueblo judío, y la fusión de las propias fuerzas con las de otro. De este modo puede servirse más cabalmente a Di-s, y nutrir aquellos aspectos del ser y del otro que no pueden prosperar aisladamente.

El matrimonio es parte de un permanente proceso de crecimiento, proceso éste que ni comienza ni termina en la Jupá. Por cuanto la ketubá (contrato matrimonial) no es un certificado automático de persona. La Torá exige que nos ayudemos permanentemente, que nos brindemos, y como dice el Talmud (Brajot 28a): “siempre asciende en santidad”, no interesa en qué etapa nos encontremos. La necesidad de contraer matrimonio no es, naturalmente, válida cuando surge de la presión social; es válida cuando surge de un deseo de completarse, de un deseo de dar más plenamente, de brindarse, de recibir. No hay nada, tal como lo dice también el movimiento feminista, inherentemente vergonzoso en relación con esta necesidad, si se ha adquirido fuerza interior.
¿Cuándo, empero, se adquiere cabalmente una fuerza interior inagotable? Todo período de la vida entraña sus propios conflictos, necesidades y objetivos. Los problemas de la mujer soltera no se solucionan automáticamente mediante el matrimonio, y los problemas de la mujer casada no se resolverán automáticamente si ésta vuelve a ser soltera. En la mayoría de los casos, no es el cambio de estado civil lo que en última instancia es importante, sino el cambio en el fuero interno, en la propia definición del ser. Si el ser se define en función de lo exterior y no en función de nuestra auténtica esencia interior, que para una mujer o un hombre judíos es la chispa Divina que lo une a Di-s y a la Torá, independientemente del estado en el que uno se encuentre, independientemente de la carrera, independientemente del compañero, no se adquirirá finalmente esa integridad interior.

Separación y unión

Esto tiene validez tanto para el hombre como para la mujer, por cuanto en el Talmud dice: “Un hombre que no está casado no es sino medio hombre” (Ievamot 63a). Vale decir que el hombre también carece de compleción sin la mujer. Ello no significa que ser soltero sea un estigma, o una señal de inferioridad, sino que es una etapa que debe, al igual que todas las demás etapas, llevar a niveles más elevados: “Siempre debemos ascender en santidad.” En otras palabras: ser soltero o ser casado no son condiciones diametralmente opuestas. Ser soltero y ser casado pueden considerarse etapas dentro de una continuidad, aspectos del ritmo constante entre ser esencialmente uno mismo, y estar con otros, estar separado y estar junto a otros. En todos los niveles de la vida, toda persona debe esforzarse permanentemente por establecer el equilibrio adecuado. Por ejemplo, en el matrimonio judío, de acuerdo con las leyes de la Pureza de la Familia, hay momentos del mes en que marido y su mujer están totalmente separados físicamente, y otras veces en que están unidos.

Separación y unión no son términos opuestos sino aspectos complementarios. Del mismo modo, por ejemplo, el judío está “separado” del mundo, mas con el propósito de hacer del mundo una “morada para la Santidad”, para acercar a Di-s, el hombre y el mundo, mucho más. El Shabat es un día de retiro y separación del mundo, mas merced al Shabat todos los días de la semana y todas las actividades que desarrollamos en el curso de ésta son bendecidas y podemos retornar al mundo con más fuerzas.
El propósito de la separación es crear una mayor unión. En mayor escala, tal como lo explica el Jasidismo, la “separación de Di-s e Israel”, los largos años de nuestro exilio, tienen, en última instancia, el propósito interno de asegurar una mayor unión, y una mayor revelación de la Divinidad que tendrá lugar con la construcción del Tercer Templo. Tal como lo afirma el principio del Jasidismo: “El propósito del descenso es el ascenso” y como lo clarifica el actual Rebe de Lubavitch, Shlitá: puesto que el descenso es una preparación para el ascenso, y su propósito fundamental es éste, no es, en verdad más que un aspecto del ascenso mismo. El Rebe explica, por ejemplo, por qué la Torá, al referirse a todos los viajes de los judíos por el desierto, también describe los sitios en los que sólo descansaron, como “viajes” (Exodo 40:38; véase Rashi en relación con ello). Habida cuenta de que el descanso era una preparación para el posterior viaje, los sitios de descanso son, de hecho, parte del viaje que se tiene por delante (Likutei Sijot VI, “Pekudei”).

Del mismo modo, el Rebe clarifica el “pecado” (jet) de Abraham al salir de la tierra de Israel en un momento de hambre generalizada y descender a Egipto, el sitio más bajo y más impuro de la Tierra (Génesis 12:10). Di-s no ordenó a Abraham que lo hiciera, sino que fuese a la tierra de Canaan. ¿Cómo pudo Abraham, un perfecto Tzadik (Justo) cuya voluntad estaba totalmente sometida a la de Di-s, pecar ‘? Una vez más, la respuesta es que este descenso, si bien lo llevó a un sitio indudablemente caracterizado por una falta de. santidad (la raíz de la palabra hebrea correspondiente a pecado, jet, significa “falta, ausencia”) era en realidad parte de su ascenso a un nivel más elevado. Esto se indica en el nombre de esta sección de la Torá, cuya primera palabra, Lej Lejá, significa “Sal – hacia ti”; vale decir, que todos los hechos descritos en esta sección formaron parte del viaje de Abraham hacia su auténtica esencia espiritual interior. Más aún, cuando Abraham salió de Egipto con grandes riquezas, creó una senda espiritual, por así decirlo, para la nación que surgiría de él, para posteriormente efectuar el éxodo de Egipto (Likutei Sijot V, “Lej Lejá”, en especial la pág. 82). En relación con el tema que nos ocupa, la soltería podría parecer una etapa “inferior”, un descenso respecto del matrimonio, que es una etapa “superior”. Internamente, empero, ambos son aspectos del permanente ascenso del judío al servicio de Di-s.
También en toda vida hay “sitios de descanso”, y “viajes”. Hay momentos en que nos replegamos hacia nuestro interior y momentos en que nos volcamos hacia los demás. Únicamente comprendemos que los dos movimientos forman parte del servicio completo del judío, en todas las etapas de su vida, y que ambos son parte de su permanente ascenso, no sufriremos al estar o bien demasiado aislados en nuestros propios mundos personales, o atrapados en relaciones desdichadas e insatisfactorias con los demás, sean éstos amigos, compañeros, colegas, hijos, etc. Sin el adecuado equilibrio y perspectiva, hasta una carrera puede convertirse en un supervisor tiránico. Huelga decir empero que si Di-s nos ha dotado de un talento especial, estamos obligados a emplearlo para bien.

¿Pero significa acaso todo esto que la mujer soltera está sencillamente “preparándose para el matrimonio”? ¿O que la mujer casada está definida sencillamente como “preparándose” para el próximo hijo? De todo lo que antecede, se desprende que el judío se encuentra siempre en un estado de preparación, siempre preparándose para la próxima etapa de su ascenso, esforzándose por alcanzar el próximo nivel más elevado, y luego el próximo. Preparándose para el próximo Shabat, el próximo Iom Tov (festividad), y el próximo Iom Kipur (Día del Perdón), y el final del Exilio.
¿Está condenada, entonces, una mujer soltera a ser incompleta? De lo que antecede vemos también que nada en el mundo fue creado perfecto y completo. Tal como lo dice la Torá en Génesis 2:3: “Y Dis bendijo el séptimo día y lo consagró, porque en éste Di-s se abstuvo de toda Su obra que Di-s creó para hacer. “Los comentarios destacan que la traducción exacta no es “que Di-s hizo” sino que “creó para hacer”. Vale decir, que la creación está sin terminar, y el hombre debe contribuir a completarla. Toda persona se convierte, tal como lo señala el Rebe, Shlitá, en un “socio” de Di-s en la Creación mediante la Torá y las mitzvot.
De manera análoga, en todos los niveles, una persona nunca es perfecta y completa, Jasidut destaca que teshuvá, “retorno, arrepentimiento”, no significa sencillamente lamentarse por los pecados cometidos, sino el retorno a nuestra Fuente, es decir a Di-s. Lo que podría haber sido suficiente para un día ya no es suficiente para el próximo. Si no se asciende constantemente, aunque no se cometa una trasgresión, se desciende, y se necesita hacer teshuvá, retornar a la fuente, procurar alcanzar un nivel más elevado. Uno no puede detenerse so pretexto de que: “Soy soltera, no puedo hacer nada sin un marido y un auténtico hogar judío”, o “Estoy casada, estoy demasiado ocupada criando hijos y organizando la casa” o “Estoy dedicada a mi carrera, cuando tenga tiempo pensaré más acerca de mi condición espiritual”, o “Soy soltera, no necesito a nadie, me basto por mi misma”. También los “sitios de descanso” deben formar parte del viaje.
Toda mujer judía basa su identidad en la chispa Divina que lleva dentro, y en la comprensión de que en ella reside su auténtica independencia y poder: adquiere una fuerza que le permite volcarse hacia los demás y hacia el mundo, brindarse y darse. Del mismo modo, ningún hombre judío debe temer brindarse y darse.

La misión de cada persona sobre la tierra no puede ser ejecutada por otra y la mayoría de las mitzvot no dependen del estado civil de la persona. Las obligaciones de una mujer y su capacidad para estudiar la Torá, cumplir con las mitzvot, conocer, amar y reverenciar a Di-s no comienzan -ni terminan- con el matrimonio. Mas el matrimonio es otra etapa del proceso de cada judío en pos de la elevación, el refinamiento y la transformación del mundo en una morada para Di-s. Y así como nadie puede permitirse aguardar hasta la Jupá para comenzar esa obra, nadie puede evadiría una vez que contrae los votos matrimoniales. Todo momento, toda acción, toda palabra y pensamiento son decisivos: el mundo entero depende de ellos.

DRA. SHAINA SARA HANDELMAN

Profesora de Ingles y Estudios Judaicos. Universidad de Maryland,. College Park.

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