Trato hecho

En una oportunidad hablé estudiantes secundarios acerca de las tensiones que produce la vida social y sugerí un experimento…

La respuesta fue inmediata: “¡De ninguna manera! ¡Olvídelo!”, y hubo muchas risas.
Cuando finalizó la clase, algunos alumnos hablaron conmigo en privado. Lejos de sus pares, admitieron: “Creo que es una buena idea y de buena gana la experimentaría, pero no creo que alguien más lo haga”.
No habrían dicho esto en público, pero en privado admitieron que tener pareja durante la adolescencia constituye una carga estresante e innecesaria. La competencia, dijeron, es injusta con aquellos que no son populares, y aquellos que lo son se tornan crueles al respecto. No es bueno para nadie.
Así las cosas, no me sorprendió que muchos de los jóvenes de la clase me comunicaran que serían más cautelosos en sus relaciones y que aguardarían hasta casarse.

A veces se afirma que tener pareja antes de casarse resulta en mejores matrimonios. El principal argumento consiste en que la exposición a una variedad de experiencias permite a una persona joven realizar una elección más cuidadosa de su futuro consorte.Sin embargo; ya poca gente piensa de este modo, porque es evidente que esto no es verdadero. Los adolescentes han estado teniendo parejas antes de casarse desde hace algunas décadas. Durante el tiempo transcurrido desde entonces, los matrimonios no han mejorado en absoluto; se han tornado mucho peores.

Los alumnos secundarios habían oído historias acerca de los matrimonios concertados y sentían curiosidad por saber cómo es el noviazgo judío tradicional.
Este es como sigue:
Los judíos tradicionales mantienen una recatada vida social. Los adolescentes no tienen parejas ni concurren a fiestas mixtas, y entre los menores, varones y mujeres no pasan el tiempo juntos en actividades sociales. Mientras crecemos no nos complicamos emocionalmente ni nos preocupa si somos o no populares, o quién es más popular, o con quién vamos a salir.
En nuestra comunidad no sucede nada de eso porque creemos que es injusto. No es agradable y no hace bien alguno. Como resultado, cuando nos encontramos preparados para contraer matrimonio, no jugamos con ello. No hay ningún concurso de popularidad y no deseamos impresionar a nadie.
Cuando nos hallamos preparados para el matrimonio, lo encaramos con honestidad y sinceridad. No nos casamos con la persona equivocada por haber deseado impresionar a alguien o competir con alguien. Todo esto se ve eliminado. Hallamos a alguien con quien casarnos, nos casamos, y los matrimonios perduran. Hay divorcios, pero raramente.
Comenzamos a salir con alguien cuando tenemos edad y seriedad suficientes como para pensar en casarnos. Cuando lo hacemos, es con alguien que posee los mismos valores que nosotros. En general, provenimos de familias que se conocen, o tenemos un amigo en común que cree que somos compatibles y nos presenta.

Alguien expresó en una oportunidad: “Si deseas casarte con alguien y quieres saber cómo es él realmente, qué mejor que preguntar a sus amigos?” La mejor manera de saber cómo es un hombre es averiguar si es popular con los hombres. Saber cómo es con las mujeres no nos dirá nada. No nos dice qué clase de hombre es ni qué clase de marido será. Si desean descubrir qué clase de persona es una mujer, averigúen cuán popular es con sus amigas. Lo importante es lo que piensan los del mismo sexo. Esto les dará una idea mucho mejor acerca del tipo de persona que él o ella son.
Luego de ser presentados, pasamos tiempo en mutua compañía y consideramos el casarnos. Deseamos llegar a saber qué hay en la mente del otro, qué tipo de vida desea llevar, qué clase de vida ha tenido, cosas que se relacionan con el matrimonio. No iríamos al cine, pues deseamos llegar a conocer al otro, no al film. No queremos desperdiciar nuestro tiempo desplegando muchas actividades; preferimos pasar el tiempo hablando. No estamos buscando algo excitante; estamos tomando en consideración nuestro casamiento.

No somos adolescentes, por lo tanto sabemos con mucha más claridad con qué tipo de persona deseamos casarnos. Al cabo de tres o cuatro meses sabemos si ésta es o no la persona correcta. Si no lo es, no hay ningún tipo de resentimiento ya que no nos hemos convertido en los mejores amigos. Si no funciona, pues no funciona. Hay una pequeña desilusión, pero no hay corazones rotos.
Es un buen sistema y es considerado. Toma en cuenta que la gente tiene sentimientos.
Por ejemplo, en nuestra tradición, mientras un hombre y una mujer salen y piensan en casarse, ello se conserva en el mayor de los secretos. No hablan acerca de ello y no concurren a lugares donde pudieran ser vistos. En caso de no funcionar, nadie lo sabrá.
Si se hiciera público, la gente desearía saber: “¿Por qué no te casaste con él? ¿Tiene algo malo?” O “¿Cómo es posible que él no haya querido casarse contigo? ¿Qué anda mal contigo?” En esta forma es más discreto.
Si funciona, todos se alegrarán. Si no funciona, nadie se entera y nadie sale herido.

Los hombres y las mujeres que se están viendo, no se tocan uno al otro. Nunca verán a un hombre y una mujer besándose o abrazándose porque sí. Esto no ocurre, porque esta tradición toma con seriedad la relación hombre-mujer. Toda demostración de afecto físico tiene lugar en privado y está reservada a la persona con la que estamos casados.
En una casa judía tradicional, marido y mujer sólo se tocan en privado. Los hijos educados en tales casas jamás ven a sus padres abrazarse o expresarse ningún tipo de afecto físico, ni siquiera en broma.
De esto los niños aprenden que el amor familiar se halla estructurado de dos maneras: el amor entre hombre y mujer, y el amor entre padres e hijo. Este es un mensaje saludable. Un abrazo y un beso son cosas infantiles, es lo que se hace con los niños. Un ligero pellizco en la mejilla es adecuado para un niño pequeño. Los adultos cuentan con formas de afecto más serias, más responsables, más adultas.
Los hijos que saben que sus padres se interesan uno por el otro, que cuentan uno con el otro, que hacen lo que el otro necesita y que se respetan, no tienen necesidad de ver afecto físico para saber qué son el cuidado y la ternura.

En una casa tradicional, los padres expresan gran cantidad de afecto físico a sus hijos, y en forma privada uno al otro. Pero al no exhibir su expresión física de afecto mutuo frente a los hijos, les transmiten que la relación esposo/a es diferente de la relación entre madre e hija, padre e hijo, hermano y hermana.
Entre los judíos tradicionales, el esposo o la esposa es realmente la primera y única persona con la cual hemos estado alguna vez tan próximos, tan cerca físicamente y en una forma tan íntima, y es de este modo como continuará. Nuestro esposo o esposa siempre serán la única persona.
Es una forma de vida sensible, considerada, recatada y sana.

Extraído de ¿Es que ya nadie se ruboriza?, de Rabí Manis Friedman, versión en español. Editorial Kehot

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