“Sí querida…”

…Mi maestro prefirió, con sabiduría, permitirse pasar por tonto, en lugar de degradar al marido ante los ojos de la esposa. ¿Por qué? Porque el matrimonio es sagrado…

Me hallaba un día caminando por la calle con uno de mis maestros, cuando se nos aproximó una joven pareja. La esposa le dijo a mi maestro: “¿Es cierto que revolver la sopa mientras se encuentra sobre la hornalla constituiría una violación del Shabat? ¡Dígaselo a mi esposo… él no lo sabe!”
Mi maestro pareció pensarlo un instante y dijo:
-“Tendré que consultarlo y responderles luego”. La pareja prosiguió su camino. Al advertir mi expresión de asombro, mi maestro explico: “Te sorprende mi respuesta, al ser tan sencilla la pregunta de la esposa. Tú sabes tan bien como yo que ella estaba en lo cierto. Pero si yo hubiera sabido la respuesta sin siquiera dar un vistazo al ‘Código de Leyes judías’, habría hecho aparecer a su esposo como un tonto
Mi maestro prefirió, con sabiduría, permitirse pasar por tonto, en lugar de degradar al marido ante los ojos de la esposa. ¿Por qué? Porque el matrimonio es sagrado… Cualquier cosa que se haga para degradarlo, para desalentarlo o debilitarlo, está mal. Hacer comentarios desalentadores o despectivos acerca del marido a su mujer, o acerca de la mujer a su marido, constituye un pecado imperdonable.
El matrimonio es una institución sagrada, tanto como una comunidad en el momento de rezar sus oraciones. Es por esta razón que marido y mujer poseen la capacidad de constituir una unión única y maravillosa. Si entramos en una habitación donde hay gente rezando, reconocemos que está teniendo lugar algo sagrado. Aguardamos entonces respetuosamente y cuidamos de no distraerla de sus oraciones. Deberíamos experimentar igual respeto en presencia de marido y mujer. Reconociendo la santidad del matrimonio, debemos cuidarnos de distraer a uno del otro, o de disminuir de alguna manera el entusiasmo mutuo.
Uno de los pecados más graves, a la par de la adoración de ídolos y la blasfemia, es el pecado de desalentar a alguien en su relación con Di-s (Deut. 13:7-19; Talmud, Ética de los Padres 5:18). Aquel que procura desalentar el entusiasmo que otro siente por Di-s, merece el peor de los castigos. No debemos sentir compasión por esta persona, o desviarnos de nuestro camino para hallar circunstancias atenuantes, como lo haríamos en el caso de cualquier otro pecado.
En forma similar, no nos está permitido desacreditar a los demás ante Di-s, incluso mientras estemos desacreditándonos a nosotros mismos. Uno de los profetas, en un intento de humillarse ante Di-s, dijo:
“¿Cómo puedo ser merecedor de la profecía si mis labios son impuros y habito en medio de un pueblo cuyos labios son impuros?” (En referencia a sus semejantes judíos). Di-s lo reprendió diciendo:
“Puedes llamarte impuro, pero no te atrevas a decir eso acerca de Mis hijos” (Isaías 6:5-7).
Esto se debe a que nuestra relación con Di-s es como un matrimonio. Acercarse
a una esposa y emitir comentarios despectivos acerca de su esposo es inconcebible; por la misma razón, decirle a un esposo cosas desagradables acerca de su esposa, es intolerable. Uno de los actos más sagrados es hacer que haya paz entre marido y mujer. Esto no significa que si un marido y su mujer se hallan riñendo, debamos
intervenir como árbitros de la pelea. Esto provocaría un cese del fuego, pero no traería la paz consigo.
Traer la paz a marido y mujer significa que en toda ocasión, cada vez que tengamos la oportunidad, debemos realzar la opinión del marido acerca de su mujer y la opinión de la mujer acerca de su marido. Ayudemos al esposo a apreciar a su esposa y a la esposa a respetar a su marido, antes de que se presente un problema, como lo hizo mi maestro. Esto ayuda a prevenir el problema. Puesto que el matrimonio es una institución sagrada, en vuestra casa o fuera de ella, debes ser leal a tu cónyuge. Pero con demasiada frecuencia éste no es el caso. Un hombre va a su trabajo, pero le dice a su esposa que no le telefonee porque ello le incomoda. ¿Eso es ser leal? ¿Eso es ser el hombre de su vida? No, eso es ser el hombre de sus noches… siempre y cuando él regrese a casa antes de que ella se haya ido a dormir. Cuando él sale con ella, si ella no luce en la forma en que él lo desea, él finge no conocerla. Pasa su tiempo hablando con los demás, y olvida que está con ella.
Si se encuentran en una fiesta y él derrama las bebidas y mancha el mantel y a sí mismo, su esposa hace una mueca, se vuelve a la persona que está a su lado y declara:
“Es tan torpe”. La persona sentada a su lado es un extraño; la persona con la camisa mojada es su marido. Y aún así, ella se aparta de él, se dirige a este extraño y dice:
“Es tan torpe”.
Ella ha efectuado un corte emocional, ha roto la relación y, por el momento, se ha divorciado de él.
Entonces ambos van a consultar con un consejero matrimonial.
“¿Logra usted entenderla?”, dice él al terapeuta. “Usted y yo… Nosotros somos listos, estamos muy bien. Veamos qué sucede con ella”.
El no se encuentra a su lado, sino que desea estar del lado del terapeuta. Es fácil comprender por qué estas dos personas tienen problemas. Porque él no se identifica con ella, ni ella con él. Esto es deslealtad; esto es salir fuera de la relación. Se debe ser leal; estar dentro de una relación. En el matrimonio hace falta este tipo de reflejo. Una vez que has salido del palio nupcial, el mundo debe ser diferente para siempre. Nunca más puedes tomar partido por el punto de vista de un extraño.
Las fábulas y demás historias que comienzan con:
“Una vez…” siempre terminan con “y fueron felices para siempre”. ¿Por qué fueron felices para siempre? ¿No reñían? ¿No tenían cuentas que pagar? ¿No tenían hijos que no cooperaban? Por supuesto que sí. Pero “una vez” fueron leales uno con el otro.
“Fueron felices para siempre” significa que dos personas encuentran plenitud una con la otra. La lealtad que sienten por el otro proviene del hecho de que, ante
todo, existen el uno para el otro.

Extraído de “¿Es que ya nadie se ruboriza?” de Manis Friedman. Editorial Ner

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