Relación hombre-mujer judíos frente a la “cultura occidental”

En la sociedad actual imperan dos actitudes extremas respecto del sexo…

La cultura “judeo – cristiana” no existe

Una es la de la Iglesia, que sostiene que el sexo es un impulso maligno al que el hombre inevitablemente sucumbe. La segunda actitud constituye una reacción en contra de la primera y se basa en la idea de que la pasión es el dios supremo, y en consecuencia, debe ser el factor determinante de todas las relaciones sexuales.
Los historiadores cometen un grave error al hablar de una “cultura judeo-cristiana”, lo cual implica que las culturas judía y cristiana son una y que tienen un sistema de valores idéntico. Nada podría estar más alejado de la verdad. Si bien el fundador del cristianismo nació judío, la religión que dio al mundo occidental difiere radicalmente de las enseñanzas judaicas.
La Iglesia considera que el celibato es el estilo más sagrado y más prístino que el hombre puede alcanzar. Si la carne es tan débil que el hombre debe contraer matrimonio, lo que más le conviene es ejercer la mayor moderación posible. Todo placer derivado de esta unión carnal es, según la Iglesia, malo y pecaminoso.
Las enseñanzas judaicas no tienen nada en común con esta opinión. Según la Torá, la relación íntima entre marido y mujer es hermosa. En hebreo, la ceremonia de bodas lleva el nombre de kidushín, palabra cuya raíz es kadosh, que significa santo. Según la ley judía, el hombre judío debe contraer matrimonio. Si bien no existe una ley que estipule lo propio respecto de la mujer, es meritorio que lo haga. En el contrato matrimonial está estipulado que su esposo debe satisfacer sus necesidades sexuales. El placer sexual de la mujer no constituye un tabú, sino su derecho dentro del matrimonio. De hecho, existen leyes concretas que detallan y garantizan este privilegio. Habida cuenta de que la unión entre marido y mujer es tan sagrada, un momento especialmente propicio para que ésta se consuma es el sagrado Shabat y la mayoría de los Iamím Tovím —festividades—. El pueblo judío celebra las distintas Festividades con gran regocijo. Esto incluye no sólo el goce de comidas abundantes y sabrosas, no sólo los cantos, bailes y brindis de lejáim no también la expresión física del amor entre marido y mujer.

Una diferencia interesante entre la actitud corriente de la Iglesia respecto de la mujer y el sexo y la perspectiva judía se pone de manifiesto en el estudio etimológico de los nombres del primer hombre y la primera mujer (que poblaron la tierra). El nombre hebreo “Adám” se mantiene en la traducción de la Biblia que la Iglesia utiliza hasta el día de hoy (versión de King James). El primer hombre fue llamado “Adám” porque fue creado de la adamá, palabra hebrea que corresponde a tierra o suelo. Sin embargo, el nombre “Eva” no tiene conexión alguna con el nombre hebreo original “Javá”. “Eva” se deriva del término oeff, palabra que en inglés antiguo significa mal. Esto tiene su origen en el dogma de la Iglesia de que la mujer es la seductora y la causa de la caída de la humanidad. Parte de este concepto es que el hombre nace en el pecado, como resultado de la unión entre el hombre y la mujer. El acto mismo que produce la vida se considera pecaminoso.
En contraposición, el nombre hebreo “Javá” fue dado a la primera mujer por cuanto ella está relacionada con jai, que literalmente significa “vida”. Dio vida a toda la humanidad, en cumplimiento del Mandamiento Divino: “Sed fructíferos y multiplicaos”. La perspectiva hermosa y romántica del matrimonio que es tan básica y fundamental al judaísmo ha sido deformada y distorsionada mediante rótulos tales como el de la moralidad “judeo-cristiana”. Es evidente que tan moralidad no existe, por cuanto en realidad se trata de dos filosofías radicalmente distintas que se contradicen por completo.

Dos decenios de revolución
La revolución sexual de los decenios de 1960 y de 1970 fue, y es, una revolución en contra de la moralidad cuyo dogma enseña que la relación íntima entre el hombre y la mujer es “corrupta”, “mala”, “repugnante”, “vergonzosa”’. Como reacción en contra de la represión por la Iglesia de este impulso humano básico, “amor” se convirtió en una palabra popular. Todo recibió esta denominación, incluso el vacío hueco de un acto meramente físico sin expresión emocional alguna. El amor fue sacado del contexto sagrado que le correspondía originalmente, del ámbito íntimo y sagrado de dos personas consagradas espiritual, emocional e intelectualmente entre sí. De acuerdo con el Plan Divino la unión física tenía como propósito ser una expresión de amor en todos estos niveles y con todas las facultades del ser. Ha sido crudamente explotada y despojada de su alma. El pensamiento occidental, según se expresa en nuestra “cultura sofisticada”, en novelas, obras de teatro, programas de televisión y revistas, ha pervertido sus cualidades generadoras de vida y se ha mofado de la dignidad humana que originalmente debía tener.
En la revolución contra los dogmas de la Iglesia, toda pasión o capricho sexuales se convirtieron en factor dominante, y prevalecieron en todas las esferas de la vida. Los matrimonios se contrajeron y deshicieron en función de este factor; se justificaron en nombre de éste las relaciones prematrimoniales y extramatrimoniales, los matrimonios grupales y la homosexualidad. Menoscabó la sagrada belleza y poesía de los que el Creador del Universo dotó al hombre y la mujer. Se propagó la suposición general de que, habida cuenta de que la Iglesia fomentaba la abstinencia total, una revolución en contra de esta restricción antinatural sería indulgencia indiscriminada.

Estabilidad en el matrimonio

Al comenzar el decenio de 1980, cambia nuevamente el panorama. Un mayor número de personas procura hallar una relación duradera, caracterizada por la dedicación y el sentido de responsabilidad. Actualmente muchas personas ansían la estabilidad emocional en una relación. Esto lleva a un mayor número de matrimonios, y a matrimonios fieles.
La Torá eterna enseña que la santidad de la relación física entre el hombre judío y la mujer judía únicamente existe dentro del matrimonio y únicamente en el marco de las leyes de Taharat Hamishpajá. Todo lo demás es asur (no permitido).
¿Por qué habría una mujer de negarse y rechazar el encuentro con aquéllo que en realidad es su dimensión intrínseca y de potencial de vida? ¿Por qué habría una mujer judía de privarse de las cualidades especiales de santidad que existen en una relación que se vive de acuerdo con la Torá? Los valores contemporáneos nos llevan a profanar la relación entre el hombre y la mujer. Así como invasores extranjeros invadieron la cámara del Santo de los Santos del Templo de Jerusalem hace dos mil años, y destruyeron y profanaron todo lo que hallaron, del mismo modo la santidad de nuestros cuerpos judíos se ve hoy amenazada por extranjeros. ¡No debemos aceptar pasivamente nuestra propia destrucción espiritual! Como un reino de reyes y de sacerdotes, dotado de infinitas posibilidades de crecer y alcanzar alturas espirituales, tenemos el derecho de ansiar alcanzar el escalón espiritual más alto. ¿Por qué hemos de permitir que se nos impida alcanzar tal logro?
¿Por qué hemos de buscar en una cultura extranjera nuestros valores? ¡Las culturas occidental y oriental son ajenas a nosotros! La Torá nos ha legado un patrimonio eterno de valores que son tan hermosos, tan intensos, tan sensibles y tan sabios. ¿Cómo podemos entonces buscar en otras partes y dar la espalda a lo que en realidad es la Voluntad Divina, y a lo que es nuestro especial regalo del Creador del Universo? Tal es la terrible ironía del judío en que busca una vida significativa en todas partes menos en aquélla en que se hallan las respuestas.

Conclusión

Lo que tenemos en la civilización occidental contemporánea es la distorsión y tergiversación totales de la perspectiva judía acerca de la relación física entre el hombre y la mujer. Nuestros valores no son los de los dogmas de la Iglesia, que considera que la expresión física del amor es mala y vergonzosa. La Sabiduría Divina de la Tora enseña que el hombre y la mujer deben contraer matrimonio y en el marco de su matrimonio ser fieles entre sí, y crecer y vivir en armonía, felicidad y satisfacción. Las leyes de la mikvá permiten que el aspecto romántico del matrimonio prospere. La Tora reconoce las necesidades sexuales del hombre y de la mujer como un impulso innato que se sublima mediante las leyes de Taharat Hamishpajá. El amor entre el hombre y la mujer tiene un potencial inifinito de santidad cuando se desarrolla de acuerdo con la Tora. En lugar de profanar insensiblemente la santidad del cuerpo, se nos muestra muy concreta y claramente el modo de elevar nuestras necesidades y deseos físicos a una esfera sagrada. De este modo nos sentimos satisfechos no sólo física sino espirituahnente también, y no sólo durante un mes o un año, sino para siempre.

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