Reclamemos intimidad, recato y sexualidad

Falta intimidad, la capacidad de compartir nuestra morada, ese lugar privado que existe dentro de cada uno de nosotros, y que es personal, sagrado y profundo…

Había una vez un hombre rico que tenía una costumbre interesante. Su casa estaba siempre abierta, e invitaba a los pobres del pueblo a comer con él. Hacía sonar una pequeña campana de cristal y un sirviente hacía su aparición trayendo comida, y todos compartían una buena comida. Al finalizar cada comida, exhibía su más fina platería y vajilla e invitaba a cada huésped a elegir de entre éstas un regalo para llevar consigo a su casa.
Un día un hombre pobre de un pueblo vecino recibió una invitación para asistir a la casa del hombre rico. Cuando llegó el momento de hacer su pedido, no eligió algo sencillo como una copa o una jarra para vino. En lugar de eso, pidió la campanilla de cristal.
El hombre rico sintió que era un extraño pedido, y que no era algo demasiado útil para un hombre pobre que no tenía servidumbre. Con todo, dio a su huésped lo que éste solicitó.
El hombre pobre regresó a su pueblo, y el día siguiente invitó a todos sus vecinos a un banquete en su casa. Preparó dos largas mesas de madera, y se sentó a aguardar a sus huéspedes con gran expectativa. Los huéspedes llegaron, ansiosos por saber cómo podía ser que un hombre tan pobre pudiera alimentar a tanta gente. Cuando llegó la última persona, el hombre pobre extrajo la campanilla de cristal de su bolsillo y la hizo sonar ceremoniosamente.
Todos aguardaron. Nada sucedió. La hizo sonar nuevamente. Tampoco ocurrió nada. La hizo sonar fuertemente y con insistencia. Pero no apareció sirviente alguno, ni bandejas con comida, nada.
El hombre pobre se sintió humillado. Rojo de indignación, abandonó a sus perplejos invitados y se apresuró a volver a la casa del hombre rico.
“¡Me engañaste!”, gritó. “Me cambiaste las campanas. No me diste tu campana
“Por supuesto que lo hice”, dijo el hombre rico. “Te di exactamente la misma campana que utilicé ayer para llamar a mis sirvientes”.
El hombre pobre estaba lívido de rabia:
“¿Entonces, por qué”, demandó, “no apareció nadie cuando hice sonar la campana?”
En nuestras relaciones somos como el hombre pobre. Hacemos sonar la campana, pero nada sucede. Entonces nos preguntamos: “¿Quién nos cambió la campana?”
El matrimonio solía ser tan simple: cuando un hombre y una mujer se casaban, hacían sonar la campana y ésta funcionaba. Dos personas se conocían, y si se agradaban, se casaban. Una vez que lo hacían, así continuaban, casados. Nuestros abuelos lo hicieron, nuestros bisabuelos lo hicieron, incluso gente que no era demasiado inteligente lo ha hecho, y funcionaba. Toda clase de gente solía casarse, los matrimonios eran cálidos e íntimos, y perduraban. ¡Obviamente, no requería mucho talento lograr un matrimonio exitoso!
Pero hoy en día, cuando hacemos sonar la campana del matrimonio, ésta no funciona como debería. En algún lugar del camino cometimos el error de suponer que una relación tan maravillosa se daba automáticamente. Lo dimos por supuesto. Después de todo, la gente ha estado haciéndolo durante por lo menos cinco mil años. Si ellos pudieron hacerlo, nosotros también deberíamos poder hacerlo. De modo que nos casamos. Y aguardamos a que lleguen la calidez y la intimidad.
Pero nada sucede. ¿Por qué no funciona? ¿Qué es lo que falta?
Falta intimidad, la capacidad de compartir nuestra morada, ese lugar privado que existe dentro de cada uno de nosotros, y que es personal, sagrado y profundo. Cuando hay una violación del lugar privado, por cualquier motivo, nuestra relación se torna impersonal, profana y superficial.
Hasta hace relativamente poco tiempo, todos sabían qué cosa era un tema íntimo. Era privado, personal, y no estaba abierto al público. Si alguien hacía el intento de hablar acerca de sentimientos íntimos en una conversación, todos se sonrojaban y se abandonaba el tema. La gente comprendía sus fronteras, sabían por instinto dónde detenerse. Pero hoy en día hablamos y hablamos de nuestra necesidad de intimidad, nuestra falta de intimidad, nuestra crisis de intimidad.., y no tenemos la más vaga idea de qué es lo que estamos diciendo.
A veces la falta de intimidad en nuestras vidas se manifiesta como una falta de profundidad en nuestras rela
ha hecho, y funcionaba. Toda clase de gente solía casarse, los matrimonios eran cálidos e íntimos, y perduraban. ¡Obviamente, no requería mucho talento lograr un matrimonio exitoso!
Pero hoy en día, cuando hacemos sonar la campana del matrimonio, ésta no funciona como debería. En algún lugar del camino cometimos el error de suponer que una relación tan maravillosa se daba automáticamente. Lo dimos por supuesto. Después de todo, la gente ha estado haciéndolo durante por lo menos cinco mil años. Si ellos pudieron hacerlo, nosotros también deberíamos poder hacerlo. De modo que nos casamos. Y aguardamos a que lleguen la calidez y la intimidad.
Pero nada sucede. ¿Por qué no funciona? ¿Qué es lo que falta?
Falta intimidad, la capacidad de compartir nuestra morada, ese lugar privado que existe dentro de cada uno de nosotros, y que es personal, sagrado y profundo. Cuando hay una violación del lugar privado, por cualquier motivo, nuestra relación se torna impersonal, profana y superficial.
Hasta hace relativamente poco tiempo, todos sabían qué cosa era un tema íntimo. Era privado, personal, y no estaba abierto al público. Si alguien hacía el intento de hablar acerca de sentimientos íntimos en una conversación, todos se sonrojaban y se abandonaba el tema. La gente comprendía sus fronteras, sabían por instinto dónde detenerse. Pero hoy en día hablamos y hablamos de nuestra necesidad de intimidad, nuestra falta de intimidad, nuestra crisis de intimidad.., y no tenemos la más vaga idea de qué es lo que estamos diciendo.
A veces la falta de intimidad en nuestras vidas se manifiesta como una falta de profundidad en nuestras relaciones. Tenemos amistades, casamientos, hijos… y en la superficie esas relaciones están bien. Todos los detalles necesarios están allí. Sabemos qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y mantenemos nuestras relaciones con buenas intenciones. Sin embargo, les falta pasión, compromiso, el profundo sentimiento de las vidas compartidas que caracterizaba a las generaciones pasadas. Todo parece un tanto chato. La chatura es la ausencia de la capacidad de intimar.
En una oportunidad un niño regresó de la escuela y preguntó a su padre: “¿Por qué Di-s nos creó con una nariz y una boca, pero con dos ojos?”
Su padre lo meditó, y un momento después dijo al niño:
“Di-s nos dio dos ojos, uno derecho y uno izquierdo. Con el ojo derecho miramos a nuestros amigos; con el ojo izquierdo miramos las confituras”.
El muchachito hacía una pregunta honesta y merecía una respuesta honesta. Decir que poseemos un ojo con el que miramos a nuestros amigos y otro ojo para mirar confituras, no parece responder a la pregunta. Pero ci niño entendió la respuesta de su padre y quedó satisfecho.
Observémoslo en detalle. ¿ Qué sucedería si tuviéramos un único ojo? Podríamos percibir la altura y el ancho, pero no la profundidad. Todo se vería un tanto plano.
Vemos en tres dimensiones debido a que poseemos dos ojos. Con dos ojos, podemos percibir la superficie y la profundidad, lo cercano y lo lejano.
De modo que lo que el padre dijo a su hijo no estaba fuera de tema’ era la verdadera respuesta a la pregunta. Enunció la respuesta con simpleza, a fin de que el niño pudiese comprender. La razón por la que tenemos dos ojos es para discernir la diferencia entre superficial y profundo.
La capacidad de ir más allá de la superficie, de tener profundidad en nuestras vidas, de vivir en la riqueza de tres dimensiones, probablemente sea el último desafío que enfrenta nuestra generación. Pero en lugar de aceptar el desafío, nos rendimos sin luchar.
En los días de antaño, una pareja debía tener problemas muy severos para divorciarse. Al haber perdido el afecto que sentían por el otro, se veían consumidos por el odio y la fricción. Debían divorciarse. No tenían elección. Hoy en día nos encontramos con divorci

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