Mi media naranja

Esa noche conocí a mi media alma y desde ese momento somos uno. Juntos comenzamos a transitar un camino, a descubrir juntos un regalo… nuestro judaísmo.


Una experiencia increíble que me cambió la vida: por haber tenido la oportunidad de viajar, por haber conocido mis raíces, mi historia, que sin duda marcó en mi un antes y un después.
Darme cuenta de lo ínfimo que sabía sobre la historia del Pueblo Judío fue muy fuerte. En varias ocasiones, me sentí avergonzada de mi falta de conocimiento de aspectos básicos en cuanto a judaísmo.

Mi educación judía había sido bastante acotada. No había ido a escuela Judía, pero iba a los grupos de los sábados y los viernes iba al templo con mi abuela. Luego nos reuníamos todos a cenar en su casa. Cuando ella falleció mi pequeño judaísmo se fue con ella y mis visitas al templo quedaron como un recuerdo.

Al poco tiempo me fui a vivir a una ciudad al sur de Argentina. Durante mis años de adolescencia en esa ciudad tuve un lindo grupo de amigos de la pequeña comunidad judía, que gracias a D-os aún conservo. Tenía allí un marco social importante, donde era madrijá, pero no tenía ni la menor idea de lo que eran elementos tradicionales judíos como la Menorá o que el famoso “Muro de los lamentos” era parte de lo que fue el Beit Hamikdash ¿Qué era eso?…

Lo supe cuando tuve la oportunidad de estar en la Ciudad Vieja de Jerusalém, en dónde no se por qué, no pude parar de llorar. Una mezcla de sentimientos, de alegrías y congojas. Era inexplicable la energía que se respiraba en ese lugar Sagrado.
Como es la costumbre, coloque allí un papelito con los deseos que tenía acumulados en mi vida. Entre mis pedidos, la prioridad eran la salud y bienestar de todos mis seres queridos, la paz y bondad en el mundo, y como un deseo personal que encontrara mi media alma y que pudiéramos formar juntos un cálido Hogar Judío (aunque aún no sabía nada de Torá y sus enseñanzas)…

Con mi valija llena de sensaciones, experiencias vividas e incertidumbres sobre el futuro volví a Buenos Aires y me reencontré con la desconcertante situación –la crisis económica del 2002 en Argentina- que había dejado en el aeropuerto meses atrás.
Antes de irme a Israel me había recibido. Había dejado mi trabajo y había terminado un noviazgo, tras tomar la decisión y asumir que no era mi media alma que tanto añoraba.
No había nada que me atara a quedarme, ni siquiera el vivir en una gran ciudad.
Todas las personas que me rodeaban estaban planeando dejar la Argentina luego de todas las decepciones que esta situación del país nos había ocasionado en esos turbulentos momentos.

No podía dejar de pensar como sería mi vida en Israel. Considerar una y otra vez la posibilidad de hacer Aliá. Pero la sola idea de despedirme de mis afectos me daba fobia. Estaba muy confundida y no sabía que hacer, como recomenzar con mi vida, que estaba desarmada como un rompecabezas. Sabía que tenía que tomar la decisión de irme o quedarme y eso me angustiaba mucho.

En Tierra Santa, mis tíos de Netania me habían regalado, cuando los visité una Mezuzá que por un tiempo no coloqué. Vivía sola y no tenía Mezuzá. Después de varios días la coloqué, aunque en ese momento no fui muy consciente de eso: mi vida comenzó a girar, ese rompecabezas comenzó a armarse…

Con la necesidad de retornar a mis raíces, de conectarme más a ellas, comencé a participar de toda actividad judaica que había. Quería saber hebreo, historia, Torá, reunirme con gente judía y participar activamente de la comunidad… Estaba en una búsqueda, estaba buscándome…
Mientras tanto, tenía que resolver si me quedaba o si me iba, si buscaba trabajo o si hacía las valijas. Estaba con un pie en Israel y el otro en Buenos Aires.
Una muy calurosa tarde (marzo del 2003) venía de una reunión por una posibilidad de viaje al exterior. Cuando iba para mi casa, recordé que había una actividad para jóvenes judíos… Estaba en la esquina de mi departamento, tenía dos opciones: o subir a merendar y darme una ducha, o tomarme el subte para ir a una actividad poco atractiva, en la que no conocía a nadie, salvo unas amigas de una pariente lejana que había conocido días atrás… Decidí obviamente subir a casa, pero me dirigí directo al subte como si me guiarán a mi destino… Nunca había ido sola a una actividad y verdaderamente no tengo idea que fui yo a hacer allá… ¡Ahora si lo sé!
Por una hora no dejé de preguntarme que hacía allá. Estaba sola, incómoda, aburrida y la actividad no empezaba, cuando finalmente dije: – ¡Me voy! Cerca de la puerta me encontré con unas chicas que conocía, así que me quedé con ellas…
Allí fue cuando él se acercó –después me di cuenta que fueron un par de veces-. Colaboraba con la organización y con la excusa de preguntarnos si habíamos completado un formulario se aproximó de a poco…
Cuando se fue una de las chicas me dice: Ese chico no esta interesado precisamente en el formulario… en ese momento no entendí mucho lo que me había querido decir (Ahora si)…
La actividad continuaba y ya me quería ir. Una de las chicas del grupo me ofrece llevarme a casa y me dice que la espere en la puerta que iba a buscar su abrigo.
Me fui a la puerta, me apoye en la pared y ahí este chico se acercó nuevamente y nos pusimos a hablar… teníamos mucho, demasiado en común…
Ahora, después de casi tres años juntos, entiendo que Di-s decidió que ese día nos encontremos. Dos vidas tan diferentes y tan iguales a la vez. Él había llegado hacía pocos días a Buenos Aires en busca del judaísmo que no podía acceder en su ciudad del norte donde nació. También había llegado de un viaje a Israel en la misma fecha que yo había estado. Y ambos compartíamos el sentimiento de querer reconectarnos con nuestra historia, con nuestro pasado y con nuestro futuro…

Por como nos conocimos – no cabe duda – que el mundo conspiró para que esto ocurriera, ya que no era natural que fuera a esa actividad. Ni que me quedara, ni que mi compañera tenga que buscar su abrigo… Unos años antes hubiera dicho que todo fue “casualidad”, hoy sin duda sé que es “causalidad”… Que Di-s nos tenía preparado este encuentro, aquí en el centro entre el norte y el sur…

Esa noche conocí a mi media alma. Desde ese día somos uno. Juntos comenzamos a transitar un camino, a descubrir juntos un regalo… nuestro judaísmo.

Como un proyecto en común, decidimos comenzar a estudiar en Maianot, en el Centro para la Juventud de Jabad de Pasaje El Lazo, y así empezamos a crecer en conocimientos y práctica de Torá y Mitzvot, a hacer a Di-s parte de nuestra pareja y luego de nuestra familia. Fuimos creciendo de a poquito, a paso firme, y juntos. Cuando uno flaqueaba estaba el otro para dar fuerzas y reafirmar.

¡Sin duda todo esto nos unió más y mejor, y esto lo consolidamos hace ya más de un año, en nuestra Jupá (palio nupcial), el momento más importante de nuestras vidas, en la cual todo fue tal como Di-s quiere y con Él como invitado de honor… Todo lo que la decisión de hacer nuestra Jupá de esta manera nos movilizó a nosotros y a nuestro entorno realmente merecería un capítulo aparte!…

Así, ese sueño de construir un hogar judío y de continuar con esa chispa que mi abuela encendió en mi corazón, se está convirtiendo en realidad…

Esta conexión empezó cuando recé en el Kotel y cuando al regresar puse la Mezuzá, que desde ese momento protege nuestro hogar.
Di-s no deja de darnos bendiciones, pero sin duda la más grande que me ha dado fue la de encontrar dos tesoros que si Di-s quiere me acompañarán toda la vida:
Por un lado mi esencia, mi identidad, mis raíces, mi historia…
y por otro mi futuro, mi compañero de ruta, mi amor, mi media alma…

En estos días, recordando ese viaje, llegamos a la conclusión que el mismo día que yo estaba en el Kotel y le pedía a Di-s que encontrara a mi media alma, él del otro lado, estaba pidiendo lo mismo…

Por Cinthia Rozenblum con la colaboración de Matías Mondschein

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario