La Cábala del matrimonio

El matrimonio es un concepto bastante bizarro; tiene que haber sido idea de Di-s. ¿A quién sino, se le hubiera ocurrido un plan tan absurdo, en el que se unen dos opuestos debajo de un mismo techo compartiendo una misma vida? ¿Y quién otro podía haber inventado una institución tan hermosa y poderosa como lo es el matrimonio? Es extraño, pero funciona.

Es precisamente lo ilógico del matrimonio lo que lo convierte en una experiencia imperdible.

Uno de los aspectos más excitantes del matrimonio es el descubrimiento de las profundas diferencias entre hombre y mujer y lograr aprender como éstas se complementan. Estas desigualdades no son solo biológicas. En todos los niveles de nuestro ser, intelectual, emocional, psicológico y espiritual, hombres y mujeres parecen provenientes de planetas diferentes.

No es necesario estar casado para darse cuenta de esto. Podemos observarlo en nuestros padres, hermanos y amigos. Pero sólo durante el matrimonio es cuando comenzamos a apreciar y a disfrutar estas diferencias. Aquello que te causaba gracia en tu hermana pequeña, tal vez amas ahora en tu esposa, las cosas que convertían a tu hermano en un mocoso detestable, ahora transforman a tu marido en el hombre que amas.

Pero debemos preguntarnos: ¿Qué es lo que nos diferencia? ¿Es sólo una condición social lo que convierte al hombre en hombre y a la mujer en mujer, o acaso es una cuestión de nacimiento? ¿Es la masculinidad una hormona, un sentimiento, o el modo en el que han sido educados? ¿Acaso las mujeres son entrenadas para comportarse de manera femenina o es un sentido innato dentro de ellas?

Existen muchas teorías referentes a las diferencias entre los sexos. En los trabajos de Mística Judía o Cábala, esto es tratado extensamente. La Cabalá nos trae un acercamiento hacia este tema que es realmente único y revolucionario.

Nos explica que la fuente de la identidad sea tanto femenina o masculina está más allá de la naturaleza o la crianza. Tiene que ver con nuestra mismísima alma. Las raíces espirituales del hombre y la mujer son completamente diferentes, esto es lo que hace que sean dos seres tan distintos.

En términos cabalísticos el alma del hombre proviene del mundo Divino de la “trascendencia” y el de la mujer proviene del mundo Divino de la “inmanencia”. La “trascendencia” es la cualidad Divina de estar más allá mientras que, “inmanencia” es la cualidad Divina de estar presente. Estos son los dos aspectos espirituales de lo masculino y femenino los cuales se representan, aquí en los planos humanos, como hombre y mujer.

Aunque cada individuo es único y no podemos incluir a todos dentro de una única definición, podríamos decir, en un sentido general, que hay una distinción entre las posturas espirituales de lo masculino y lo femenino. Sus diversas fuentes espirituales se traducen en dos personas muy diferentes. Podría, tal vez expresarse del siguiente modo:

Los hombres poseen un espíritu más distante o apartado; ellos están preparados para darle la dirección a la relación.

Las mujeres poseen espíritus más comprometidos; ellas poseen la capacidad de traerle vivencia al matrimonio.

Esto se ve claramente cuando analizamos y contraponemos las respectivas naturalezas del hombre y la mujer. Hay ciertas situaciones en las cuales este contraste se hace más obvio y exagerado. Veamos algunos ejemplos:

Durante los preparativos para el casamiento, Jana se quejaba de que Eli no parecía tan entusiasmado. Cuando tenían que elegir el menú, Eli le decía a Jana que ella tomara las decisiones, a él le daba lo mismo si la ensalada llevaba aderezo italiano o francés. La gama de colores de la fiesta eran elegidos todos por Jana; ella había seleccionado el malva, (color que él ni siquiera conocía). Jana corría para ver como iban las invitaciones, mientras que Eli ni se molestaba en mirarlas. Cuando ella le mostró las invitaciones, él ni siquiera se dio cuenta que sus nombres estaban escritos como marca de agua caligráficamente. Cualquier comentario sobre el casamiento hacía que ella se llenara de entusiasmo, mientras que él aún no se había comprado el traje.

Eli no lo puede evitar. No quiere decir que el no está emocionado, sencillamente esa es su manera de ser. Eli es un hombre. El está entusiasmado con su casamiento, pero para él este evento no tiene nada que ver con el menú o la decoración. Es el evento en si mismo lo que tiene trascendencia, no sus pormenores. Pero para Jana, el evento se construye con cada detalle. Ella estampará su personalidad en cada cosa. Ella está comprometida, él distante.

Otro ejemplo: Adam y Lisa acaban de concurrir a una conferencia de autoayuda. El conferencista estuvo una hora y media sugiriendo diferentes estrategias para mejorar la vida de la persona. Lisa está emocionada, inspirada y lista para implementar grandes cambios en su vida. Adam todavía se está preguntando cuanto cobra el conferencista por cada aparición. Cuando le preguntan qué le pareció la conferencia, él responde con palabras como “interesante”, “bien presentada”, “entretenida”, todos comentarios impersonales y distantes. No sabemos si Lisa hará o no algún cambio en su vida, pero ella decididamente meditará sobre las estrategias propuestas. Para Adam, las ideas eran buenas, pero le llevará un largo tiempo darse cuenta que las puede aplicar a su vida. Adam se encuentra distante. Lisa comprometida.

Ron y Tamy están leyendo este artículo. Por la expresión de su rostro se puede ver exactamente lo que ella está sintiendo: está enfurecida. ¡Yo no encajo en ninguno de estas generalizaciones y conceptos universales! Luego de leer tres párrafos ella se va “No puedo leer esta basura”, dice. Roni, sin prestar atención a su arrebato, sigue leyendo el artículo. Su rostro está casi duro, la única reacción que ofrece es un leve movimiento en sus cejas. Termina el artículo, sin siquiera darse cuenta que habla sobre él y sigue leyendo las publicidades. El estará o no de acuerdo con los conceptos planteados. Habrá que preguntarle qué opina. Ron se encuentra distante, Tamy comprometida.

¡Tamy tiene razón! No todos encajamos exactamente dentro de estos moldes. De hecho, todos poseemos características de ambos sexos, tanto femeninas como masculinas. Pero de manera general lo masculino es distante y apartado. Lo femenino comprometido e abarcado.

No hay nada negativo en estas dos actitudes. Cada una posee sus ventajas y desventajas. En ocasiones es bueno ser distante. Cuando se trata de ver las cosas dentro de un contexto o juzgar alguna situación, la distancia y la objetividad son fundamentales. Las cosas se pueden ver realmente como son cuando uno se mantiene fuera de ellas, una vez que estás involucrado, dejas de observar la imagen general. Esta es la fortaleza de lo masculino, la distancia que le permite mantener la objetividad.

Pero la objetividad tiene también sus desventajas. No llegas a ningún lado si siempre te mantienes como un espectador de la vida. Para ser una persona real y con vida debes involucrarte, y para esto necesitas bajar del mundo de la teoría y sumergirte en cada momento. Aquí es donde el elemento femenino comienza a actuar. Es el sentido de participación e implicancia lo que le da color y personalidad a la vida. Es la mujer quien hace que la vida sea real y vibrante, quien transforma lo analítico en lo experimental, quien va de la teoría a la práctica.

El matrimonio es la mejor sociedad que existe entre los mundos de inmanencia y trascendencia. Mientras que cada integrante aprenda a compartir su perspectiva exclusiva, apreciando y conectándose con su paralelo, marido y mujer se convertirán en un balance perfecto donde los dos universos se complementarán. El hombre guiará a la mujer, y la mujer llevará al hombre. El hombre aporta perspectiva, la mujer vivencia. Uno sin el otro no son más que una imagen incompleta. Juntos, conformarán una unidad que poseerá lo mejor de los dos.

Con las definiciones anteriores del hombre y la mujer logramos entender dos tradiciones judías ancestrales. En los días previos al casamiento, es costumbre en la Sinagoga hacer subir al novio para la lectura de la Torá, mientras que la novia se sumerge en la Mikve. Viéndolo desde afuera parecerían dos actividades completamente distintas. Recitar bendiciones sobre los Rollos Bíblicos y sumergirse en un baño ritual son dos costumbres que parecieran tener poco que ver. ¿Por qué son tan distintas las prácticas para el hombre y para la mujer?

Una respuesta es tal vez, que estos actos son para el novio y la novia un modo de conectarse con sus respectivas fuentes espirituales, para enfatizar y cultivar las características únicas que cada parte aportará al futuro matrimonio. El hombre le brindará a la pareja dirección y la estabilidad, y por esto se conecta con la máxima fuente de estabilidad y dirección: La Torá. La mujer traerá emoción y vitalidad a la unión, por eso ella se sumergirá en las aguas de la vida. El de él, es un acto “teórico”, la lectura. El de ella es un acto de total entrega, una inmersión. El se conecta con la fuente de la trascendencia, ella con la fuente de la inmanencia.

No es una proeza sencilla unir al hombre y a la mujer, dos opuestos tan diferentes como el cielo y la tierra, el corazón y la mente, la teoría y la práctica. Nos preparamos para esto ahondando primero dentro de nuestra respectiva fuente espiritual, leyendo palabras de Torá y sumergiéndonos en la Mikve. Durante la jupá, un manto de luces Divinas funde nuestras almas y las convierte en una. Luego del casamiento, tendremos toda una vida para aprender como trabajar juntos para descubrir la maravilla y belleza de lograr que dos mundos se conviertan en uno.

Es una idea bastante salvaje pero también hermosa.

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