El verdadero “amor”

“Conocí algunas parejas interesantes…” Dos simpatiquísimos relatos del Rabino Twersky, de su libro “De generación en generación”

No existía el cortejeo. Con frecuencia, los novios se conocían durante la ceremonia de bodas.
Curiosamente, o tal vez no tan curiosamente, la mayoría de estos matrimonios resultaban. En primer lugar, este método eliminaba la influencia falsa y equívoca del amor obsesivo, caracterizado por la pasión que lleva a la gente a pasar por alto incompatibilidades obvias. Los padres que conocían bien a sus hijos y que los querían sinceramente, estaban en condiciones de hacer la elección libres de la influencia de la atracción física.
La gente se casaba con miembros de su misma fe y generalmente dentro de su mismo grupo socioeconómico.
Se eliminaban así muchas fuentes de conflicto.

En segundo lugar, se partía del supuesto de que el objetivo primario y fundamental del matrimonio era la procreación y la formación de una familia. La pasión y el romance al estilo de Hollywood como los rasgos principales de una relación entre un hombre y una mujer no entraban en el cuadro. Este tipo de propósito y objetivo indudablemente permitían a los muchachos y a las muchachas jóvenes conocerse y ajustarse mutuamente en una relación perdurable. El conocimiento de que uno compartirla su vida con el otro, llevaba a la búsqueda y al descubrimiento en el otro de cosas que harían la vida placentera y permitían al matrimonio alcanzar su objetivo.

Sin embargo, este sistema dio lugar a algunas parejas extrañas. Benzy y Esther eran una pareja que celebró sus sesenta y cinco años de casados. No creo que haya pasado un solo día sin que Esther insultase a Benzy de arriba a abajo. Si se quedaba sin maldiciones en su repertorio, inventaba algunas nuevas. Sin embargo, juntos disfrutaron de muchos hijos, nietos, y biznietos.
Esther se había propuesto el objetivo de recitar la kedushá (la glorificación de Di-s por los ángeles) una vez por día por cada nieto. Esto era un invento de Esther.

Esther y Benzy vivían en Chicago, y en la década de 1930, el barrio judío de Chicago tenía numerosos shtibalaj. En cada uno de ellos, que estaban situados dentro de un radio de unas pocas cuadras, había numerosos minianím (grupo de diez hombres, reunidos para realizar la oración pública), cuyos servicios comenzaban al despuntar el alba y continuaban hasta bien entrada la mañana. Corriendo de un shtibl a otro, para alcanzar cada minián cuando recitaba la kedushá, Esther llegaba a recitar más de treinta kedushas por día.
Esther era una mujer de muy pequeña estatura y regordeta, casi tan ancha como alta. Era un espectáculo ver su figura menuda corriendo de un shtibl a otro para cumplir con su cuota de treinta y tantas kedusha por día.
Podría suponerse que el hecho de que Esther insultase a Benzy de la noche a la mañana bastaba para que sus vidas distaran mucho de ser dichosas. ¿Por qué entonces continuaban casados después de sesenta y cinco años? ¿Por qué no se divorciaban?
¿Por qué no vuelan los elefantes? Sencillamente porque no. La pregunta es absurda. También lo es la pregunta sobre el divorcio de Esther y Benzy. Aunque la ley judía permite el divorcio, simplemente no se hacia. Por lo menos no se hacía por razones consideradas insignificantes, como no “gustar” el uno del otro.

Pero tal vez haya otra razón, más allá de la desaprobación social del divorcio. El enojo y la amargura son incompatibles con la gratitud. Estas emociones no pueden coexistir en la misma persona. Esther estaba demasiado ocupada corriendo de un lado a otro, diciendo kedushas, y expresando su gratitud a Di-s por darle hijos y nietos hermosos y sanos, como para albergar sentimientos antitéticos de hostilidad.
Actualmente veo algunas personas que contraen un matrimonio tras – otro, decepcionados y desilusionados por sus relaciones anteriores, en busca de la felicidad y el amor, y aparentemente sin hallarlo. Tal vez hicieran mejor en correr de un lado a otro en busca de kedushas .

Papá me contó sobre cómo se gestó un matrimonio en particular cuando dos de nuestras primas lejanas que estaban embarazadas al mismo tiempo decidieron que si una tenía un varón y la otra una niña, celebrarían un contrato de matrimonio.
La niña nació primero. Varias semanas después llegó un telegrama: “Mazel Tov! ¡Nació el Jatán (novio)!”.
La boda se celebró varios años más tarde Sin embargo, en tanto la joven era sumamente inteligente, el muchacho, pese a ser un esforzado bajur ieshivá (estudiante de leshivá), era algo estólido. Los estudios cursados lo calificaron para la smijá (ordenación) y fue nombrado rabino de una respetable comunidad judía.
La esposa se había reconciliado con la idea del matrimonio, pues básicamente no quedaba otra alternativa. Sabía que para ser un buen rabino se necesitaba algo más que conocimientos académicos, y que a su esposo eso le faltaba. Quería ayudarlo, pero sabía que toda ayuda o intervención directa en sus deberes rabínicos por su parte seria humillante y rebajaría el sentimiento de su propio valor. Por eso, ejerció el mayor cuidado y sutileza en la forma de ayudarlo.

Por ejemplo, le sugirió que nunca se apresurase a emitir una decisión en casos de controversia. “Date la oportunidad de dormir antes de tomar una decisión. Es increíble como pueden aclarar las cosas un poco de tiempo y la reflexión libre de presiones
La mayoría de los judíos observantes presentaban sus controversias comerciales a un tribunal rabínico en lugar de hacerlo ante el poder judicial.
Cuando se presentaba un caso ante el Rabino, su esposa se paraba delante de la puerta de su estudio y escuchaba lo que se decía.
Esa noche, durante la cena, decía: “Escuché un tumulto en tu estudio hoy. Espero que no te moleste mi curiosidad, pero estas cosas me fascinan. ¿De qué se trata?”.
Entonces el Rabino respondía: “Bronstein y Goldman tienen un problema. Tuvieron una empresa textil en sociedad varios años y ahora están enredados en reclamaciones contradictorias sobre qué parte le corresponde a cada uno.
La esposa, que ya había escuchado todos los detalles del conflicto antes, decía: “Por favor, no te enojes conmigo por ser tan obtusa, pero ¿por qué se están peleando exactamente?”.
“Bien”, decía entonces el Rabino. “Han sido socios en igualdad de condiciones hasta ahora. Pero Bronstein quiere hacer entrar al hijo y darle la mitad de su participación. Goldman tiene miedo de que el joven sea muy agresivo y codicioso, y se siente amenazado de verse forzado a salir del negocio. Dice que Bronstein debería pagarle su parte para que se retire, lo cual Bronstein estaría dispuesto a hacer, sólo que no tiene el dinero
Entonces la esposa decía: “Ah, ya veo. Tu idea es que Bronstein le pague a Goldman dos mil ahora, y le dé una participación del setenta por ciento de las utilidades durante los próximos dos años, y entonces Goldman deje el negocio por completo pero continúe recibiendo el diez por ciento de las utilidades durante los próximos tres años. Mm. Me gusta tu idea. Es algo complicada, pero tu solución podría resultar aceptable para todos”.
El Rabino se fue haciendo una, reputación en materia de adopción de decisiones de la talla de la sabiduría de Salomón. Ni él ni nadie supieron nunca que él no las había formulado, ni nunca podría hacerlo. El objetivo se lograba sin que el sentimiento del propio valor del Rabino sufriese menoscabo alguno.
Papá solía decirnos que es fácil ayudar a la gente, pero por meritorio que sea, el receptor de la ayuda podría sentirse humillado y desalentado. Requiere mucho esfuerzo e ingenio prestar ayuda de manera tal que el orgullo y el sentimiento del propio valor del beneficiario no se resientan.

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario