El Problema

El tema del casamiento de los hijos, desde siempre, ha quitado el sueño a más de un padre…

En una charla informal, un padre expresaba su preocupación por la poca intervención que tienen hoy los progenitores en la elección del candidato que se casará con su hija/o.
Sin embargo, la Parshá de esta semana- Jaie Sará- nos relata que desde los comienzos de nuestra historia, cuando el primer “shiduj” -presentación- tomó lugar, Abraham, nuestro patriarca, se aseguró que el proceder de la mujer que desposaría su hijo Itzjak fuera armónico con la piadosa conducta de su heredero. De todas formas, no es una fácil empresa hallar a la persona ideal.
Compartiremos con ustedes una historia que refleja algo de lo que un padre judío debe buscar.
“Cierto día, un rico y erudito judío entró a uno de las grandes Academias de Estudios de Torá de Europa, para encontrar un marido para su inteligente, piadosa y agraciada hija. El hombre reunió a todos los más prominentes jóvenes instruidos del pueblo en la Sinagoga central, esa tarde. Allí anunció que poseía un difícil problema Talmúdico. Quién pudiera resolverlo-dijo- ganaría la mano de su hija, además de la promesa de recibir apoyo financiero total para la pareja y sus futuros hijos por veinte años, de modo que el pretendiente pudiera estudiar Torá, sin ninguna preocupación material que lo importune.
Los eruditos del pueblo se esforzaron por entender el problema, permaneciendo despiertos durante toda la noche para encontrar la respuesta. Docenas de respuestas fueron entregadas al visitante, pero él las refutaba a todas. El rico permaneció en el pueblo durante tres días, sin éxito.
Muy decepcionado, preparó sus valijas, decidiendo partir temprano al día siguiente.
A la mañana, subió a la carreta, se ubicó en su asiento, y le dio la señal a su cochero para que inicie el viaje de regreso. Cuando los caballos se pusieron en marcha, un joven estudiante, que corría hacia el carruaje, le gritó para que aguardara. El hombre ordenó al chofer detenerse, y el rostro del muchacho se posó en la ventana.
“¡Sólo le pido un instante!” gritó agitado el estudiante. “¡Usted no puede irse así! Antes debe decirme la respuesta”
“¿Cómo dices?” preguntó el visitante.
“Desde el momento en que usted presentó el problema -dijo el joven- no he podido dormir. Estuve analizándolo día y noche, pero por más que he tratado, la respuesta se me escapa. ¡Debo saber la solución! No puede marcharse sin dármela…”
“¡Ah!- gritó con alegría el erudito, totalmente satisfecho. “¡Tú eres aquél que deseo como yerno!”

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