¿Que hacemos cuando la relación esta en crisis?

Sócrates, el gran filósofo griego, uno vez le dijo a un discípulo: “Mi consejo es que te cases. Si encuentras a una buena esposa, estarás feliz; si no, te convertirás en un filósofo”.
De hecho hoy, tenemos muchos filósofos. En nuestro tiempo, ha crecido mucho la ruptura de las relaciones. En los EEUU, se estima que uno de cada dos matrimonios, terminan en divorcio. Familias de padres solteros se han duplicado en los últimos 20 años. Solo uno de dos niños tiene padres que han estado casados cuando ellos nacieron, o que siguieron juntos cuando su hijo creció. Un conferencista me dijo que durante años ha ido a escuelas a enseñar a niños sobre la religión y sobre el tema “Di-s es nuestro Padre”. No puede seguir haciéndolo porque muchos niños no entienden la palabra. No la palabra “Di-s” sino la palabra “padre”.

Como un meteorito que entra en el espacio gravitatorio de la tierra, el matrimonio y la familia se están desintegrando.
Lo peor que podemos hacer es debatir sobre quién es el culpable: el individuo o la sociedad, la riqueza o la secularización. Lo que precisamos es imaginación, no recriminación; optimismo, no pesimismo. Aquí es donde la tradición mística judía tiene algo bello y vital que decir.
Al principio de la Biblia Hebrea, en donde la historia de la Creación se desarrolla, los místicos se preguntan algo fascinante: ¿Cómo, si Di-s existe, puede el mundo simultáneamente existir? Di-s es infinito, Di-s está en todas partes. Por ende, en cualquier lugar, hay algo finito junto con algo infinito. Seguro que algo infinito desplaza cualquier cosa finita. No hay espacio para materia física si cada lugar está lleno con la presencia infinita de Di-s. ¿Cómo puede entonces existir un universo?
La respuesta de los místicos es muy interesante. Para poder hacer un espacio para el universo, Di-s inició un proceso llamado “tzimtzum”, contracción o “retirada”, creando un vacío esférico, el espacio que se precisa para que el mundo exista. Al retirar Su luz eterna, puede surgir un mundo autónomo, independiente, distinto de Di-s. ¿La conclusión? El universo es el espacio que Di-s crea para el ser humano a través del acto de retirarse. Ningún acto más profundo indica el amor y la generosidad implícita en la Creación.

De forma deslumbrante paralela, lo mismo se aplica en las relaciones humanas. Al comienzo de la vida, no hay alteridad. Un infante recién nacido, no se distingue del resto del universo. Sólo sabe y se preocupa de sus propias necesidades. Cuando llora, está diciendo: “Quiero con mi mamá, quiero que me alimenten, quiero que me alcen, quiero que jueguen conmigo, y si no haces en seguida lo que quiero, inmediatamente, te arruinaré la vida”. No hay lugar para otro. Cuando los niños se desarrollan y maduran, comienzan a ver al otro como una entidad separada. Comienzan a tener relaciones; comienzan a preocuparse por el otro. Ese proceso es esencial para un desarrollo sano.

Como adultos sabemos que para poder amar verdaderamente, precisas retirarte de tu “centro” (ego), y crear un espacio para la otra persona en tu vida. Una relación no se trata de controlar. Cuando un compañero domina al otro, demandándole su conformidad y reprimiendo su personalidad, la posibilidad de una relación es prácticamente nula. El amor genuino no solo respeta la individualidad del otro sino que busca cultivarla. El amor, como el acto mismo de la Creación, es un acto de crear espacio para la presencia del otro. Cuando el hombre se corre, alcanzando el corazón y el alma de otro ser humano, se está asemejando a Di-s, quien prefiere suspenderse a Sí mismo para poder dejarle espacio al otro.

Un muchacho y una joven salieron a una cita. Durante dos horas, él habló sobre él mismo, sobre sus logros e ideas. Luego, él se dirigió a ella y le dijo: “Suficiente de hablar sobre mí mismo, ahora, ¿Qué piensas de mi?”
La idea del Tzimtzum encuentra su expresión en un momento especial de la ceremonia de casamiento judía, conocida como “badeken”, el “velo”. Antes de la Jupá, cuando el novio y la novia se encuentran bajo el palco nupcial, el novio es escoltado al cuarto en donde está su novia esperando, y le cubre su rostro con un velo. La tradición nos dice que esta costumbre nos recuerda los eventos ocurridos durante la ceremonia de casamiento de Iaakov. La Torá nos relata que Iaakov viajó a la casa de Laban. Al llegar, se encontró con la hija menor de Laban, llamada Rajel, y se enamora perdidamente de ella. Laban le propone un trato: trabaja para mí siete años y te la daré como esposa. Así hace Iaakov, pero en la noche del casamiento, Laban sustituye a Lea por Rajel. Siendo que la novia estaba cubierta con el velo, él no sabía que se estaba casando con la mujer incorrecta, y Iaakov descubre esta decepción cuando ya era tarde. Al final, Iaakov aceptó su destino y se quedó con Lea. Pero también se casó con Rajel, su novia elegida.

La pregunta que surge aquí es, si el velo nos recuerda a Iaakov y Lea, ¿No debería ser la costumbre que el novio descubre el rostro de su novia para asegurarse que se está casando con su novia elegida?
La respuesta es profunda y emocionante; la oí por primera vez en mi propio casamiento, por mi amigo Rabí Iosef I. Jacobson.
Lea y Rajel, no eran dos simples hermanas que vivían en la Mesopotamia Asiática al principio de la Era de Bronce. También simbolizan dos dimensiones de la personalidad de cada persona. Cada uno de nosotros posee una “Rajel” interna y una “Lea” interna. Rajel, la mujer bella, simboliza las características atractivas, bellas y encantadoras que existen en nuestros cónyuges y en nosotros mismos. El nombre de Rajel en Hebreo significa “oveja”, conocida por su blanco color brillante y su naturaleza serena y amorosa.
Lea, un nombre que literalmente significa cansancio o agotamiento, representan aquellos elementos en nosotros y en nuestros cónyuges que son más desafiantes. Lea, la hermana de “ojos débiles”, lloraba con mucha facilidad. Era emocionalmente vulnerable. Debilitada por la ansiedad y las lágrimas, Lea representa nuestra lucha con las inseguridades y tensiones psicológicas y espirituales.

Pocas personas pueden ser definidas como “Rajel” o “Lea” exclusivamente. La mayoría de nosotros poseen ambos componentes. Somos una mezcla de serenidad y tensión. Tenemos instintos compasivos pero debemos luchar contra los instintos egoístas también. Tenemos luz pero también debemos lidiar con la sombra; disfrutamos la estructura pero también experimentamos profundos momentos de caos. Ambas son partes genuinas de nuestras personalidades multi dimensionales. Rajel es la luz; Lea es la lucha contra la oscuridad.

Por ello, el drama que ocurre en la boda de Iaakov, el patriarca de la nación Judía, ocurre en cada boda. Antes de casarte, piensas que te estás casando con Rajel, la bella, inteligente, bondadosa, sensitiva y amada esposa de tus sueños. En verdad, estarás obligado a descubrir que terminaste con Lea, una persona que también lucha con la tensión no resuelta.

Naturalmente, tú amas a Rajel, y rechazas a Lea. Pero, mientras la vida continúa, terminarás descubriendo que es precisamente la dimensión de Lea de tu cónyuge la que te desafía a trascender tu ego y convertirte en la persona que puedes convertirte porque son las mismas imperfecciones y las mismas deficiencias de tu cónyuge las que te permitirán crecer en algo más grande que lo que eres.
Esto es, es el secreto detrás del velo de la novia. Cuando el novio cubre a su novia, está diciendo; “Amaré, cuidaré y respetaré no solo el “tú” que está revelado, sino también aquellos elementos de tu personalidad que están ocultos de mi. Al unirme contigo en matrimonio, me estoy comprometiendo a crear un tzimtzum, un espacio dentro de mi para la totalidad de tu ser, para todo tu ser, y para siempre”.

Por Dov Greenberg

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