¿Qué es lo que hace funcionar un matrimonio?

En la construcción de un matrimonio sano participan muchas materias primas…

En la construcción de un matrimonio sano participan muchas materias primas. El amor, por supuesto, es necesario, lo mismo que un sentimiento de reverencia y respeto: el respeto que cada esposo siente por el otro, y la reverencia que marido y mujer sienten por Di-s. Deben reconocer siempre la fuerza divina que los une, y la gran responsabilidad de construir una vida y un hogar juntos. Esa reverencia se entrelazará con todos los aspectos de su vida, desde el modo en que mantienen su hogar hasta el modo en que educan a sus hijos.
Un matrimonio exitoso debe tener vitalidad. Una unión entre dos personas vivas significa que la unión misma está viva, y debe ser alimentada y alentada a crecer constantemente. Un matrimonio debe asimismo tener abundancia de confianza. La confianza no viene de un día para otro; lleva años construirla. Pero una vez que está en su lugar, sirve como sólida base para sostener al matrimonio a través de la crisis.
La confianza no se deriva de una conducta perfecta; viene de la responsabilidad. A nadie puede pedírsele que sea perfecto, pero a una persona sana puede pedírsele que dé cuenta de sus hechos, que reconozca un error. La confianza significa que nuestra actitud y conducta con el tiempo ha demostrado que nuestro cónyuge puede depender de nosotros, que tenemos la integridad como para actuar correctamente aun cuando nadie, salvo Di-s, nos esté mirando. De otro modo, siempre habrá dudas: ¿Cómo puedo saber que mi cónyuge mantiene realmente su compromiso con el matrimonio?
Un matrimonio sano también significa construir juntos un hogar sano; un hogar no sólo para el bienestar personal, sino un hogar que sea un faro de luz para otros. Desde el comienzo, las prioridades del matrimonio no deben ponerse en la cantidad de dinero gastado, para la fiesta de bodas o el amoblamiento costoso de la casa, sino en el compromiso de construir un hogar guiado por los principios divinos de la moralidad y la virtud.
A veces son las pequeñas cosas las que importan, las que les demuestran a nuestro cónyuge y a Di-s que hemos asumido el compromiso. Ir a hacer las compras. Limpiar la casa. Preguntar si podemos hacer algo para ayudar cuando el otro no da abasto. Traer un regalo al volver de un viaje. Aun cuando nuestro trabajo no tenga relación con nuestro hogar y matrimonio, deberíamos tratar de hacer participar a nuestro cónyuge, que es un socio constante en nuestra vida.
Un elemento central y crucial para lograr un matrimonio con amor es aprender a cultivar la paz en casa, aprender a comunicar y manejar las variables que surgirán en todo matrimonio. Aprender cómo evitar una discusión, cómo reconciliar, cómo arreglárselas cuando las cosas no andan bien. Cuando un cónyuge tiene problemas, el otro debe recordar que son dos mitades de la misma alma. Descuidar al cónyuge es lo mismo que descuidarse a uno mismo, o descuidar a Di-s.
No hay fórmulas mágicas para solucionar problemas dentro de un matrimonio, por supuesto. Todo depende del esfuerzo mutuo de marido y mujer. En primer lugar, ambos deben comprender que preservar el matrimonio, una unión santificada, es una necesidad absoluta por la cual son igualmente responsables. Debemos también comprender que un matrimonio feliz no puede construirse en los términos de una persona. El amor verdadero no oblitera la individualidad, sino que la acentúa. Podemos sentir la tentación de hacer las cosas siempre a nuestro modo, pero el amor y el respeto se alimentan de reconocer los deseos y necesidades del cónyuge. Ese altruismo sólo puede provenir del reconocimiento de Di-s en nuestra vida, que nos permite considerar el espacio del cónyuge tan sagrado como el nuestro.
Marido y mujer deben asimismo tener un compromiso mutuo para resolver los problemas mediante la aceptación de su responsabilidad en hacer funcionar su sagrado matrimonio. Esto sólo puede ocurrir cuando ambos cónyuges aprenden a comunicarse abiertamente y reconocen su papel en un problema. Cada cónyuge debe respetar las preocupaciones del otro, por triviales que le parezcan. Ningún problema debe quedar sin resolver.
A veces puede evitarse un conflicto no respondiendo a la ira del cónyuge. Cuando uno se enoja, el otro suele enojarse a su vez sin pensar, dejando que una chispa se transforme en un incendio destructivo. Es mejor dirigirse con paciencia a las preocupaciones del otro, o evitar discutirías hasta que pase el estado momentáneo de ira. Nadie tiene el derecho de violentar de ningún modo (psicológica, emocional o físicamente) el espacio del otro. El abuso no puede ser tolerado bajo ninguna circunstancia. Una persona abusiva debe buscar ayuda; si es necesario, las víctimas del abuso deben insistir en ese punto, y recurrir a otros para asegurar que el problema sea tratado.
En un matrimonio no funciona la crítica. La invalidación del cónyuge sólo agravará cualquier problema. Cuando vemos algo en nuestro cónyuge que necesita corrección, saquemos el tema con delicadeza, con amor y preocupación. Si nuestro cónyuge tiene un punto ciego en determinada área, es posible que tengamos que adaptarnos y aprender a sonreír. Todos tenemos nuestros puntos ciegos. No es nuestra función decidir qué es lo mejor para nuestro cónyuge; aun cuando un marido y mujer se están enseñando constantemente uno al otro, no son el maestro o la figura de autoridad del otro. Son el más íntimo amigo uno del otro; amigos en un plano de igualdad.
Si surge una disputa entre cónyuges, suele ser mejor no implicar a los miembros de la familia. Los parientes pueden tener buenas intenciones, pero en razón de su subjetividad tienden a tomar partido y exacerbar el problema. Un amigo puede ser más útil. Aunque a veces es un supuesto amigo el que enciende el conflicto, ya sea por medio de exageraciones o de meros chismes. Si éste es el caso, lo mejor puede ser tomar distancia de la situación que incita a esa discordia.
Si no podemos reconciliar diferencias, por mucho que lo intentemos, es mejor consultar, confidencialmente, a un tercero en quien ambos confían. Hay que asegurarse de que esta persona no incitará a más malos sentimientos, y que su preocupación por nosotros y nuestro matrimonio es sincera.
Para salir de un desacuerdo es importante ceder, no dejar que se interponga nuestro orgullo. Muchos sentimos que podemos parecer débiles si tomamos la iniciativa de reconciliarnos, pero hacerlo es señal de auténtica fortaleza.
Por encima de todo, una matrimonio saludable necesita que la mujer y el marido tengan siempre presente sus deberes para con el tercer miembro, Di-s. Su matrimonio no es un asunto privado; afecta todo el destino del cosmos. Marido y mujer deben invitar a Di-s a participar en su matrimonio, no como un huésped sino como un socio permanente.
Esto incluye la consumación del mandamiento y bendición que recibió el hombre cuando su creación: “Creced y multiplicaos».1 Este es un componente crucial en un matrimonio exitoso. La capacidad de reproducirse es parte de nuestra hechura fisiológica y psicológica, y es necesaria para nuestro bienestar. No debemos entrometernos o querer pasarnos de listos con Di-s, que nos bendijo con la capacidad de engendrar hijos; con cada hijo al que damos vida. Di-s nos bendice con la fuerza y los recursos para sustentarlo, cuidarlo y alimentarlo. Pueden existir los temores que resultan de vivir en un ambiente problemático, en el que a un niño se lo puede herir de muchos modos. Pero un mal no justifica otro, el mal de decidir no tener hijos. Tener hijos define y cristaliza las prioridades de un matrimonio (y, de hecho, de la vida en general) y criar hijos es el objetivo más desafiante, profundo y gratificante que un hombre y una mujer pueden esperar emprender juntos. Los une eternamente a uno con el otro, con su familia y, sobre todo, con Di-s.

1 Génesis, 1.28.

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