Tarea para el Hogar

¿Si fuera su hijo, a usted le molestaría? ¿Usted ha mirado en sus ojos?… En los de mi hijo, quiero decir…

El que está teniendo tanto problema en su clase de matemática.
Yo sí he mirado. Cuando lo ayudo por la noche, veo la frustración en sus ojos cuando no puede entender. Le veo investigar mi cara, temeroso de mi desilusión, mi crítica cuando resuelve mal un problema después de que le he explicado tantas veces.
Veo en sus ojos el deseo de rendirse. Alrededor de sus labios veo la tristeza y arrastrándose la desesperación.

Miro la tensión en su frente cuando intenta con tanta fuerza entender. Observo que sus dedos se ponen blancos cuando agarra su lápiz firme con la esperanza de que esta vez- esta vez-el lápiz no lo traicionará y escribirá las respuestas correctamente en la página.
¿Usted lo mira en el aula cuándo le enseña? ¿Mira en sus ojos y ve cómo la desilusión y la frustración amenazan meter la mano en su alma? ¿Para romper su corazón? ¿Puede ver su fracaso endurecer la fundación de su carácter?
Le pregunto: ¿Usted ve cómo él intenta? ¿Cuánto quiere agradar? ¿Cómo su autoestima se está desmenuzando cada vez que no puede recordar que siete por ocho es cincuenta seis? Él sabe más dolorosamente que usted que ha tratado de aprender esto quinientas sesenta veces y todavía se le olvida.
Yo veo cuán duramente él intenta. Lo veo todo. Cuando me siento por la noche con él, casi no puedo continuar con nuestra sesión de tarea cuando miro su cara pecosa que se esfuerza por recordar que cuatro por seis igualan veinticuatro y mi corazón se rompe en mil pedazos.
Y por eso intentamos hablar en broma y reír. Le digo que las personas aprenden en velocidades diferentes y momentos distintos. Le digo que su hermano mayor no aprendió a leer hasta que tenía ocho años y entonces, cuando fue su momento, aprendió a leer en sólo tres meses y fue directo a la cima de su clase ese año.
Le cuento que algunos bebés consiguen entrenarse para ir al baño al año, y algunos a los dos, y algunos no lo logran hasta los tres o cuatro, pero que no es probable que vea un chico de dieciséis años en pañales. Y él se ríe. Veo que sus ojos se aclaran un poco. Su frente se relaja. Y cuando permite que su tensión se vaya parece concentrarse más, recordar bien.
Pero todavía no es suficiente. Y me encuentro odiando las tablas de multiplicar por herir a mi hijo. La división se ha vuelto mi enemigo. Sesenta cuatro dividido ocho es simplemente más de lo que puedo tolerar. Ochenta y uno dividido nueve es más de lo que cualquier niño de nueve años deba enfrentar.

Y a veces lo culpo a usted. ¿Usted le enseña bien? A veces estoy enfadado porque lo ha criticado y le ha hecho sentir mal. Pero entonces pienso que usted está allí sólo para culparlo mientras que yo estoy sintiéndome tan mal por mi pequeño y dulce muchacho.
¿Sabe cuán dulce es él? Mi hijo.

Anoche luchamos hasta que se sentó finalmente para hacer su tarea de matemática. Entonces nos sentamos por una hora y una media para aprender que tres por tres igualan nueve, nueve dividido por tres es tres. Pusimos porotos en la mesa y los hicimos estudiantes en una clase, caramelos para cada estudiante, shekels para la tienda, todas las cosas que pueden ser divididas y pueden multiplicarse. A veces usamos una calculadora, algo para ayudarle a ver los números de nuevo y otra vez. Finalmente sus ojos se pusieron rojos, sus párpados se inclinaron y dijo: “Ta, estoy demasiado cansado. ¿Puedo acostarme ahora?”
Vestido en sus pijamas vino a besarme y desearme buenas noches. “Sabes Ta”, dijo, “odio cuando tengo que dejar de jugar para hacer la tarea contigo. Pero cuando lo hacemos, me gusta tanto que no quiero detenerme.”
¿Sabe cuánto saltó mi corazón con estas palabras, cuánto oré anoche para que usted le diera una buena nota en su prueba de matemática esta mañana?
Para decirle la verdad, no me importa si él resuelve bien o mal el problema. No me molestaría en absoluto si por hoy siete por ocho es cincuenta y cuatro o cincuenta y dos o cincuenta y seis o cuarenta y ocho. Hasta donde estoy interesado dos más dos no tienen que igualar cuatro si significa que mi hijo se sentirá bien con ello, si él querrá continuar intentando, si empezará a pensar sobre sí mismo como inteligente, valeroso y capaz.

¿Cinco más cinco es realmente diez? ¿No podría ser doce sólo por una vez por causa de mi muchacho? ¿Por causa de su bienestar? ¿A la matemática le importa si se hace correctamente, o no o es sólo usted? ¿Los números se ofenderían, o es sólo su rigidez que obliga a cinco a ser la respuesta imposible a dos por dos? ¿Estos números valen una vida? ¿Un futuro?
¿Usted se hace estas preguntas cuándo corrige su prueba?
¿Si mirara en sus ojos lo haría? ¿Si lo amara, lo haría?
Porque, usted verá, el amor es bastante fuerte para permitir que cinco por cero pueda ser una vez cinco en lugar de cero.
¿Si él fuera su hijo, le molestaría?
No le pido que ame a mi hijo como yo. Ni que apruebe sus exámenes injustamente. Quiero que haga su matemática correctamente y entienda la importancia de la exactitud de todas las cosas.

Sólo por favor, mire en sus ojos. Aunque los números no pueden cambiar, la manera en que usted le enseña podría. Aunque sus respuestas pueden agrietarse, verá que su corazón no. Aunque puede tomarle tiempo aprender, verá cuán duramente lo intenta. Y cuando lo evalúa- hágalo de manera que sólo los números sean juzgados y no el muchacho. Cinco más cinco siempre pueden ser diez, cuatro por cuatro siempre son dieciséis, pero sólo asegúrese que sea lo que sea él escriba, mi hijo no sumará cero a sus ojos o a los de él mismo.

Un padre amoroso

Por Jay Litvin

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