Soy, quiero… quítate de mi camino

Una mujer me contó cierta vez acerca de su hija de dieciséis años que había sido arrestada por robar en un comercio…

La joven y su amiga trabajaban en un almacén de descuento, su hija en la trastienda con el inventario, y su amiga al frente, en la caja. Un día, su hija llenó un carrito con mercadería por valor de $400 y lo llevó a la caja registradora de su amiga, quien la marcó por $20. Cuando las jóvenes intentaron salir, ambas fueron atrapadas.

Su madre me dijo:
“Puedes imaginar cuán devastador fue que esto sucediera en nuestra familia? Y para colmo, mi hija no se sintió mal en absoluto. Yo he tratado tan duro de enseñarle a amar a Di-s. ¿Cómo habrías manejado tú la situación?”
Contesté: “¿Le dijiste alguna vez a tu hija que Di-s no quiere que robe?”
Ella dijo: “No, nosotros no hablamos así”
“Eso explica por qué tu hija no sabe que no tiene permitido robar”.
“Bien, debería saberlo; quiero decir, ¿cómo puede no saberlo?”
“Te apuesto que si le preguntas qué sabe de Di-s, de la Biblia, de los Mandamientos, ella dirá: Oh, claro, mi madre está metida en eso. Es cosa de mi madre”‘.
La mujer dijo: “Eso es exactamente lo que dijo. Dijo: Es cuestión tuya, no mía”‘.

Esto probablemente sea cierto en el caso del adolescente promedio en el hogar término medio en los Estados Unidos. La sociedad los ha convencido exitosamente que no hay mal ni bien absolutos.

Toma, por ejemplo, a Gary Gilmore. Era un asesino en la cola de espera para que se le aplicara la pena de muerte y quería ser ejecutado. Pero muchas personas bienintencionadas decían: “No, no, tú eres un buen tipo”. Él dijo: “No, no soy un buen tipo, soy un asesino”. Y ellos dijeron: “No, tuviste una niñez difícil. Sufres de una dislocación traumática de tu proceso de maduración. Lo arreglaremos en poco tiempo”.

¿Qué tiene que hacer un hombre para demostrar que es un asesino?
Criamos hijos en un mundo en el que nada es impensable. No importa haciendo qué cosa pille un padre a su niño, no tiene una base sobre la cual decir: “Eso estuvo mal. ¿Cómo se te pudo siquiera ocurrir pensar en hacer algo así? ”

Una vez dije a un grupo de estudiantes de escuela superior: “La sociedad ya no les enseña más a discernir lo correcto de lo incorrecto. Los padres y los profesores tienen miedo de decir ‘Esto es aceptable y esto no lo es, esto se permite y esto no’. Ustedes, jóvenes, se sienten frustrados porque nosotros les hemos negado la libertad de elección. Si nada está bien ni nada está mal, ¿qué elección tienen? La libertad de elección que Di-s nos da a nosotros es la libertad de elegir entre el bien y el mal. Pero si nada es bueno y nada es malo, entonces, ¿qué le hemos hecho a la libertad de elección?”

Mientras hablaba, un muchacho al fondo del auditorio, con apenas una pequeña cantidad de cabello dejado sobre su cabeza, que era verde y alzándose hacia arriba, cabeceaba enérgicamente dándome su acuerdo. Yo puedo imaginar qué era lo que estaba sintiendo. Aquí estaba un joven que había tenido ganas de hace algo malo, de modo que afeitó su cabeza. Estaba un tanto nervioso porque nunca había hecho esto antes. Hizo que su pelo se pusiera de pie, lo tiñó de verde, y bajó para desayunar así por primera vez.

¿Qué hicieron los modernos, liberados, tolerantes y pacientes padres de hoy? Lo ignoraron. No iban a hacer una escena de esto; quisieron demostrar que eran “modernos”, que no era lo que el adolescente quería. Él quería enfadarlos; él quería hacer algo para lograr una reacción de su parte. El vino a desayunar así y su madre le dijo: “¿Cómo quieres que cocine los huevos?” No era eso lo que él esperaba.

Este joven estaba pensando: “¿Qué tengo que hacer para conseguir una reacción de esta gente?” Y la verdad es, ¿qué deben hacer los jóvenes?
Sin una definición absoluta de bien y mal, frustramos a nuestros hijos al negarles la libertad básica de elección. Si un joven se levanta a la mañana y tiene ganas de ser bueno, ¿qué puede hacer que sea tan bueno como para que la gente diga: “Ah, eso es bueno”?

Absolutamente nada, a menos que sea Superman y pueda salvar al planeta de la destrucción. ¿Qué otra cosa se reconocería como un bien moral? Si él ayuda a una dama anciana a cruzar la calle, bien, eso no es bueno, eso es debilidad. Si él no es Rambo, es nada. Nosotros frustramos a nuestros jóvenes tremendamente con esta carencia de definición clara.

¿Cuál es la solución?
Si queremos encontrar la solución, e implementarla, entonces debemos primero comprender el problema. Para eso, tenemos que echarnos una mirada a nosotros mismos.
Todos nosotros, todos los seres humanos, con todas nuestras actividades y atributos, podemos ser resumidos en tres palabras: ser; placer;  y temperamento.

En otros términos: “soy, quiero, quítate de mi camino”. Eso es básicamente lo que somos.
“Yo siento que soy, yo tomo mi placer seriamente, y tú no me agradas porque interfieres con mis placeres”
Eso es instinto humano, no perversión. Es perfectamente natural decir: “yo existo y protejo mi existencia”.

Por lo tanto, tan pronto como nos encontramos con alguien, la primera pregunta es: “¿Por qué? ¿Por qué tú eres tú?”
De esa reacción inicial provienen las pequeñas irritaciones tales como: él no me agrada por esto, y él no me agrada por aquello, y de cualquier manera quien es él, y él no es tan de listo y él no es tan esto, aquello y lo otro”. En el núcleo de esto: “El no precisa estar del todo, a menos que de algún modo apoye mi existencia y contribuya a mi importancia”.

Para una persona joven esto significa: “yo me siento incómodo con un forastero, si bien él nunca me ha hecho cualquier cosa mala, no me amenaza de ninguna manera obvia, pero el hecho mismo de que él existe independiente de mí significa que yo no soy lo que pensaba que era. Porque yo pensaba que era el centro del universo”.

Los adolescentes tienen en particular una obsesión con su propio sentido de ser y una devoción extrema a éste. Todas las canciones de rock acerca de “yo soy, yo soy yo, yo puedo hacer cualquier cosa”, reflejan una obsesión por la propia personalidad. Y la más sutil negativa de ello se percibe como una amenaza total a su existencia.

Un adolescente se cree a sí mismo infinito; él es eterno en su propia mente. Él ha llegado a ser Di-s. El se adora a sí mismo, y todo lo demás parte de allí: “Si mi existencia es esencial, entonces mi placer se vuelve importante”.
Entonces el hecho de que tú te interpongas en mi camino se convierte en pecado. Entonces tú eres malo, no yo. Si no me dejas tener lo que quiero, tú estás equivocado. Yo estoy en lo cierto, porque mi existencia exige esto, y mi existencia es absoluta. Si quiero robar; puedo. Cualquier cosa que quiera, tengo el derecho a ella”.

De modo que cuando nos aproximamos a los adolescentes hoy y les decimos: “No puedes tomar drogas”, no les decimos nada. Cuando decimos: “Simplemente niégate”, no estamos diciéndoles nada en absoluto, porque toda negativa, toda sugerencia de que “no puedes”, amenaza su existencia misma.

¿Cuál es la solución?
Puesto que ellos toman su existencia muy seriamente, hay sólo un único antídoto y está en enseñarles a aceptar seriamente Algo que es más alto que ellos. Ellos precisan oír que Di-s los creó porque Él espera algo de ellos: Después de ciento veinte años deberán regresar y dar un informe de su misma existencia. Entonces no tomarán su propia existencia tan seriamente; no se volverán religiosos acerca de sí mismos.
Esa es la única solución. Nuestros jóvenes están diciendo: “No nos cuentes cuánto tú amas a Di-s, cuéntanos cuán necesarios somos.”
Nosotros les debemos contestar: “Cada mañana cuando te levantas, hay un Ser Supremo que espera que hoy hagas aquello para lo que El te creó. Lo que El quiere, lo que El necesita, son los actos morales de bondad y benevolencia que Él llama mandamientos. Sigue esos mandamientos, haz esos actos morales de bondad y benevolencia, y estarás cumpliendo el propósito para el que El te creó. Estás convirtiendo este mundo en un lugar de residencia para la santidad”.

Eso es ser concreto. Eso es dirigirse al corazón de la cuestión.

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