Proteger la inocencia de los niños

En nuestra sociedad existe el mito de que los niños son tan inocentes que no pueden despertar atracción sexual. Los estudios modernos confirman aquello que los antiguos supieron todo el tiempo: que la sexualidad existe en cada etapa del desarrollo, aun en los recién nacidos.

La enseñanza judía tradicional puede ayudarnos a examinar y entender estas preguntas, y puede sernos de ayuda para educar niños que sepan cómo vivir con recato en el mundo.
Los psiquiatras dicen que los niños que han sido sometidos al abuso sexual, tienen una pesadilla recurrente: el niño corre por un largo corredor, en estado de pánico, intentando abrir una puerta tras otra, hasta que una se abre y es acogedora y agradable. ¿Cuál es el significado de este sueño?.
Significa: “Hay una puerta que da a mi dormitorio, mi espacio. Como éste ha sido violado, corro de puerta en puerta para encontrar nuevamente mi habitación, porque el lugar que era mío se ha tornado público. Fue violado, invadido sin mi permiso, tratado como si no fuera mío. Ahora estoy procurando encontrar nuevamente mi habitación, mi lugar”.
¿Qué se desea dar a entender con “mi lugar”? Para un niño, “mi lugar” significa “mi recato”.

Los niños nacen con un sentido innato del recato. Incluso ciertos animales no se aparearán a menos que posean un lugar para esconderse. Que los animales puedan ser recatados, revela que el recato es innato en algunas criaturas; es un hecho de la naturaleza, y no el producto de valores más elevados o de una noble ideología. En los seres humanos es un instinto natural. Por esta razón, cuando se abusa de un niño, lo que se ha violado es el recato congénito del niño. Un niño del que se ha abusado cuando era aún muy pequeño, incluso sin que se haya producido dolor o violencia, mostrará más tarde síntomas de abuso.
¿Qué puede saber un niño de un año de edad acerca de ética o de comportamiento sexual inapropiado? Un niño de pecho no puede saber la diferencia entre lo que es moral y lo que es inmoral. Es claro, sin embargo, que ese niño se siente violado. Aquello que ha sido violado es su recato.

Una mujer había estado tres veces comprometida para casarse, y rompió el compromiso cada una de ellas. Ahora estaba a punto de comprometerse por cuarta vez, y se preguntaba qué era lo que la intimidaba cada vez que se aproximaba la boda.
Resultó ser que cuando era joven, su padre solía bajar a desayunar en ropa interior. Ella recordaba sentirse tan turbada por esto, tan incómoda ante esto como niña, que el pensamiento de vivir con otro hombre que pudiera hacer lo mismo era demasiado desagradable.

Pudo haberse tratado de una niña muy sensible, con un fuerte sentido del recato. Pero los niños poseen un recato innato que se ve violado con facilidad y esto resulta en un trauma.
Un hombre confió a su Rabino: “No sé hasta dónde puedo llegar en mi intento de hacer amistad con mi hija adoptiva. Han transcurrido ya tres años y no me permite aproximarme a ella. ¿Cuándo me doy por vencido y digo: ‘Renuncio’?”
“Qué edad tiene esta joven?”, preguntó el Rabino.
“Quince”, replicó el hombre. “Tenía doce años de edad cuando desposé a su madre. ¿Por qué es tan fría conmigo cada vez que deseo ser amigable? ¿Qué sucede con esa jovencita?”
“Nada malo sucede con ella”, replicó el Rabino. “Una persona de quince años de edad desea su intimidad. Usted está imponiéndose contra su voluntad.
“Ella trata de decirle: ‘No eres mi padre. Ya tengo un padre, aun si no conozco su paradero. Puedo odiarlo, pero esto tampoco te convierte en mi padre. De modo que no deseo que entres en mi habitación, y no me siento a gusto cuando me rodeas con tus brazos. No lo deseo, y no me agrada. Es una invasión de mi intimidad, de mi recato”’.
Su hija adoptiva se sentía violada, no necesariamente a causa de una comprensión de la ética sexual, sino de su sentido innato del recato. Se abrió una puerta que debió haber permanecido cerrada; se cruzó una frontera que debió haber permanecido inviolada.
Una mujer tenía una hija de ocho años de edad, de un matrimonio previo. Una noche su hija se le aproximó llorando y diciendo: “Mike y yo estábamos conversando en mi habitación, y él comenzó a tocarme”. La mujer llamó a la policía, echó al marido de la casa, llevó a su hija a visitar a un consejero, y comenzó los trámites de divorcio.
En lugar de largas y retorcidas conversaciones con su hija acerca de la sexualidad, los hechos de la vida y las perversiones de algunos hombres, la mujer debió haberle dicho: “Fue una falta de recato, y estaba mal”. Debió haberle dicho a su marido desde el comienzo: “No tienes nada que hacer en su habitación”. Su marido no tendría que haber estado allí a solas con su hijastra, aun de haber sido Moisés. La violación ocurrida no comenzó cuando el padrastro tocó a la joven. Comenzó cuando entró en su habitación. El problema no era la perversión; el problema era la falta de recato.
En la antigüedad, era aceptable que un hombre se sintiese atraído sexualmente por una jovencita, siempre y cuando la hiciera su esposa. Esto no era una perversión entonces, y no es una perversión ahora. Sentirse atraído por una joven de trece años no es anormal, pero llegar a mantener una relación sexual con ella, es un crimen y una grave falta al recato.

No tendría sentido afirmar que todo hombre que se ve atraído por una joven de trece años de edad es un perverso, cuando sus dos tatarabuelas pueden haberse casado y haber tenido hijos en su temprana adolescencia. Algunas de las mujeres más santas y piadosas de la historia ya eran madres por segunda vez a los catorce años de edad. ¿Acaso sus maridos eran perversos?
Desde que hay seres humanos, estos han tenido deseos sexuales por aquello que no pueden poseer. Ser consciente de las posibilidades sexuales inherentes a cada relación, no es algo enfermo; es una señal de humanidad.
Necesitamos recordar que éste es el mundo de Di-s y El creó en éste muchas cosas agradables. El nos permite tener algunas de ellas y otras no, ya que no son para que nosotros las tengamos.

Cuando Di-s creó a Adán y Eva, les dijo en esencia: “Se verán tentados por aquello que no pueden tener, pero si ceden, eso constituirá un pecado” (Gen. 2:17). No una perversión. No una enfermedad. No una adicción. Un pecado.
Di-s nunca dijo: “No seáis perversos . No existe precepto tal en las Escrituras. Lo que dijo fue: “Sed recatados y mantened vuestras manos quietas”. Se podría denominar perversión a un pecado, ya que pervierte el proyecto de Di-s, pero no es una perversión de la naturaleza humana.
Que uno se sienta atraído por una mujer casada, o por la propia madre, o por un niño, es sexualidad normal y natural. Pero es un pecado —natural, pero no permitido— porque viola los preceptos de Di-s.
Denominar mala conducta sexual a una perversión de la naturaleza humana constituye una falta, una falta moral; estaría sobreponiéndose una objeción médica a una objeción moral. Y para la inmoralidad hay una respuesta moral:
recato. El recato es la única respuesta.

Las leyes, en todas las sociedades, no están hechas para la gente perturbada que está fuera de control. Asimismo, los preceptos de la Biblia son para la gente normal y sana que puede verse tentada a hacer aquello que Di-s dice que no debe hacerse. ¿Por qué razón Di-s prohíbe algunos actos y permite otros? Sólo podemos adivinar. Pero la desobediencia de las leyes del recato no debería ser llamada enfermedad. Debería ser llamada según lo que es: falto de recato e inmoral.
Por lo tanto, un adulto que se ve atraído por un niño, debe dar a esa atracción el mismo tratamiento que daría a cualquier otra atracción física que esté fuera de límite: se trata de una atracción normal y humana que no es recatada y que está prohibida.
En nuestra sociedad, negamos la sexualidad de los niños. Pero el judaísmo no la niega. Por esta razón, en lo concerniente al abuso sexual, hacemos una sugestión radical: “No lo denominen abuso infantil”.

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