Padres e Hijos

¿Cuánto tiempo se es niño? Mientras se tiene padre o madre…

Existe cierto solaz en ser niño. Este sentimiento no guarda relación alguna con el hecho real de que uno es cuidado, sino simplemente con la identidad de ser niño.
¿Cuánto tiempo se es niño? Mientras se tiene padre o madre.
Sería lindo que los padres comprendieran esto. Los padres nunca dejan de ser útiles.

Con frecuencia, trato pacientes cuyas depresiones se deben a sentimientos de inutilidad. Sus hijos han crecido, se han casado, son independientes, y viven lejos de ellos. En particular si los padres se han jubilado y ya no son económicamente productivos, tienden a sentir que su existencia carece de sentido.Nada está más lejos de la verdad. Los padres deben comprender que su papel y función podrá cambiar, pero no su finalidad.

De hecho, el papel de los padres está sujeto a cambios permanentes. Cuando los niños son pequeños, la función de los padres es satisfacer sus necesidades básicas de supervivencia: alimento, abrigo, alivio de su incomodidad, etc. A medida que van creciendo, los niños ya no necesitan ser alimentados y cambiados, pero los padres los proveen de sustento, les lavan la ropa, les dan un hogar, les enseñan y los llevan de un lado a otro.

A medida que los niños crecen y se vuelven más independientes, los padres suelen ser sus consejeros y confidentes. Cuando los hijos llegan a la edad en que todas las funciones de apoyo por parte de los padres han cesado, éstos siguen cumpliendo una función sumamente importante. Son las personas con quienes los hijos pueden compartir sus logros o los de sus hijos.

Cuando un nuevo niño nace, uno llama a sus padres para contarles. Y se los llama cuando ese niño se sienta, se para, camina, le sale el primer diente. Se los llama cuando el niño comienza el Jardín de infantes, el Jéider, la ieshivá, es ascendido en el empleo, o se compromete. Se los llama cuando hay algo que se desea compartir. No hay nada más angustioso que obtener algún logro y no tener con quién compartir nuestro orgullo.

Existe una historia apócrifa sobre un rabino no tan piadoso que se volvió fanático del golf. No podía dejar pasar un solo día sin jugar al golf. Cuando llegó Iom Kipur, estaba fuera de sí porque aunque jugar al golf en Iom Kipur estaba totalmente prohibido, sentía que sencillamente no podría sobrevivir veinticuatro horas sin jugar al golf. Por eso, se levantó a la madrugada el día de Iom Kipur, y caminó a la cancha de golf, seguro de que podía jugar nueve hoyos sin ser visto por nadie.
En el Cielo, esto provocó furia. Los ángeles no podían contener su ira ante la profanación del Iom Kipur, y se presentaron ante el Creador exigiendo una retribución inmediata. Haz que caiga un rayo y fulmine al pecador”, le dijeron.

El Todopoderoso respondió: “Déjenlo en Mis manos”
Los ángeles se hicieron a un lado y observaron mientras el rabino se preparaba para dar el golpe… y hacía hoyo en uno.
Los ángeles exclamaron al unísono: “¡Qué! Este hombre profana el día más sagrado del año y Tú lo recompensas con un hoyo en uno!”.
A lo cual el Creador respondió: “Pensad, mis huestes, pensad. ¿Ante quién puede alardear de ello hoy?”.

Sí, la aflicción de no tener con quién compartir un logro personal puede ser el peor sufrimiento de todos.
Un padre anciano puede vivir a miles de millas de distancia, pero mientras exista, uno se siente niño.

Poco después de llegar a los Estados Unidos en 1927, Papá fue de visita a Montreal, donde vivían muchos de sus Iandslait (compatriotas) ucranianos. Un hombre al que visitó tenía ochenta y seis años, y tras conversar un rato le dijo: “Rabino, ¿le gustaría visitar a mi padre?
“¿Su padre?”, preguntó asombrado Papá.
“Sí”, respondió el hombre. “Mi padre está en el asilo de ancianos. Tiene ciento catorce años, aunque lo niega. El dice que tiene solo ciento doce anos
Papá estaba encantado ante la perspectiva de conocer a un hombre tan anciano”. Acompañado de su ayudante, fue al asilo de ancianos. El hombre se hallaba descansando en la cama, evidentemente débil de cuerpo pero lúcido de mente.

Él anciano conté a Papá que había conocido personalmente a nuestro antepasado, el Maguid de Chernobl, quien murió en 1832.
El ayudante de Papá luego le dijo al anciano: “Me gustaría tener su longevidad”, a lo cual el anciano respondió sonriendo y meneando la cabeza: “No puedes tener mi longevidad pues la necesito para mí. Te conviene más tener tu propia longevidad”.
Luego el anciano se volvió a Papá y le preguntó: “Rabino, ¿fue a verlo mi bóichik ‘1?
A Papá le encantaba relatar este encuentro. Un hombre de ochenta y seis años, un bisabuelo, seguía siendo un “bóichik ‘1” porque existía un padre, de quien era hijo, a pesar de su edad.

Papá estaba preocupado por el número cada vez mayor de hijos que internaban a sus padres ancianos en instituciones. Sentía que esos servicios debían ser reservados a aquellas personas que no tenían la suerte de tener hijos que se ocuparan de ellos en su ancianidad, pero en los casos en que los hijos tenían los medios de mantener a sus padres fuera de una institución, se oponía enérgicamente a que los internaran en una institución.

Reconocía que la estructura de la sociedad, extremadamente industrializada, y el hecho de que eran cada vez más los casos en que ambos cónyuges trabajaran fuera de la casa todo el día, determinaría que cada vez fuera mayor el número de padres que terminarían en una institución, pero no podía resignarse a ello.

Cuando la gente le pedía consejo a Papá acerca de sí internar a un padre en una institución para ancianos, éste solía responder con el siguiente relato.
Cierta vez un tzadik salió a dar un paseo por la ciudad acompañado de un discípulo, cuando escucharon gritos de desesperación desde una casa cercana. Al investigar de dónde procedían, vieron a un hombre que arrastraba a su anciano padre hacia la puerta, decidido a arrojarlo fuera de la casa. El anciano lloraba y suplicaba misericordia, y le rogaba a su hijo que no lo echara.

El discípulo hervía de furia, y se sintió consternado al ver que su maestro, el tzadik, no hacía nada para poner fin a esta atroz conducta. En realidad, el tzadik observaba la escena por la ventana con perfecta calma, mientras las súplicas del anciano caían en los oídos sordos del hijo, quien persistía en
arrojarlo fuera de la casa. El discípulo se sentía obligado a poner fin a esta horrible escena, pero por respeto a su maestro, guardó silencio.

En el preciso instante en que el hijo hiciera trasponer el umbral al anciano, el tzadik se precipité dentro de la casa, tomó al hijo por el cuello, y
le dio una buena paliza y reprimenda, en castigo por la insolencia y
crueldad con que había tratado a su padre.
Al salir de la casa, el tzadik se volvió a su discípulo. “Sin duda te estás preguntando por qué permanecí en silencio durante tanto tiempo”, le dijo. “Verás, este padre anciano en su juventud también intentó arrojar a su propio padre de su casa, y logró arrastrarlo hasta el umbral. De modo que merecía también ser arrastrado hasta el umbral; pero cuando fue arrastrado fuera del umbral — ¡ah! eso fue más de lo que merecía, por eso intervine en ese momento.

Papá solía decir entonces: “Recuerden, la forma en que tratéis a vuestros padres servirá de ejemplo a vuestros hijos sobre cómo comportarse con vosotros cuando seáis ancianos. Ahora, podéis hacer lo que querais”.

¿Hasta qué punto debe llevarse la obediencia a los padres?
Una historia que solíamos escuchar era la del Zeide de Tzanz quien cierta vez se enredé en una discusión de índole legal con su hijo mayor, el Rebe Jézkel, una autoridad de primera línea en materia de halajá. Estaban en total desacuerdo, y en el calor de la disputa, el Zeide le dijo al Rebe Jézkel: “No vuelvas nunca más a pisar el umbral de mi casa
Rebe Jézkel salió de su casa por la ventana.

Las maravillas de la ciencia médica parecen haber originado graves problemas, al haber prolongado el promedio de vida humana y aumentar así considerablemente el número de ancianos de la población.
Casi todos los días los diarios de los Estados Unidos incluyen referencias a las crisis a las que deben hacer frente el fondo de asistencia médica para ancianos y el sistema de previsión social, que se ven amenazados por la quiebra. La solución propuesta de aumentar los impuestos de previsión social es rechazada por la población que trabaja, al tiempo que la propuesta de reducir los beneficios para los ancianos es enérgicamente rechazada por este último grupo de población.

Además de las dificultades físicas, sin duda reales, están los problemas de actitud. Todos creen no sólo que las necesidades de los ancianos deben ser satisfechas adecuadamente, sino también que esto debe hacerse sin rencor o resentimiento. Naturalmente, sería impropio adoptar cualquier otra posición. Inclusive a nivel individual, muchas personas reprimen totalmente su resentimiento.

En tanto los aportes para mantener un anciano jubilado antes eran compartidos pr diecisiete personas, ahora la carga recae sobre solo tres. Creo que las oportunidades de resolver algunos de los problemas que presenta el sector de la tercera edad de la población mejorarían si no tuviéramos que ocultar o reprimir nuestros sentimientos.

Papá solía citar a Léibl como ejemplo de una actitud saludable. Recuerdo al padre de Léibl: un anciano de virtuoso aspecto, de larga barba blanca. El padre de Léibl vivió con él durante muchos años, tras el fallecimiento de su madre, y Léibl otorgaba a su padre los honores y servicios que suelen reservarse solo a los reyes.

Mi padre ponía a Léibl de ejemplo de lo que debía ser la devoción filial, pero nunca dejaba de citar a Léibl diciendo: “Pá, no te regalaría por un millón de dólares, pero no compraría otro como tú ni por un níquel”
Al mismo tiempo coexistían el amor, la admiración y la devoción por el padre con la comprensión consciente de las dificultades que entrañaba su cuidado. Los dos sentimientos no son incompatibles y, de hecho, el reconocimiento de este último puede permitir que el primero se experimente y manifieste con mayor intensidad.

El final de mi adolescencia y mi juventud transcurrieron en esa época en que toda persona mayor de 35 años era considerada o senil o ignorante. La sabiduría de la juventud reinaba soberana. Aceptar la orientación o el consejo de los padres era considerado el epítome de la insensatez.
Yo, sin embargo, fui criado en la antigua y tradicional creencia de que las experiencias de la vida son el mejor maestro, y de que los padres que hayan recibido menos instrucción de los libros que los hijos, son, empero, en general, más sabios que sus hijos.

Papá solía contarnos acerca de un tío al que admiraba profundamente, y la admiración de Papá era un sello definitivo de aprobación del sistema de valores del tío.

Antes de entrar en este relato, es preciso hacer una aclaración. Entre muchas familias jasídicas en Europa, los matrimonios arreglados eran la
norma. La novia y el novio se conocían después de la boda, y no antes. Los compromisos eran a menudo sellados cuando las partes eran niños. Recuerdo que en la Bar Mitzvá de mi hijo mayor, cuando Papá le puso los tefilín por primera vez, le dijo bromeando: “Deberías estar avergonzado. Cuando yo me puse tefilín, ya llevaba dos años comprometido’.

Bisabuelo arreglaba los matrimonios de sus hijos por intermedio de personas próximas a él cuyo juicio respetaba, así como lo había hecho el Patriarca Abraham con su sirviente Eliezer. Cuando llegó el momento de arreglar una boda para el hijo menor, bisabuelo objetó. Bóruj era el mimado de la familia, y la elección de una esposa para él no seria encomendada a ningún extraño. Para Bóruj, bisabuela viajaría personalmente y escogería una esposa. Esta misión fue cumplida, y bisabuela regresó a casa con las buenas nuevas de Mazal Tov.

Poco después, la futura novia de Bóruj visitó una aldea cercana y las hermanas de éste fueron a conocerla. Regresaron prácticamente de duelo, pues la joven era muy poco atractiva. ¿Qué había hecho su madre, por qué había elegido una muchacha tan poco apropiada?

Bisabuelo estaba muy contrariado, e inmediatamente mandó un mensaje al mejútn (el padre de la novia) pidiéndole que la joven pareja se encontrara frente a frente. Entre las familias jasídicas, esto era inaudito, y una sugerencia de esta índole formulada por alguien de menor talla y autoridad que el Rebe habría sido rechazada de plano.

Bóruj no estaba de acuerdo en que se realizase el encuentro, Su madre había elegido por él, y sin duda había elegido sabiamente. No era necesaria su aprobación. Bisabuelo, al ver la preocupación de sus otros hijos, se vio obligado a imponer a Bóruj el mandato de la obediencia filial, y le ordenó que se encontrara con la joven. Si no. aprobaba, el compromiso se rompería.

Bóruj tuvo que obedecer la orden de su padre. Entró en el cuarto, saludó a la muchacha, le deseó un buen viaje de regreso a casa, y salió. A sus padres y ansiosas hermanas les dijo simplemente: Si Mamá dijo que ésta era la esposa adecuada para mí, entonces apruebo su elección

Tío Bóruj y su esposa tuvieron un matrimonio largo y feliz, mucho más rico en amor y afecto que muchos fundados sobre una base más romántica.
Que debemos honrar a nuestros padres lo aprendí de los Diez Mandamiento, que debemos confiar en nuestros padres lo aprendí de la estima que sentía Papá por el Tío Bóruj.

Extraído de “De generación en generación” Editorial Kehot

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