Cómo lidiar con emociones destructivas

Terapia del enojo
Un hombre, que frecuentaba un bar a la noche, solía rutinariamente tirarle copas al barman y a la gente sentada alrededor de él tomando. Además, solía asegurarse de, luego del arranque de violencia, rogar que lo perdonaran. Sufro de un incontenible arranque de enojo y estoy muy avergonzado de ello; por favor, perdónenme por mi vergonzante e imperdonable comportamiento”.
“Estoy tan avergonzado; me odio por esto…Por favor, perdónenme”.
Finalmente, el barman le dio un ultimátum. El hombre no podría volver al bar hasta que no haya hecho un tratamiento terapéutico durante un año. El hombre aceptó y no volvió a aparecerse por el bar.
Luego del año, el hombre apareció en el bar un anoche. He aquí que tomó de vuelta una copa y se la tiró derechito al barman.
“¿Qué es lo que sucede?”, rugió el barman.
“Bueno, como Ud sugirió, fui a hacer terapia”, respondió el hombre, “y ahora no estoy más avergonzado”.
No más alteración
El conflicto emocional que ha afligido a nuestros padres y abuelos ha sido curado con mucho éxito. Ya no más los días donde “cierre” era un término usado para las cremalleras y “negación” era un río en Egipto.
Bienvenida la era de la ansiedad en donde “malos hábitos se convierten en enfermedades, las debilidades son aflicciones y los pecados síndromes”, como explica Jon Winokur en su “Enciclopedia Neurótica”, una guía irreverente al mundo de neurosis y fobias. En ella, Winokur está en desacuerdo con la habladuría psicológica que ha transformado a los jóvenes delincuentes en niños sufriendo “desórdenes de conducta” y a los glotones en “comedores compulsivos”.
Un psicoanalista una vez dijo que durante los primeros 20 años de su carrera entre los años 50 y 60 observó la inversión de esto. La mayoría de los pacientes ahora vienen a su oficina jurando que odian a sus padres vehementemente, que sus padres son bestias desinteresadas y sus madres locas disfuncionales. “Me tomó cinco años demostrarles que debajo de este odio y enojo acecha un pequeño niño que busca desesperadamente el amor de su mamá y su papá”.
En este clima, afectándonos ya sea de una forma u otra, vale la pena prestar atención a un simple versículo transcrito hace más de 3000 años en la Biblia Hebrea, en esta porción semanal, Mishpatim.
El burro de tu enemigo
“Si ves al burro de alguien que odias agazapado debajo de su carga, y te frenas de ayudarlo, seguro debes ayudarlo”.
El lenguaje que utiliza es redundante. ¿Por qué era necesario discutir el posible pensamiento que quizá no desearías ayudar a tu enemigo (“Y te frenas de ayudarlo”) ?, en vez de dictaminar directamente la ley: “Si vez al burro de alguien que odias agazapado debajo de su carga, ¡seguro debes ayudarlo!”.
La respuesta es simple. La Biblia está puntualizando el reconocimiento del instinto de abstenerse de ayudar al burro de tus enemigos como algo legítimo y humano. Es perfectamente normal sentir que no quieres asistir a la persona que odias, incluso cuando su animal está sufriendo.
A pesar de que esta emoción sea natural, la Biblia nos está llamando la atención para desafiar a nuestro instinto y asistir al burro de nuestro enemigo de todas maneras. Este instinto perfectamente humano de odiar a un enemigo, no dictamina nuestras acciones.
Reconocimiento vs Dominación
Por el otro lado, la Biblia nos informa que no toda emoción es sagrada. Cuando el animal de alguien está sufriendo, debes ayudarlo, a pesar de guardar emociones negativas dentro tuyo contra el dueño del burro.
Hay dos lecciones significantes aquí, particularmente pertinentes para una era de disección de las emociones de la persona.
Para empezar, la Torá no cree en negar y en reprimir las emociones negativas; hacer creer que no existen. Simultáneamente con su insistencia que asistamos al animal de quien odiamos, la Torá remarca especialmente la mención del hecho que podemos guardar un deseo de abstenernos de extender una mano al sufrido burro de nuestro enemigo. El hecho que nuestras emociones no están siempre sincronizadas con nuestros ideales y valores, no nos reduce a fracasos morales.
Hace 850 años, el gran filósofo judío medieval, Moisés Maimónides, capturó la verdad en su código de la ley Judía:
“Cuando una persona le hace un mal a otro, éste último no debe suprimir su resentimiento y permanecer callado…sino más bien, se le ordena a hacerle saber (sus sentimientos) y preguntarle: “¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué me hiciste un mal en este caso?”…La Torá nos advierte sobre guardar odio en nuestros corazones”.
Uno de los problemas únicos de nuestra era es que las emociones de muchos de nosotros se han convertido en barómetros que determinan correcto de incorrecto. Hemos transformado nuestras emociones en deidades, idolatrándolas como si estuvieran investidas en verdades atemporales y absolutas: en un nuevo Di-s. Sugerirle a alguien que deje de ver sus emociones, subyugar el sentimiento, ignorar su estado de ánimo, es una forma de herejía. Nuestras emociones se han convertido en dioses y debemos obedecerlas a toda costa, incluso si esto puede ser perjudicial para nuestras relaciones, nuestro matrimonio, nuestros hijos, y nuestras longevas visiones.
En la ética bíblica, hay una crítica distinción que debe hacerse entre el reconocimiento de tus emociones vs. Dejarlas dictaminar tus emociones.
Cómo tratar a tus hijos interiores
En la literatura cabalística, nuestras facultades de cognición son comúnmente referidas como “padres” mientras que nuestras facultades de emociones son descritas como “hijos”. El significado de esta metáfora es vital: La relación entre nuestra mente y corazón, sugiere, debe reflejar una sana relación entre padres e hijos.
Cuando tu hijo comienza a gritar, debes reconocer su apuro, y examinar la causa de su arranque. Pero no puedes correr a llamar a una ambulancia basándote sólo en los gritos de un niño sin examinar antes la situación. Una clara distinción debe hacerse entre deslegitimar las lágrimas de tu hijo, que es cruel, a permitir estas lágrimas dictaminar tu casa y vida, lo que puede resultar un caos.
Una relación similar debe existir entre la mente y el corazón. Emociones, instintos, estados de ánimo y sentimientos son “niños”. Son lindos, espontáneos, vibrantes, inmaduros y salvajes. A veces están en algo muy real y serio, otras veces exageran o distorsionan la realidad. No debemos deslegitimarlas, suprimirlas o negarlas. Debemos estar muy conscientes de su existencia dentro nuestro. Como los niños, debemos intentar educarlas y refinarlas. Aún así no debemos idolatrarlas y darles todo el derecho de dirigir nuestras vidas.
Al ser las emociones valiosas, el sentido moral del bien y el mal debe preceder por sobre “No me siento con ganas de hacerlo”

Por Yosef Y. Jacobson

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