Las mujeres judías determinaron la Historia

Hay un aspecto de la historia judía que se destaca por sobre todos los demás y es el hecho de que se extiende durante unos tres mil quinientos años.

Este hecho por sí sólo hace que la historia judía sea realmente única y tan distinta de las historias de las demás naciones del mundo. Esto puede comprenderse únicamente si se tiene conciencia de que es la Divina Providencia la que determina la historia judía y pone a nuestro pueblo por encima de la “naturaleza”, vale decir, inmune a las leyes de la naturaleza Sin ello, nuestra pequeña nación, ‘el cordero entre los lobos” (Midrash Tanjumá, Toldot 5) no podría haber sobrevivido tantos anos. En Su infinita bondad y sabiduría, Di-s nos envió hombres y mujeres de valor y visión, jueces y profetas Divinamente inspirados, cuya dirección e inspiración nunca ha cesado de orientarnos con el correr de los años. Las mujeres judías han estado entre los dirigentes, los profetas y los jueces que han desempeñado una función decisiva en la historia judía. ¿Quiénes fueron estas grandes mujeres? Echemos una rápida mirada al pasado y conozcamos a algunas de estas “grandes”.

Nuestras matriarcas: un ejemplo para todos los tiempos

La primera mujer, Javá, fue llamada la “madre de todos los vivientes”, en tanto que jamás se hizo referencia a Adán como el padre de todos los seres vivientes. Se trata de un hecho significativo que, desde el comienzo mismo, establece las cualidades esenciales de la mujer como “madre”, dadora y perpetuadora de la vida.
La historia judía comienza con Abraham y Sará, unos dos mil anos después de la Creación. Al estudiar la vida de nuestros antepasados, tal como se relata en la Torá, vemos no sólo su grandeza, sino también el modo en que transmitieron esta grandeza a sus hijos. Son nuestros padres y madres quienes sentaron un precedente para nosotros. Es merced a este precedente que pudimos, en generaciones pasadas – y presentes, hacer gala de gran fuerza espiritual, ya sea en nuestra fe’ bondad, justicia, o cualquier otra característica judía. Nuestros Sabios señalan un hecho significativos en relación con la palabra Israel: nombre dado a laacov y por el que se conoce a todos los judíos. Cada letra del nombre “Israel” corresponde a uno de nuestros Patriarcas y Matriarcas. La iud corresponde a Itzjak: y Iakov, la shin corresponde a Sará, la reish a Rivká y Rivká, la alef a Abraham y la lamed a Leá. Todo judío, todo Israel, lleva dentro de si las características y el potencial de grandeza de nuestros padres y madres y el potencial de ser tan grandes como fueron éstos en sus acciones.
Sará, la primera de nuestras madres, junto con Abraham, trabajaron para educar a las mujeres y los hombres de su generación, ayudándolos a comprender la existencia del Solo y Único Di-s.
Cuán grandes fueron los logros de Sará dentro de la comunidad en general, mayor aún fue su repercusión en el hogar. Sari estableció un hogar consagrado a los valores de la Torá, un hogar en el que imperaban la paz, la bondad y la honestidad. En este hogar crió a su hijo Itzjak. Sará se esmeró por educar a su hijo y luchó denodadamente por impedir que toda mala influencia penetrara en su hogar. Por esta razón Sari pidió a Abraham que echara a Hagar, su sirvienta, y a Ishmael, el hijo de ésta – un joven de hábitos salvajes y malos. Di-s instruyó a Abraham en el sentido de que “todo lo que Sará te diga – has de escuchar su voz” (Génesis 21:12). Entonces Abraham echó a Hagar e Ishmael. La Torá nos enseña que mientras Sará vivió, su hogar fue bendecido de varias formas. Siempre había una nube de gloria -la Presencia Divina- sobre su tienda (correspondiente a la mitzvá de la Pureza de la Familia), nube ésta que se desvaneció cuando Sará murió, y que volvió a aparecer cuando llegó Rivká, la esposa de Itzjak. En su tienda siempre brillaba una luz, desde erev Shabat. Cuando murió, la luz se extinguió y volvió a brillar una vez más cuando Rivká entró en la tienda. Del mismo modo, la masa que preparaba estaba bendita.
Al elegir una esposa, Itzjak buscó una mujer realmente piadosa y recta que continuase la labor de Sará y contribuyese a sentar raíces firmes para el pueblo judío. Halló esto en Rivká, nuestra segunda Matriarca. Pese al medio ambiente maligno de Jarán, en el que se crió,
Rivká resultó ser una mujer virtuosa capaz de transmitir la Torá a sus lujos. Era suficientemente sensible y perspicaz como para comprender la diferencia que mediaba entre sus dos hijos, Iaacov y Esav (Genesis 25:28). Era suficientemente valiente como para actuar conforme a esta diferencia y alentar a laacov a fin de que desarrollara su potencial pleno. Iaacov, a su vez, contrajo matrimonio con Rajel y Leá (nuestras tercera y cuarta Matriarcas), madres de las doce tribus de Israel. Los doce hijos que tuvieron fueron rectos y de ellos surgieron las seiscientas mil almas originales – el núcleo de nuestro pueblo.

Dos grandes mujeres en épocas bíblicas

Hubo siete Profetisas que inspiraron a nuestro pueblo en su capacidad de dirigentes y juezas. Una de éstas, Deborá, vivió en la época de los Jueces, hace tres mil años. Condujo a su nación a la batalla en contra de Sisrá, el poderoso y temido general de los ejércitos del Rey de Canaán, opresor de los judíos. Su inspirador Canto de Triunfo, en el que Deborá alaba a Di-s por la victoria, es cantado por el pueblo judío hasta el día de hoy y es un perfecto ejemplo de su noble espíritu y piedad. Deborá fue la dirigente respetada de su pueblo. Lo instruyó, aconsejó y juzgó, al tiempo que mantuvo su modestia y humildad.
Una extraordinaria mujer que vivió en la época de los jueces fue Ruth. Ruth era una princesa Moabita inspirada en elevados ideales. Estaba sumamente insatisfecha por la adoración de ídolos practicada por su propio pueblo y cuando se presentó la oportunidad, gustosamente renunció al privilegio de la realeza en su tierra, se convirtió, y aceptó una vida de pobreza entre el pueblo al que admiraba. Su amor al judaísmo era tal que cuando su suegra, Naomí, la instó a que permaneciese en Moab después de la muerte del esposo de Naomí, Elimelej, en lugar de regresar a Israel a sufrir penurias y tiempos difíciles, ésta suplicó a Naomí con estas conmovedoras palabras: No me pidas que te deje, ni que me vuelva de en pos de ti; porque dondequiera tu vayas, iré yo; y dondequiera tú mores, moraré yo, tu pueblo es mi pueblo y tu Di-s es mi Di-s; donde tú mueras, moriré yo y allí seré enterrada; que así me haga el Señor, y más aún, si algo más que la muerte nos separe a ti y a mí” (Ruth 1:16 y 17). Su constancia, su lealtad total a Naomí y su modestia ganaron la admiración de todos los que la conocieron. Especialmente impresionado y atraído a Ruth por sus virtudes fue Boaz, el juez de Israel de esa época. Este era un próspero terrateniente en cuyos campos Ruth recogía los restos de la cosecha para proveer de sustento a su suegra y a sí misma. Boaz contrajo matrimonio con Ruth y así ella fue recompensada mediante abundantes riquezas, tanto físicas como espirituales. Boaz y Ruth tuvieron un hijo, Obed, quien, a su vez, tuvo un hijo, Ishai. El hijo más joven de Ishai fue David, que se convirtió en el bienamado rey del pueblo judío. Ruth se convirtió en la madre de la Casa Real, cuyo último descendiente, el Mashiaj, vendrá pronto y redimirá a nuestro pueblo.

Janá: madre por excelencia

Otro ejemplo de grandeza puede verse en Janá, la madre de Shmuel. Shmuel fue el último de los jueces, y uno de los más grandes profetas que nuestro pueblo haya tenido jamás. Janá fue la madre judía por excelencia. En Rosh Hashaná se da lectura a la conmovedora historia de Janá y de su hijo, Shmuel, lo cual es en sí mismo evidencia de su gran importancia. Janá y su esposo Elkaná desempeñaron una función decisiva en atraerlos corazones de otros judíos hacia DiDi-s y hacia Su Santuario en Shiló. Tres veces al año, como se estipula en la Torá, hacían un peregrinaje a Shiló para celebrar las festividades. Deliberadamente tomaban cada vez distintos caminos, a fin de establecer contacto con la mayor cantidad posible de gente en su viaje a Shiló. Cuando la gente veía a Elkaná, Janá y a su caravana, muchas personas se les unían por el camino. Se estableció así un estrecho vínculo entre Israel y su centro religioso, Shiló.
Janá tenía conciencia de la importancia de sus logros, pero seguía habiendo un vacío en su vida: no tenía hijos Su corazón estaba dolorido y todo su ser anhelaba el mayor tesoro: un hijo. Mientras estaba en Shiló, Janá oró fervientemente para que le fuera concedido éste, el más precioso de los dones, y prometió que si tenía un hijo, consagraría toda la vida de éste a Di-s. Nuestros Sabios aprenden muchas leyes acerca de la plegaria de Janá en Shiló. Di-s respondió a sus plegarias y Janá dio a luz a Shmuel. Su júbilo no tuvo límites. Los primeros años los dedicó exclusivamente a su hijo y a su formación. Consideró que esto era tan importante que, durante los prime-ros años posteriores al nacimiento de Shmuel, permaneció en la casa con él y ni siquiera participó en los peregrinajes anuales. Fiel a su palabra, después de pocos años, llevó a Shmuel a Shiló y lo encomendó al cuidado de Eli, el Cohen Gadol -Sumo Sacerdote-, y dirigente de los judíos de entonces. Fue bajo la orientación de Eli que Shmuel aprendió mucho y se consagró al servicio de Di-s. Finalmente se convirtió en el bienamado dirigente de su pueblo, profeta y encargado de ungir a los Reyes de Israel.

Purim y Janucá: tributo a la mujer

Muchos años más tarde, en los días de los Reyes, encontramos otra gran mujer, la profetisa Julda. El Rey Ioshiahu recurrió a ella en busca de orientación y comprensión acerca de la voluntad de Di-s y se sintió tan profundamente inspirado por sus palabras que convenció a su pueblo para que retornase a Di-s.
Mgunos años más tarde, el primer Templo fue destruido y los judíos fueron exiliados a Babilonia por Nebucodonosor. Tras la calda del Imperio babilonio surgió el poderoso dominio persa. Muchos de los judíos exiliados vivían en Shushán, capital de Persia. En este sitio vivía una extraordinaria mujer judía, la Reina Ester, que salvó a todo su pueblo de la aniquilación completa. En los días del Rey Ajashverosh el malvado Hamán ocupaba el cargo de Primer Ministro y se regodeaba en su poder y gloria. Hamán era descendiente de Amalek, el implacable enemigo de Israel. Su odio contra los judíos no conocía limites y se volvía aun más pronunciado cuando Mordejal lo desafió y se negó a inclinarse ante él, según lo estipulado por el decreto real. Hamán se enfureció de tal modo con Mordejai que decidió vengarse contra toda la nación judía. Para ello, se valió del poder absoluto en él investido por el rey. Su plan tenía por objeto la aniquilación total y absoluta de todos los judios que vivían en los cientoveintisiete paises del Imperio persa. La reina Ester, la bienamada reina del Rey Ajashverosh, se enteró de este plan firmado y sellado oficialmente y, junto con su primo Mordejai, decidió frustrar los planes de Hamán. Mordejai alentó a Ester y ésta a su vez, lo instruyó a que reuniese al pueblo en plegaria sincera y arrepentimiento para que ella obtuviera éxito en su misión ante el rey. Su fortaleza y su fe en Di-s le ayudaron en esta crisis tan decisiva, pues de ella dependía la suerte de su pueblo. Merced a sus abnegados esfuerzos su pueblo se salvó. El milagroso curso de los acontecimientos, la caída de Hamán y la posterior victoria de los judíos sobre su enemigo el día 14 de Adar se conmemora y recuerda hasta el día de hoy mediante la celebración de Purim.
En los días de Matitiahu, bajo el dominio sirio, se impusieron muchos decretos crueles en contra de los judíos, para inducirlos a abandonar el modo de vida basado en la Torá. Bajo la persecución religiosa del rey Antioco muchas personas fortalecieron su fe y muchas murieron como mártires por defender la Torá y su observancia. Los más destacados de estos mártires fueron Janá y sus siete hijos. Cuando los soldados del rey rodearon al pueblo para obligarlo a venerar un ídolo, cada uno de los siete hijos de Janá se negó a hacerlo, tal como ella les había enseñado a no hacerlo, y éstos fueron asesinados ante sus propios ojos. Luego la valerosa mujer también murió en aras de la glorificación del nombre de Di-s.
Otra heroína de esa época fue la hija de Matitiahu. Ella fue quien proporcionó el primer incentivo para que el pueblo se rebelara. En un dramático y extraordinario acto de abnegación, instigó a todas las mujeres que tenían hijos pequeños a que escalaran los muros de la ciudad con sus hijos. En lo alto de los muros circuncidaron a sus hijos y luego saltaron, hacia su propia muerte y la de los hijos que llevaban en sus brazos. Ante esta muestra de coraje Iehuda Macabi condujo a los hombres a la guerra en contra de los sirios, y obtuvieron una resonante victoria. Para conmemorar esta milagrosa victoria de los “¡pocos en contra de los muchos, de la luz en contra de la oscuridad”, celebramos Janucá.
En la época de los Tanaím (Sabios de la Mishna hallamos a Bruria, la brillante esposa de Rabí Meir. Esta fue, por derecho propio, una destacada estudiosa, cuyas opiniones eruditas son citadas – con respeto por nuestros Sabios.

El heroísmo detrás de la cortina de hierro

A su manera, las mujeres judías de la historia contemporánea han dado muestras de grandeza y heroísmo. Si examinamos los anales de la historia, los recientes y oscuros años de la Europa de Hitler, un significativo acontecimiento registrado por un diarista anónimo nos dice mucho. Al ver que habla dos mujeres encintas en el gueto tic Varsovia, este diarista observa: “Si en estos tiempos oscuros y crueles una mujer judía reúne suficiente coraje como para traer un nuevo ser judío al mundo y criarlo, este es un acto de gran heroísmo y coraje. . . Al menos simbólicamente estas heroínas judías anónimas no permiten la extinción toral de los judíos y de la judería” (“The War against the Jews” -’La Guerra en contra de los Judíos’- por Lucy S. Davidowicz, pág. 221).
Y podemos citar asimismo las persecuciones de que son objeto los judíos bajo el gobierno ruso. Una destacada heroína de ese periodo fue la Rebetzin Janá Schneerson, bendita sea su memoria, madre del actual Lubavitcher Rebe, Rabí Menajem M. Schneerson.La Rabanit Jana Schneerson nació el 28 de Tevet de 1879 , hija de Rabi Meir Shlomo Halevi Yanovsky, rabino de la ciudad de Nikolaiev, y de la Rabanit Rajel Poshnitz.Su educación le fue impartida por su padre y su abuelo, Rabi Abraham David.En el año 1898 se casó con Rabi Levi Itzjak Schneerson, rabino de la ciudad de Iekaterinoslav, y Gran Rabino de Ucrania.
El mayor de sus tres hijos, Rabi Menajem Mendl Schneerson es quien se convertiría luego en el séptimo Rebe de Lubavitch.
No sólo fue la gran esposa de un gran rabino, y la excelente madre y educadora de un líder extraordinario sino que además su fuerte e interesante temperamento hicieron de ella una personalidad destacada dentro de la historia de nuestro pueblo.
La Rabanit Jana falleció el Shabat 6 de Tishrei de 1965.
En cierta ocasión se refirió así: ” Conozco bien a mi hijo y puedo asegurar que además de su conocimiento sobre el mundo, es un erudito de la Torá, que percibe por cierto, que soplan vientos de asimilación que hacen peligrar al judaísmo,entendiendo y sabiendo dar la respuesta verdadera a estos problemas!”
Desde 1939 hasta 1944, su esposo, Rav Levi Itzjak, z”l fue enviado a exilio por el gobierno ruso a la ciudad de Chi’ili del estado de Kazaklistán por ser un activista religioSo. La Rebetzin Janá abandonó su hogar en Jekaterinoslav (actualmente Dniepropetrovsk) para emprender el largo y peligroso viaje a Kazakhstán a fin de llevar a su marido alimentos, utensilios de cocina, y una copia del Tania y el Zohar. Pese a las tremendas penurias de los inviernos extremadamente fríos y los veranos insoportablemente calurosos, caracterizados por enjambres de mosquitos, la Rebetzin Janá prefirió permanecer allí a fin de aliviar el sufrimiento de su esposo. Rav Levi Itzjak llenó los márgenes de las páginas de sus libros de observaciones cabalísticas originales. Tales comentarios fueron posibles merced a las tentativas de la Rebetzin Janá coronadas por el éxito, en la fabricación de tinta con hierbas y plomo triturado. Esta compartió auténticamente con su marido el mérito del estudio de la Torá de aquel y la posterior enseñanza de sus escritos. Los esfuerzos combinados de marido y mujer produjeron para la posteridad un valiosísimo caudal de sabiduría.
Actualmente también hay mujeres valerosas y abnegadas. Ahora que, merced a la ayuda de Di-s, algunas familias que vivían detrás de la cortina de hierro han podido encontrar la libertad, se conocen numerosos relatos acerca de su fe y observancia de la Torá en las circunstancias más difíciles. Estas mujeres son ejemplos vivientes de los méritos de sus hermanas de tiempos bìblicos. Una mujer que acababa de ser liberada de Rusia con sus diez hijos relató cómo logró mantener una mikvá kasher oculta en su jardín, lo cual le permitió observar la mitzvá de Taharat Hamishpajá. Otras son menos afortunadas y deben viajar muchos kilometros todos los meses en busca de una mikvá para hallarla a menudo cerrada o clausurada como resultado de la vigilancia de las autoridades soviéticas.

Mantengamos viva la importancia de Akeret Habait hoy

Esposa, madre, jueza, profetisa, erudita y mártir son las distintas esferas en las que se han destacado nuestras mujeres, ya sea en el sector privado o público. Actualmente podemos mantener el carácter esencial de nuestra mujer judía y el papel que le corresponde dentro del destino judío. ¿Qué hace que la mujer judía continue desempeñando ese papel? ¿Que es lo que le posibilita estos grandes actos de heroísmo? La respuesta reside exclusivamente en su total observancia de la Torá y las mitzvot, en particular aquéllas que son su responsabilidad primordial como esposa y madre de futuras generaciones, a saber, las leyes de jalá (cashrut), nidá y hadlacá (el encendido de las velas) – acrónimo que corresponde al hombre judío Jana. La akeret habaít, el “fundamento del hogar judío”, es la mujer, la Tora es su guía, y las mitzvot son su fuerza. Oremos por que las grandes mujeres de nuestra historia nos inspiren a llevar una vida más plena y significativa.

FREIDA SHAPIRO Y MASHA ZWEIBEL

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