Las Bendiciones de la mañana: su versión y la mía

He notado recientemente que mi marido se toma unos minutos más para recitar sus bendiciones de la mañana. Claro, tiene una buena razón para hacerlo, ya que estoy esperando, si Di-s quiere, nuestro sexto hijo. Sé que reza por la salud y bienestar de su agrandada familia…

Pero hay una bendición, en particular sobre la que yo me pregunto si se detiene para dedicarle extra contemplación. ¿Han asumido las palabras “gracias, Di-s, por no hacerme mujer” un significado más profundo para él cuando las recita?

¿Cuando me ve lidiar con mi cansancio y mis náuseas, con mis hormonas rabiosas, dolores e incomodidades, con seguridad él no puede ayudarme, sino sentirse agradecido por estar exento de esa carga?

En estos días, mi mundo ha cambiado dramáticamente. Mientras me estremezco con la maravilla de una vida que crece dentro de mí, la espera es horriblemente difícil.

Hasta hace poco, me despertaba llena de energía, ávida de encarar los desafíos del nuevo día. Confrontando los nuevos proyectos en el trabajo, implementando nuevas estrategias, inventando nuevos programas, formulando nuevas ideas. También me encargaba de mi casa, de mis niños, inventando nuevas actividades de interés para ellos.

Hoy en día, sin embargo, mis mañanas comienzan con malestares que conducen a una sensación de pesadez, letargo e inmovilidad. Mis días giran alrededor de intentar sobrevivir una hora tras otra, hasta que el sueño incierto de la noche proporciona algún refugio al atormentador malestar.

Así es cómo paso mis días, semana a semana, mes a mes.

Ya no me siento en control de nada. Mi cerebro y mi cuerpo parecen estar trabajando de la mano en una gran conspiración contra mí. Cualquier pensamiento con el menor grado de complejidad se me hace difícil. Mi cuerpo crece fuera de control, los kilos se acumulan uno arriba de otro, borrando cualquier vestigio de agilidad. “Energía” es una palabra del pasado, el ejercicio más ligero es un esfuerzo más allá de mi capacidad.

Pero aún en este estado me daba cuenta de ciertas cosas, como si un nuevo espacio de conocimiento se hubiera abierto dentro de mí.

He comprendido, simplemente, que mi situación y mis circunstancias no están en mis manos controlar. Mientras hago lo poco que puedo, mientras me esfuerzo por ordenar y ejecutar mi vida, me doy cuenta que todo –proyectos del trabajo, mi salud, las actividades o problemas de mis chicos, e incluso mi propio proceso mental–ya no me pertenecen exclusivamente.

El claro reconocimiento me ha iluminado de que Tú, Di-s, lo estás orquestando todo.

Mientras me veo forzada a abandonar las riendas del control –parte íntegra de mi personalidad–me enfrento a una nueva realidad. Me veo obligada a recurrir a Ti y a Tu mando. Y cuando me suelto y entrego, relegándolo todo a Ti, con sorpresa encuentro que no es tan duro, que hay una nueva almohada de fe y consuelo.

Mi marido siente empatía con mis dolores e incomodidad, e intenta ofrecerme una ayuda práctica. Él reza en nombre mío y de nuestra familia con devoción y extra concentración. Y agradece a Di-s con cierto alivio por no hacerle pasar por esta fisiológica y emocionalmente debilitada condición. Como hombre, él puede participar totalmente del nacimiento de un nuevo ser, sin la necesidad de transformarse y pasar por tal penoso proceso.

En cuanto a mí, mientras intento enfocar mi mente en el rezo, también dedico más tiempo a mis plegarias en la mañana.

Yo, también, Te agradezco, Di-s. Te agradezco por todo lo bueno en mi vida. Te agradezco por mi marido y mis hijos. Y Te agradezco por la bendición de una nueva vida dentro de mí.

Quizás deba agradecerTe también mis molestias y dolores (sabiendo que el resultado último hará que todo haya valido la pena) pero, honestamente, no puedo. Quizá es porque realmente no puedo entender por qué tales malestares daban preceder a tan enorme alegría. O quizás simplemente es porque, mientras eso está por suceder, yo sufro.

Pero las gracias genuinas que yo sí Te ofrezco son por la posibilidad de darme cuenta, a través de todo esto, que los dolores–que el sufrimiento en Tu mundo, y que todo lo bueno y malo que Has decidido entremezclar en las vidas de Tus criaturas–ocurre exactamente de acuerdo a Tu plan, de acuerdo a Tus deseos.

Te agradezco por haberme dado la conciencia que Tu cuidas íntegramente de mí. Alivia mi mente saber que Tu lo controlas todo, exactamente como debe ser.

Y retirándome a ese espacio, a esa confortable almohada de fe, aceptando que Tú estás en control–aún si yo lo aprecio o no, si lo entiendo o no–me hace decir mis bendiciones con ese poquito extra de convicción.

Me tomo un momento para hacer una pausa y reflexionar, mientras leo la bendición que las mujeres han recitado reemplazando la que tradicionalmente los hombres leen. Digo con sincera y absoluta honestidad: “Gracias, Di-s, por hacerme a mí –y Tu mundo–exactamente como Tu lo has planeado”.

Chana Weisberg

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