La plegaria y la mujer

La plegaria es una de las actividades centrales en la vida del judío. Inicia su día con una plegaria a flor de labios y lo culmina con otra. Además, muchos de sus actos más elementales y comunes están acompañados de una breve oración…

La plegaria es una de las actividades centrales en la vida del judío. Inicia su día con una plegaria a flor de labios y lo culmina con otra. Además, muchos de sus actos más elementales y comunes están acompañados de una breve oración.

La plegaria, en el judaísmo, es conocida con el término Avodá shebalev, el ‘servicio —o labor— del corazón’. Es una experiencia personal intensa en la que el ser humano extiende ante Di-s sus intereses más recónditos, tal cual lo refleja el Salmista en sus palabras: “Plegaria del hombre afligido, cuando se haya preocupado, y ante Di-s derramará su hablar” (Salmos 102:1).

Para los judíos, el paradigma de la plegaria es Janá, la mujer bíblica de quien se nos dice: “Y Janá habló (a Di-s) de lo que guardaba su corazón; sólo sus labios se movían mas su voz no se escuchaba” (Samuel 1, 1:3). Ese aspecto privado de la plegaria se encuentra garantido por su silencio.

En todos los preceptos en que se requiere de una persona que diga algo, hay un principio que estipula que shoméa keoné —quien oye a otro pronunciar la declaración requerida es considerado como si él mismo también la hubiera pronunciado. De ese modo se requiere de todos los judíos que lean la Meguilá—el Rollo de Ester— en Purim, pero cada cual puede cumplir con su responsabilidad al oírla de otro que lo hace también por él. Empero, el Talmud Jerosolimitano (Berajot 3:3) sugiere que tal principio no se aplica en el caso de la plegaria, dado que ésta es demasiado personal como para poder realizarse a través de un delegado. “Cada cual”, expresa, “debe implorar misericordia por sí mismo”. Cada uno debe pedir para sí.

La obligación de orar se aplica a la mujer de igual modo que al hombre (Talmud, Berajot 20b). Y su plegaria es igualmente aceptada por Di-s.
La Mishná nos dice: “Las mujeres. . . están exentas del recitado del Shemá y de vestir los Tefilin, pero están sujetas obligación de plegaria, mezuzá, y el Agradecimiento Posterior a las comidas” (Ibid.). El análisis Talmúdico de esta Mishná tiene variantes textuales, y de allí cierta controversia respecto de su interpretación correcta. La versión que nosotros encontramos impresa en nuestros textos dice así:

“El motivo por el cual también ellas estén incluidas en la obligación de plegaria es que la misma significa el pedido individual de merced Divina (y también las mujeres precisan de misericordia). Podría haberse pensado que, dado que el versículo de los Salmos indica que se debe orar de mañana, de tarde y de noche, podríamos haber considerado a ésta como un mandamiento positivo delimitado a un tiempo específico (y de ser así la mujer quedaría eximida). En consecuencia, la Mishná nos informa que, en virtud del mencionado motivo, las mujeres se incluyen igualmente en la obligación “.

Tosafot acepta esta versión con una leve variante. La conclusión es clara:
la mujer, al igual que el varón, debe orar diariamente. Puesto que la naturaleza especial de la plegaria se impone al hecho de ser un precepto positivo delimitado a un tiempo especifico, no hay diferencia entre la responsabilidad de cumplimiento que le cabe a una mujer o a un varón.
Rashi enmienda el texto a causa de ciertas dificultades técnicas, pero concuerda con Tosafot en el sentido de que la obligación de orar de varones y mujeres es idéntica. Y ambos concuerdan en que la obligación de plegaria diaria es de origen rabínico.
Una postura opuesta es presentada por Rabí Itzjak Alfasi y Maimónides. El texto dice:

“Las mujeres están oblagadas con los preceptos de plegaria, mezuzá y agradecimiento después de las comidas, por cuanto éstos son mandamientos que no estén limitados a un tiempo específico. Las mujeres son responsables del cumplimiento de todos los preceptos positivos que no estén limitados a un tiempo determinado”.

Maimónides observa a la plegaria en dos niveles. La Torá requiere que la persona ore al menos una vez en el día. En la ley bíblica, tanto el momento como el texto de su oración son opcionales y pueden variar de un individuo a otro. Los Sabios introdujeron un texto predeterminado así como la obligación de orar dos veces en el día en momentos específicos.
Cuando describe la obligación bíblica, Maimónides concluye:

El número de plegarias que la persona recite cada día no es de origen bíblico. El texto de la plegaria tampoco. La estipulación de un horario definido para la oración no es bíblica. Por ende, las mujeres están incluidas en el mandato de orar, por ser un precepto positivo no ligado a un tiempo específico”.

Maimónides dice que la mujer y el varón poseen el mismo grado de obligación en el requerimiento de rezar de acuerdo a la Torá, pero no analiza si las mujeres también se incluyen en el aspecto rabínico de la plegaria, es decir, un texto definido recitado dos veces diariamente. La mayoría de las autoridades opinan que Maimónides concuerda con Rashi y Tosafot en el sentido de que la mujer y el varón son idénticamente responsables en todos los aspectos de la plegaria.

En tanto la opinión de Maimónides tiene diversas interpretaciones, dos explicaciones parecen ser las más ampliamente aceptadas entre los legisladores religiosos. La primera es que Maimónides acepta los razonamientos de Rashi y Tosafot a pesar de que su texto varía con el de ellos. El segundo enfoque es que el agregado rabínico se aplica a todos los que están incluidos en la obligación bíblica original. Y dado de que también las mujeres lo están, también a ella se aplica lo instaurado por los Sabios.

El Maguén Avrabám es la primer autoridad que sugiere la posibilidad de que haya una diferencia entre las obligaciones del varón y las de la mujer. El opina que las obligaciones son idénticas, pero nota que muchas mujeres observantes, de hecho, no oran dos veces al día. Aparentemente, dice él, ellas se aferran a otra autoridad que asumió, al igual que Maimónides, que la plegaria es de origen bíblico. Lo que es más, estas autoridades habrán asumido que las mujeres están únicamente obligadas a los aspectos de la plegaria requeridos por la Torá. la Torá. El aspecto rabínico de la plegaria, vale decir, un texto específico dos veces al día, es un precepto positivo delimitado a un momento determinado, caso en el cual la mujer está exenta de su cumplimiento. Este enfoque no es presentado por el Maguén Avrahám como propio, sino como justificativo de una práctica que prima facie se contradice con la lectura común de los pasajes talmúdicos relevantes.

La mayoría de las autoridades siguientes concuerdan con el Maguen Avrahám en el sentido de que no hay un fundamento sólido para la práctica prevalente entre las mujeres que no rezan dos veces al día: en primer lugar, por cuanto el enfoque de Maimónides en relación a la plegaria no es ampliamente aceptado; y en segunda instancia, puesto que no está del todo claro que siquiera Maimónides excusaría a las mujeres del aspecto rabínico de la oración —un texto específico para dos oportunidades del día—.
Esta discusión, sin embargo, sólo atañe a las oraciones matutinas y de la tarde —Shajarit y Minjá—. La oración de la noche—Maariv—, era considerada antaño como opcional. A pesar de ello, dado que los varones han tomado a esta plegaria también como obligatoria, así se ha vuelto para ellos. No es así el caso de las mujeres. Ellas no han asumido la obligatoriedad de Maariv y por lo tanto no es obligatoria para ellas.

En tanto la Mishná excluye textualmente a las mujeres de la obligación de recitar el Shemá, el Shulján Aruj expresa que las mujeres deben ser entrenadas y estimuladas a hacerlo, presumiblemente dos veces al día.
Empero, en adición al aspecto esencial de la oración, de orden privado, se ha agregado también un aspecto público. Ello sucede de una doble forma:
Tefilá betzibur —oración—, y Tefilat hatzibur —oración de la comunidad—.
En el caso de la primera, la plegaria conserva su aspecto privativo. Un grupo de individuos, unidos por un cometido común integrado por su peculiar e individual experiencia en la oración, reza simultáneamente. Así, parte de la plegaria comunal es el recitado del Shemoná Esré individual, por parte de cada feligrés. Pero dado que la plegaria es una experiencia tanto individual como particular, se recita la Repetición del Oficiante —Jazarat hashatz— por la comunidad, es decir, como Tefilat hatzibur. Es cierto que inicialmente había sido introducida en beneficio los analfabetos que no podían orar por medios propios, pero, una vez introducida, asumió un carácter totalmente diferente.

Dado que una persona no puede actuar como apoderado de otra en caso de la plegaria, se introdujo una nueva forma de oración en beneficio de la comunidad toda. Todos los miembros de la comunidad, oren o no individualmente, debían participar de esta plegaria comunal adicional. Para los iletrados, éste era la única forma de plegaria, y les daba la posibilidad de cumplir su propia responsabilidad de rezar. Para el erudito, en tanto que se le requiere esta forma de plegaria, también se le exigía la oración personal e individual, y él se eximía de su responsabilidad únicamente a través de ambas.

El Talmud considera a la plegaria comunal como superior a la individual, y por ende de mayor aceptación.
Maimónides, parafraseando al Talmud, dice Di-s siempre oye la oración de la comunidad. Incluso si hay pecadores entre ellos, Di-s, bendito sea, no rechaza la plegaria de la comunidad. Por eso, cada uno debe asociarse a la plegaria de la comunidad y no orar individualmente, en privado siempre que pueda hacerlo en comunidad”.

Existe, sin embargo, una diferencia crucial y crítica, entre lo que se urge preferentemente y lo obligatorio. Este es un hecho que la Asamblea Rabínica conservadora ha pasado por alto al decidir la inclusión de mujeres en el Minián.

El Talmud no analiza explícitamente si el individuo está obligado a buscar un minián —el quorum comunitario para la oración— y orar junto con ellos. Esta cuestión es abordada, en lugar de ello, por los comentaristas medievales. Rashi, a partir de una declaración Talmúdica, arriba a la conclusión de que el individuo tiene la obligación de orar con un Minián. Najmánides, tomando su inicio de otro pasaje talmúdico, no está de acuerdo. Si hay diez varones adultos presentes, pues entonces deben pronunciar sus oraciones en conjunto de la manera prescripta, pero el individuo no está obligado a buscar un minián.

El razonamiento de Najmánides se basa en una importante distinción. Ciertas obligaciones recaen sobre individuos. Por ejemplo, se requiere de cada judío que ore, esté o no presente un minián. Del minino modo, el precepto de Shofar incumbe a cada individuo. Otras obligaciones son comunales. Ello quiere decir que cuando un minián —una comunidad en miniatura— está reunido, mis miembros deben actuar de una determinada manera. Tal es el caso de la plegaria comunal. No hay obligación de que el individuo busque un minián, pero si éste está, ya no puede actuar individualmente y sus integrantes deben orar en conjunto.

Najmánides introduce una tercera categoría que combina rasgos de las obligaciones comunales e individuales: mitzvot que son obligaciones individuales pero que pueden cumplirse sólo en presencia de un minián. Por ejemplo, el Talmud cita las palabras de Ray Asi, quien dice que cada uno debe oír la lectura de la Meguilá en Purím en presencia de un minián. Ray Asi sostiene que la obligación de Meguilá es individual pero un minián es necesario para su apropiada realización.
De acuerdo a todas las autoridades, la plegaria comunal es importante y Di-s la acepta con mayor disposición que la individual. Rashi lo observa como una obligación individual que sólo puede cumplirse junto a minián. Najmánides lo ve como una obligación comunal y por ello legisla que un individuo tiene que, pero no está obligado a, orar con un miman.

Llegado a este punto, debemos volver a nuestro análisis inicial. La dimensión interior de crecimiento es la esencia del acto heroico judío, y también a la mujer se ha urgido a desarrollar este rasgo de la personalidad en su mayor grado. Así, a ella se le ha asignado el rol privado, mientras que al hombre se le ha destinado el público. Pero, en la perspectiva judía, el mantenerse oculta de la mirada pública no denota ni implica inferioridad. Además, debemos recordar un factor vital: lo público y lo privado no son categorías excluyentes sino que representan diferentes puntos de responsabilidad primaria y énfasis inicial. En la mujer se enfatiza un rol, en el varón otro, pero ambos se hallan presentes en cada individuo.

La unidad para la plegaria pública es el Minián, diez varones judíos adultos. En tanto la mujer puede tomar parte en la plegada pública, ella no pude ser de los diez que conforman la unidad básica de plegaria. Ello se debe a que de ella se pretende el desarrollo del área privada de responsabilidades, y por ende siempre continuarán siendo diez individuos en lugar de una unidad de diez miembros. Un minián, empero, es una unidad pública expresiva del funcionamiento público de la comunidad, y sólo hombres, como figuras públicas, pueden combinarse y fusionarse para formar aquella comunidad.

La naturaleza privada de la mujer conlleva una segunda secuencia. Dado que la mujer no tiene la obligación de participar en la plegaria comunal, no precisa buscar un minián u orar con uno si éste está reunido. De ella se requiere que desarrolle los aspectos interiores y personales de la oración. Ello difiere de la obligación de un varón, de quién se exige desarrollar simultáneamente ambos aspectos de la plegaria, el público y el interior.

No se requiere de la mujer que participe en la plegaria pública y, en consecuencia, no puede conducir la plegaria pública. Ello es parte de una regla general que estipula que sólo una persona sujeta a determinada obligación puede realizar una mitzvá para otros que también se hallan bajo la misma obligación (véase Talmud, Rosh Hashaná 29a). Así, si alguien ingiere pan y por ello está obligado a pronunciar la bendición correspondiente, puede al mismo tiempo relevar otro de su obligación de pronunciar la misma bendición. Pero si aquella persona no está comiendo por ende no se le ha ordenado hacer una bendición para sí, no puede relevar de su obligación a otra persona que sí se dispone a comer pan.

Similarmente, dado que no se requiere de la mujer que participe en la plegaria comunal, no puede actuar en lugar de la comunidad en la plegaria

El deber del Jazán —oficiante— es ser emisario de la comunidad y actuar en nombre suyo. La mujer, merced a su responsabilidad más privada, no precisa participar en la plegaria comunal y por ello no puede actuar como emisario de aquellos que sí tienen que hacerlo.

¿Pueden diez mujeres formar su propio minián para recitar las diversas plegarias que requieren un Minián o para leer de la Torá?
La respuesta parece ser bastante directa y el Shulján Aruj legisla inequívocamente:

“Recitamos el Kadish uínicamente en presencia de diez varones adultos y libres. La misma Ley se aplicia al recitado de Barjú a la Kedushá”.

Como hemos señalado antes, diez mujeres son diez individuos, no un grupo. La base para la decisión del Shulján Aruj es muy clara. Si bien el Talmud no discute explícitamente la formación de un Minián por mujeres, sí discute un hecho asociable pero diferente: la formación de grupos por parte de mujeres para el recitado del Zimún, la adición previa al Birkat Hamazón—el Agradecimiento Posterior a las Comidas—, que recita un grupo de varones.

El Talmud dice que tres mujeres pueden recitar la parte adicional del Birkat Hamazón que se requiere recitar de tres varones. El Talmud señala que el recitado de esta adición requiere de tres individuos inteligentes para que se aplique el versículo bíblico “Alabad a Di-s conmigo, y juntos exaltemos Su nombre” (Salmos 34:4). La forma gramatical denota a un individuo dirigiéndose a un plural, es decir, un mínimo de tres. No se requiere un grupo, y en consecuencia las mujeres pueden recitar ese agregado.

En ocasiones, cuando hay diez adultos varones presentes, a ese mismo agregado se adiciona la palabra Elokeinu. ¿Pueden las mujeres hacerlo igual que como lo hacen los hombres? La mayoría de los Sabios dice que no, y su postura es aceptada por el Shulján Aruj.

El Gaón de Vilna explica el razonamiento:
“No pueden combinarse para nada que exija un Minián”. Sin embargo, incluso aquellos Sabios que sí permiten el recitado del agregado especial —Elokeinu— probablemente no extenderían esta permisibilidad mucho más allá; sin duda alguna, jamás hasta los límites de la plegaria comunal o la lectura de la Torá.
Hay dos niveles de alabanza a Di-s que requieren la presencia de diez. La forma superior es denominada Davar Shebikdushá, la Cosa Santa. Ejemplo de ello es Kadish, Barjú Kedushá y los Trece Atributos de la Misericordia Divina. El requerimiento de diez se deriva de un versículo: “Yo he de ser santificado dentro de la congregación de Israel” (Lev. 22:32), donde “congregación son diez varones adultos.

Empero, hay formas de alabanza que si bien no se encuentran al nivel de la precedente, siguen precisando el quorum de diez. Un ejemplo de ello son las Siete Bendiciones que se pronuncian en presencia del novio y la novia —Sheva Brajot—. Este requerimiento se extrae del versículo “En la Congregación habrás de alabar al Señor” (Salmos 68:27).
El Talmud dice que el razonamiento subyacente al requerimiento de diez para agregar la palabra Elokeinu, la adición especial del Birkat Hamazón, es totalmente diferente. Ella no se inserta en ninguna de las categorías arriba mencionadas. Pero no es adecuado que un grupo menor a diez integrantes se refiera a Di-s con el termino de Elokeinu, nuestro Di-s.

Aquellas autoridades que excluyen, a la mujer del recitado de Elokeinu interpretan el motivo dado por el Talmud como queriendo decir que la frase “nuestro Di-s” puede ser utilizada únicamente por una comunidad, no por individuos, y entonces también en este caso se aplicaría el mismo criterio que en las dos categorías anteriores.

La única voz discrepante es la de Rabeinu Simja, quien menciona la posibilidd de contar sólo una mujer cuando se tiene nueve varones y se desea formar un Minián. La discusión de su postura, no aceptadapor ninguna otra autoridad en ningún momento, al carecer de aplicación real es meramente académica y por ello se dejará de lado.
En la literatura reciente, se ha hecho aceptado que una mujer no puede ser contada para el minián por cuanto no está obligada a la plegaria pública, y “un Minián es un grupo de diez que comparten el mimo grado de obligatoriedad” (Margoliot Haiám, sobre Sanedrín 74).

Hay un caso especial que merece contarse. El precepto de entregar la vida -Kidish Hashem-. Cuando el atacante exige la violación de un precepto de la Torà, en adición a los tres Pecados Capitales –idolatría, relaciones prohibidas y homicidio-, se debe estar dispuesto a hacerlo si esta exigencia suya debe cumplirse ante público. ¿Qué significa público? Diez personas. ¿Se incluyen también mujeres en este número? Dice Rabí Iosef Enguel (f. 1920) que sí. No es cierto que la obligación de Kidush HaShem sea sólo ante la presencia de diez varones. La frase talmúdica dice ‘diez personas’, y la mujer es persona. Subsecuentemente, el Talmud nos enseña que se requiere que sean judíos, no varones judíos. Los menores de edad, sin embargo, no pueden contarse pues no cumplen el requisito de inteligencia madura”.

El concepto de Minian utilizado en la plegaria y las actividades que a ella se asocian, es diferente del que atañe al caso del martilogio. Aquí, el Minián es una unidad pública cuyo funcionamiento unificado es expresivo del funcionamiento comunitario. Un Minián, para este caso, es una comunidad en miniatura. Diez personas amalgamadas para formar una edá —‘comunidad’, término que utiliza el versículo de Levítico 22:23 hablando de diez varones—.
En síntesis, puesto que el varón obra en función de lo público, puede unirse a terceros en una unidad donde el individuo desaparece como tal. La mujer, cuyo rol primario es el dominio privado, aún de reunirse con otros, permanecerá en su carácter privativo e individual.

La plegaria comunal presenta una faceta más, aquella que involucra la lectura de la Torá. La Torá se lee públicamente los días lunes, jueves, Shabat y demás Festividades mayores y menores. En cada una de las Lecturas se reparten aliot, es decir, se llama a uno de los presentes ante la Torá para que previo a su lectura pronuncie una bendición, y tras su culminación, otra. El número de aliot dependerá de la fecha en particular.
Mientras que nuestra Lectura de la Torá en el presente es de ley rabínica y no de origen bíblico, hay una lectura de la Torá que sí lo es: la Sección de Hakhel. .

En Deuteronomio (3l:10-13)leemos: “Y Moinis les ordenó, diciendo: ‘Al cabo de siete años, en el momento indicado del Año Sabático, en la Festividad de Sucot, cuando todos los judíos se presentan en el templo, leerás esta Torá a tolo el pueblo de Israel. Congrega al pueblo, hombres, mujeres infantes, y al extranjero que se halla en tus portones, de modo que comprendas, aprendlas y temas a Di-s, tu Di-s’”

En lo que hace a la lectura bíblica de la Torá, no hay diferencia entre hombres y mujeres.
Ahora bien, si las mujeres están obligadas a oír la lectura de la Torá en nuestra forma comunal presente eso es una pregunta abierta. La mayoría de los Legisladores dice que no. Otros, incluyendo al Maguen Avraham, dicen que en lo que hace a oír la lectura de la Torá, como obligación, no hay diferencia entre varones y mujeres. Cita, en apoyo de su postura, un pasaje de Masejet Sofrím, una autoridad semitalmúdica.

¿Significa ello que las mujeres pueden recibir aliot, ser llamadas a la Torá?
En el Talmud léemos: ‘Todos pueden ser contados para las siete aliot, incluso menores y mujeres, pero las mujeres no reciben aliot en virtud de Kavod hatzibur” (Meguilá 23a).
Este pasaje ha sido sujeto a varias interpretaciones, reflejadoras de la posición de los Sabios en otros temas más allá de la consideración limitada a las aliot para mujeres.

Algunos han argumentado que Kavod hatzibur, lit. ‘estima hacia la comunidad’, se explica de la siguiente manera:
La persona que está orando debe, por requisito, concentrarse exclusivamente en su plegaria. Todo lo que pudiera tender a atrapar al ojo o proveer de un centro de atención alterno está prohibido, tal como se refleja, a modo de ilustración, en la siguiente ley: “Y en todas las ocasiones, que no sostenga Tefilín en su mano, o una Torá, mientras reza, por cuanto su mente se distraerá con ello. Ni tampoco sujetará objetos o dinero en su mano” (Maimónides, Leyes de la Oración 5:5), pues también ello se convertirá en un foco que desvíe su atención. Al estar parado ante Di-s el hombre debe concentrarse únicamente en Di-s.

En adición, se requiere de la persona que está orando que evite todo lo que pueda hacer centrar su atención en sí mismo.
Así, está prohibida la plegada ante un espejo. La esencia de la experiencia del rezo es ser absorbido por completo.
Todo lo que provoca distracción y autoconciencia hace que la concentración sea imposible, algo comprobado en la vida cotidiana y por la ciencia.

Y aquí reside la interpretación de Kavod hatzibur. La ansiedad sexual es un aspecto muy poderoso y sutil en la personalidad masculina. La distracción de esa índole es tomada en consideración en muchas áreas de la Halajá —Ley Judía—, pero más visiblemente en la plegaria. Los varones y las mujeres son separados durante las oraciones por una variedad de motivos, y uno de ellos es la distracción sexual. La presencia de una mujer brinda al varón un foco de atención alternativo, también le impide lograr la sensación de soledad y concentración intensa tan necesarios para los aspectos profundos de la plegaria. Al hombre le resulta fácil desentenderse de la gente que está a su alrededor si éstos son varones. Es más difícil, sino imposible si son mujeres. La habilidad femenina por atrapar el ojo del hombre es algo muy sabido por cada varón y frecuentemente olvidado por la mujer misma. El acto religioso judío requiere motivación interior y experiencia interior. Y ambas cosas requieren habilidad de disociarse la gente que está a su alrededor. La separación de sexos se debe precisamente al objetivo de lograr esta meta.

Así se entiende que Rabí Meir de Rottenburg legisle que una mujer no puede recibir una aliá a la Torá mientras que un esclavo sí puede. Es la virtud de la mujer la que lo impide. Ella es centro de atracción. Atrae. Los esclavos no. Kavod hatzibur, refleja una realidad sexual, no una diferencia legal entre varones y mujeres.
Debe enfatizarse de que esta preocupación no alude a la fantasía adolescente, si bien el factor no puede ser olvidado, sino a la habilidad del feligrés masculino en aislarse de su entorno y de todo otro foco de atención, una tarea mucho más complicada en la presencia de mujeres que en la de hombres solamente.

Como consecuencia de estos considerandos, la innovación de retirar la Mejítzá —división— en la Sinagoga, impide la real y honesta concentración, además de oponerse de plano al dictamen talmúdico que kavod hatzibur.
Es en virtud de la ‘estima’ hacia el más pleno desenvolvimiento de las obligaciones ‘de la comunidad’, que la mujer tiene prohibido recibir una aliá a la Torá. No porque, como algunos tendenciosamente han difundido a los cuatro vientos, la mujer sea vista como inferior y no apta para cumplir con determinada parte del ritual religioso, sino muy por el contrario. Es en virtud de su calidad como mujer que tal acto le ha sido vedado. Para preservar su legítima calidad, la de obrar en el plano privado, que influye inexorablemente en el hombre, con su aporte personal. Asistirlo a él para quitarle los escollos que impiden una verdadera concentración es un privilegio mayor aún que el sentir la realización propia y orgullosa, hasta vanidosa, ante un público, que se logra con el daño a ese mismo público.

Hay deberes religiosos que son privativos de la mujer. Son su esfera exclusiva, acorde a su rol. ¿Por qué no empezar a demostrar el amor a Di-s y a su Torá por esos rumbos…?

Extraído de “Conversaciones con la juventud”, editado por Jabad Lubavitch Argentina

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