La llave a la gran fortuna

Existe una antigua costumbre, que consiste en amasar jalot el shabat siguiente a pesaj y colocar una llave escondida dentro de sus trenzas. Esto es una segulá (augurio), para recibir una fortuna ese año. Amase pues antes de este shabat sus jalot y después nos cuenta…

Desperté temprano la mañana siguiente de Pesaj, que a su vez era la víspera de shabat. Esto lo hacía muy especial, teniendo en cuenta que apenas había dormido la noche anterior. Al terminar de guardar toda la vajilla de Pesaj, lavar todos los potes y ollas, colocándolos en su lugar, miré el reloj: “3 p.m”.
De todas formas puse el reloj despertador para las siete de la mañana, sabiendo que el día siguiente sería muy atareado. Además de sacar todos mis utensilios jametz del sótano y llevarlos a la cocina nuevamente, debía revisar mis alacenas, para encontrar los ingredientes necesarios para amasar mis jalot ese día. Parecía imposible de lograrse. Miré a mi alrededor con desesperación, me tomaría más de media mañana ubicar todo lo que necesitaba. Después de mucho esfuerzo, subiendo y bajando escaleras, me senté y pensé: “¿vale la pena tanto esfuerzo?”Desde mis adentros algo me dijo que si.
Me negaba a dejar de lado una vieja costumbre, que venía practicando desde siempre: amasar jalot el shabat siguiente a pesaj. Sabía que hay una recompensa muy especial para las mujeres que lo realizan: al amasar las trenzas se esconde dentro de ellas la llave de la casa, y eso es una segulá (augurio) para recibir una gran fortuna. “con un hijo por casarse y una hija que comienza el estudio terciario, un dinero extra no vendría mal”, pensé.
Encontré las asaderas correspondientes, un gran bowl. Luego harina, levadura y aceite. Ahora debía llevar todo arriba. Tenía que empezar a amasar y ya me sentía exhausta. Pero ahora el tiempo era esencial. La hora corría. Invité a mi madre, que me visitaba esa semana, a presenciar el amasado de mis jalot. Quería demostrarle mis talentos, y le comenté lo especial de ellas, despertando su curiosidad. Coloqué primero la levadura en un vaso con agua tibia y azúcar, ubicando de mientras los demás ingredientes en el bowl. Primero no encontraba mi medidor, pero me arreglé sin él. Luego de mezclar noté algo extraño en la masa al religarla, y lo atribuí al hecho de hacer todo rápido. Pero al comenzar a limpiar la mesada descubrí que la levadura estaba allí, esperándome.
“cómo pude olvidarme de algo tan importante”, dije mientras lagrimas rodaban por mis mejillas. Si mi madre no hubiese estado presente, hubiera tirado toda la masa inmediatamente a la basura. Debía pensar en una solución.
Si tuviera más harina y levadura, comenzaría de nuevo, pero nada de eso era posible. En medio de la conmoción, sonó el teléfono. Era mi amiga que llamaba para saber si todo marchaba bien. Comencé a llorar histéricamente, sin embargo ella me calmó, diciendo que no pasaría nada si no amasaba mis jalot esta semana y las compraba hechas. Además, a cualquiera podían sucederle inconvenientes de este tipo. Antes de cortar me recordó que es un buen augurio colocar unas monedas en tzedaká (caridad) antes de cocinar para shabat, y eso ayuda a que todo salga delicioso y sin problemas.
Hice lo que me sugirió y decidí colocar la mezcla de levadura en la masa hecha. Traté de unir líquidos y sólidos nuevamente. Era un verdadero desastre. En algún momento me escapé a otra habitación para llorar , y retorné a la cocina. Luego, miré nuevamente la masa y supe que podía haber esperanza. Después de una hora, la masa se había levantado, y yo comencé a precalentar el horno y aceitar las asaderas. Luego de separar un trozo de masa, como indica la torá, recitando la correspondiente bendición, comencé a darle forma a las trenzas. Después las coloqué sobre la mesada para que terminen de levar y las tapé con un lienzo blanco. Salí de la cocina por media hora, pensando retornar para pintarlas con huevo, y colocar semillas de sésamo sobre ellas. Cuando finalmente volví, no logré encontrar mis jalot sobre la mesada. Las busqué desesperadamente, para descubrirlas debajo del horno microondas que mi hijo había colocado encima sin percatarse siquiera de lo que había hecho. Ahora ya no tenía consuelo. “ creo que no es bashert” (decidido en el cielo) que este año sea rica!” Exclamé.
“ Pero ya eres rica” trataban de contestarme, “mira tus hijos, nietos. ¡Tienes mucho para estar agradecida!”.
Coloqué otras moneditas extra en la alcancía y volví a darle forma a mis aplastadas jalot, que ya parecían matzot por lo planas que estaban.
Cuando esa noche me senté a la mesa de shabat, observé las caras de quienes me rodeaban y supe que mi familia tenía razón. Tenía mucho para agradecer.
Recibí muchos cumplidos por mis deliciosas jalot, teniendo que aceptar que realmente habían salido bien. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no merecía ningún halago.¡ Era simplemente un milagro!

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