La grandeza de las Matriarcas

Rivka resultó elegida como esposa de Itzjak por su extrema bondad. Ella no sólo le ofreció agua para sí mismo sino también para sus camellos…

Nuestra primera matriarca, Sara, había trabajado a la par de su esposo Abraham para ayudar a los pobres y necesitados, y al mismo tiempo difundir la palabra de Di-s a las mujeres de la época. De tal modo, Sara estuvo a su lado en prácticamente todas las pruebas y sacrificios donde Abraham dio fe de su conocimiento, obediencia y confianza en Di-s y su amor a la humanidad. Toda su obra no se hubiera materializado si Sara no lo hubiera secundado en sus largos viajes y si no hubiera compartido tan fielmente todas sus actividades.

Por sus extraordinarias condiciones Di-s concedió a Sara cualidades especiales. Primeramente sabemos que en cuanto a profecías, ella fue superior a su esposo Abraham. Ella comprendió el daño que la influencia de Ishmael (hijo de Abraham y Hagar) podía infligir a su propio hijo Itzjak, y con gran criterio le pidió a su esposo que lo enviara fuera de la casa.
La Torá ubica la edad de Sara al momento de su muerte en cien años, veinte años y siete años. ¿Por qué fue necesario para la Torá dividir su edad en tres partes?
Cada número por separado nos indica lo siguiente acerca de Sara: a los cien años, era tan libre de pecado como a los veinte, y cuando tenía veinte, tenía la misma belleza inocente que a los siete, ya que no había cometido nada incorrecto o inmoral.
Su muerte, si bien entristeció profundamente a Abraham, no fue para él algo tan trágico porque entendió que su vida había sido plena y colmada de gratificaciones. Había logrado mucho en este mundo y sus buenos actos se contaban por millares. El recuerdo de su vida, llena de nobles acciones, fue su consuelo y le permitió aceptar con más fortaleza la pérdida.

Rivka resultó elegida como esposa de Itzjak por su extrema bondad. Cuando Eliézer, sirviente de Abraham, llegó al pozo con sus sirvientes y la encontró allí, ella no sólo le ofreció agua para sí mismo sino también para sus camellos, tomándose la molestia de satisfacer plenamente sus necesidades.

Podemos imaginar la cantidad de agua necesaria para saciar la sed de todos esos camellos. Sin embargo, ella no tuvo reparos en proveerla porque era una persona llena de bondad. También supo demostrar una gran capacidad de percepción respecto de sus hijos Iaakov y Esav. Así, se dio cuenta de que, aun cuando Esav era más apegado a Itzjak, no merecía recibir bendiciones de su padre. Entonces, hizo todo lo posible para asegurarse de que fuera Iaakov quien recibiera las bendiciones en lugar de Esav.
Aun cuando era Iaakov quien debía desposar a Rajel, (para ello había servido en la casa de su padre, Labán), víctima de un engaño se casó con su hermana mayor. Lea sabía que no era tan querida como Rajel y sufría por ello, no obstante, alababa a Di-s por todo lo que recibía. El nombre que dio a cada hijo hacía referencia al bien que Di-s le había concedido. Debemos por lo tanto, aprender de Lea la capacidad de estar siempre satisfechos y bendecir a Di-s por lo que nos ha dado.

Cierta vez, uno de sus alumnos le preguntó al Maguid de Mezritch acerca de cómo cumplir el mandato de nuestros Sabios de:
“Alabar a Di-s al escuchar malas noticias del mismo modo que se lo hace al escuchar buenas noticias”
— Ve y busca a mi discípulo Reb Zusia —contestó el Rebe—. Él te explicará la mishná.
El alumno salió en busca de Reb Zusia y al encontrarlo apenas pudo creer lo que veía. Reb Zusia vivía en tal estado de extrema pobreza que tuvo temor siquiera de entrar en la miserable choza en la que vivía.
- Estoy de lo más sorprendido de que vuestro Rebe me haya seleccionado a mí para encontrar la respuesta a este problema. Se debe buscar la respuesta en alguien que verdaderamente haya experimentado malas circunstancias. Me temo que no seré de ayuda, puesto que no me ha acontecido nada malo, ni siquiera un momento. Gracias a Di-s, desde el día de mi nacimiento, sólo me han ocurrido cosas buenas. ¿Cómo podría yo saber entonces de algo malo?
Finalmente, el alumno comprendió la obligación de alabar a Di-s en las buenas tanto como en las malas. Un hombre debe alegrarse con su suerte a punto tal de no considerar una desgracia ninguna cosa que pueda acontecerle.

Extraído de Ayer, hoy y siempre Editorial Bnei Sholem

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