De sangre a leche

La leche es en realidad sangre refinada. En un complejo y maravilloso proceso: las glándulas mamarias transforman la sangre en pura leche blanca…


Hay algo sobrenatural sobre eso. Para tomar un líquido tan picante y desagradable como la sangre, y convertirlo en una nutritivo y bebible alimento no es nada menos que milagroso.
Podemos simular este milagro en nuestras propias vidas. La sangre representa la pasión animal cruda y el instinto indomado. La leche es un símbolo de refinamiento y pureza de carácter. Convertir en leche la sangre – refinando nuestros más bajos instintos – es nuestra meta en la vida.

La Torá introdujo un nuevo camino radical para lograr esta meta – los mandamientos Divinos. A través de comprometernos en actos simples de bondad y santidad, podemos domar nuestros instintos animales y encuadrarnos con el Divino. Con cada acto individual, nos elevamos y a nuestro mundo otro paso, transformando gradualmente una existencia áspera e indomada en una casa para Di-s. Podemos volver nuestra sangre en leche.

Yo también amo el pastel de queso. Pero este año cuando lo comamos, recordemos el mensaje que hay detrás de él – que la Torá fue dada para transformar nuestros apetitos egoístas en un apetito por dar; para convertir nuestras sangres que son para nosotros en leche, la única cosa que el cuerpo produce solamente para dar a otro.

Por Aron Moss

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