El Mashiaj y la Mujer Judía

Al mismo tiempo, la luna está vinculada con la Casa de David de la que se deriva el Mashíaj.

Este tema es elaborado por Rabí Tzadok HaCohén, quien muestra que la primerísima oportunidad en que encontramos la comida festiva de Rosh Jodesh mencionada en la Biblia es en conexión con el Rey David.

Sin embargo, la conexión entre la luna, la Casa de David y la mujer, es todavía mayor. Ellos, todos, son receptores, y por ende dependientes de otros. La luna requiere constantemente del sol sin el cual no puede brillar; la mujer no puede revelar su esencia interior sin el hombre; y la Casa de David no puede existir sin el aporte de otros. Esto es declarado por nuestros Sabios, quienes explican que la existencia misma de David dependía de los años donados a él por Adán, o según otra opinión, por nuestros antepasados Avraham Itzjak y Iaacov. Al hablar de Mashíaj, el Rebe, también, enfatizó que dependía de nosotros: “Yo he hecho todo lo que podía, ahora hagan ustedes todo lo que pueden, a fin de hacer de a venida del Mashíaj una realidad en este mundo.” Es porque la mujer y Mashíaj comparten este sentido de dependencia con la luna, explica Rabí Tzadok, que la mujer tiene una mayor habilidad para sentir el dolor del exilio -un tiempo en el que Israel es privado de la fuente de su dependencia- que el hombre. Mientras los hombres son engañados por un falso sentido de autosuficiencia que les impide reconocer cuán dependientes realmente son de la Redención, las mujeres no comparten esta ilusión. No obstante, incluso cuando ella sufre el dolor del Exilio, la mujer recuerda otro aspecto de su conexión con la luna.

La luna, aun cuando está envuelta en oscuridad desde nuestra perspectiva, atesora luz solar en su lado no visible a nosotros. Del mismo modo, incluso en momentos de gran angustia y dolor espiritual, la unidad esencial que existe entre Di-s y su Mashíaj elegido continúa floreciendo y creciendo. Esta es también la respuesta para aquellos cuya fe se perturba a causa del terrible sufrimiento que nosotros, en Lubavitch, hemos experimentado desde hace más de dos años. Este sufrimiento es doble: el sufrimiento que pasó el Rebe, por un lado, y el sufrimiento de sus jasidím, por el otro. Todo lo que ha sucedido es parte del proceso de Redención. Es cierto, si nosotros hubiéramos actuado adecuadamente quizás hubiéramos podido evitar el sufrimiento por entero, o por lo menos haberlo mitigado un poco.

Con todo, incluso los fenómenos más negativos forman parte, a fin de cuentas, del proceso de Redención. Esto arroja luz sobre lo que ocurrió cuando Rabí Akivá y los Sabios se encontraron con las ruinas del Templo. Al ver la destrucción, Rabí Akivá rió en tanto que los demás Sabios lloraron. Cuando se le pidió una explicación de su comportamiento inusual, Rabí Akivá dijo que al ver el cumplimiento de la profecía de destrucción se convenció de que la profecía de la restauración también se cumpliría. No obstante , pregunta el Maharal, “¿Por qué rió él?” ¿Porqué alguna vez la situación sería buena?!?! ¡Pero ahora mismo las cosas no son para nada buenas!” El Maharal prosigue explicando que la destrucción es en realidad parte del proceso de Redención. De hecho, él va tan lejos como para decir que la construcción del Tercer Templo es predicada sobre la destrucción de los primeros dos. Así, el acto mismo de ocultamiento es por sí mismo dirigido por Di-s y es parte del proceso de Revelación. Lo que es más, todo ha sido profetizado. Hace unos doscientos años, Rabí Shneur Zalman de Liadí habló de un derrame que afectaría al pueblo judío justo antes de la llegada del Mashíaj. Él explica que esto llevará a mayores penurias, con gente dividiéndose en grupos, acusando cada uno al otro de deshonestidad y conspiración. Entonces, citando del Talmud (Tratado de Shabat), concluye que esto es lo que nuestros Sabios tuvieron en mente cuando hablaron de los dolores de parto del Mashíaj (Jevlei Mashíaj). Así que como ves, todo ha sido previsto. En el curso de este artículo, he citado extensamente los trabajos del Maharal. De modo que he de concluir ahora con un pensamiento final.

En su obra Netzaj Israel, el Maharal se refiere a aquellos cuya fe se ha visto tan sacudida por los terribles sufrimientos del Exilio que ahora no pueden creer en la Redención. En uno de sus párrafos más hermosos y conmovedores, el Maharal dibuja un cuadro del sufrimiento que nuestro pueblo ha soportado. Tanto ha pasado sobre nosotros, escribe, que si todos los cielos fueran pergamino, todos los océanos tinta y todos los árboles plumas, todavía no bastarían para describir la enormidad de la tragedia. Entonces explica que nuestra larga historia ha sido cargada con las ocurrencias más imposibles y fantásticas, calamidades que han sido terribles tanto en alcance como en profundidad, que de haber sido meramente escritas en libros, la gente hubiera negado que semejantes cosas fueran posibles. Nosotros sabemos que son ciertas sólo porque nosotros mismos las hemos experimentado. Y con todo, concluye el Maharal, la naturaleza misma de nuestro sufrimiento señala nuestra salvación definitiva. Tal como nuestro sufrimiento, tan imposible como es de creer, realmente ocurrió, del mismo modo nuestra Redención, tan imposible como suene, también tendrá lugar. Porque para el pueblo judío, el pueblo elegido de Di-s, no hay orden natural. Todo lo que sucede con ellos, lo malo como lo bueno, ocurre de una manera inconcebible en el orden natural de las cosas. O, en las palabras del Midrash (que según el Maharal usa el término “doble” para expresar el infinito) “ellos han pecado doblemente, ellos han sufrido doblemente, ellos serán reconfortados doblemente” Que nosotros hemos pecado doblemente no requiere de elaboración: las divisiones que han tenido lugar en virtud de la educación que se nos dio deberían haber sido inimaginables. Que hemos sufrido doblemente -los derrames del Rebe ocurrido exactamente en la misma fecha, el 27 de Adar- es algo que incluso los escépticos no pueden desechar. Y luego su desaparición física.

Pero estos sucesos, lejos de hacernos perder las esperanzas, apuntan al doble, incluso infinito, consuelo (nejamá) que el reconfortante definitivo, el Mashíaj, traerá sobre nosotros. En este momento, más que en cualquier otro, está en las mujeres marcar el camino. Citando los escritos del Santo Arí, el Rebe nos ha dicho que nuestra generación es una reencarnación de la generación del Exodo.

Mientras los hombres de esa generación estaban constantemente inmersos en la rebelión y las pugnas por el poder (Datán, Avirám, Koraj, los espías, para nombrar unos pocos) las mujeres permanecieron constantemente leales. En lugar de aferrarse al poder, ellas estaban listas para ser las seguidoras del más grande profeta de la judería, Moisés. Hoy, también, no precisamos líderes. Hemos tenido entre nosotros a un líder de tan gran estatura sobre el cual, incluso un escéptico como Jaim Bermant, se vio forzado a reconocer que era uno de los más grandes líderes judíos de cualquier generación; cuyas actividades eran de tan amplio alcance que, según Bermant, la segunda mitad del Siglo XX llegará a ser conocida como le era Schneerson. Lo que necesitamos ahora son receptores. Lo que necesitamos ahora son seguidores. Aquellos dispuestos a poner sus propias agendas a un lado y con devoción y autosacrificio dedicar sus vidas a la misión del Rebe. Tal como en la época de Moisés fueron las mujeres quienes marcaron el camino con su lealtad y devoción a su líder, así también hoy. Que en el mérito de nuestras mujeres piadosas podamos pronto merecer el cumplimiento de la profecía de Jeremías: “Pues el Señor ha creado algo nuevo sobre la tierra; la mujer cortejará al hombre”, con la inminente revelación de nuestro justo Mesías, el Reconfortador que nos consolará, pronto en nuestros días.

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