Mañana sabática en Ierushalaim

Pasarías un mediodía ¿sabático con una anciana señora de limpieza?
Si tienes ganas de responder a esa pregunta (¿y quién puede culparte si no las tienes?) supongo que dirías que depende de la señora de limpieza. Pero entonces probablemente no estés familiarizado con las señoras de limpieza de mi Ieshivá.
Ninguna de ellas era lo que llamarías ‘ordinaria’, y algunas hasta podrían haber dado shiurím -clases de Tora- en su tiempo libre. Cierta vez, una de ellas realmente me dio un shiur sobre los Profetas, y estuvo muy buena. Quizás en aquel momento debería haber estado barriendo la antesala, pero bueno, cualquiera se cansa alguna vez.

Miriam era una mujer especial incluso dentro de este grupo más bien elitista. La había visto reprendiendo en cuestiones religiosas al alumnado acerca de esto y aquello, y siempre tuve que admitir que tenía razón. Frecuentemente proporcionaba incluso las referencias a la literatura rabínica de lo que decía. No obstante, por norma, nadie mira al personal de limpieza en forma humanitaria, por lo que me sorprendió un poco la invitación de participar de la comida sabática en su departamento. Pero uno aprende pronto que en lerushaláim todo es posible, por lo que me repuse y contesté, “Muchas Gracias”.

El silencioso comentario de que “siempre invito a algunos jóvenes para la comida sabática” ni siquiera me sorprendió. En lerushaláim siempre mantienes tus piernas flojas; cualquiera puede ser cualquier cosa, si sólo lo supieras, especialmente en Shabat. Por ejemplo, cierto Shabat a media mañana estaba regresando de la leshivá a mi casa cuando un anciano me detuvo y me preguntó: “¿Ya comiste cholent hoy?” Un poco sorprendido respondí que sí, y luego de su resonante “¡muy bien!”, continuó su marcha. Pero no pude olvidarlo; algo de los modales de este hombre, plenos de amor, dejaron en mí una impresión inolvidable. De modo que después anduve preguntando por allíy averigüé que este hombre reza cada Shabat muy temprano y luego se pasa toda la mañana rastreando las calles en busca de todo aquél que todavía no haya comido. Su mujer cocina una gigantesca olla de cholent cada viernes, y cuando ha concluido su búsqueda de judíos hambrientos todos se sientan juntos a una sabrosa comida.

Incluso en días de semana, la gente de Ierushaláim logra ser muy especial; allí florecen personalidades poderosas. ¿Y ese anciano con el cepillo y la escoba? Lo veía cada tanto fuera de mi casa. Barría el polvo de las calles durante un rato, y luego se lo llevaba. Eso es algo que no ves todos los días, por lo que me puse a averiguar por allí quién era y por qué lo hacía. No parecía un empleado municipal.
La respuesta fue tanto asombrosa como típica, una combinación favorita en Ierushaláim. Este hombre (olvidé su nombre) estuvo en los Campos de Concentración, y llegó al punto de saber que no podría vivir más. Quería regresar a Di-s con teshuvá antes de morir, pero, con más fuerza todavía, quería hacer teshuvá y vivir. Así que alzó sus ojos al Cielo y dijo:
“Ribonó shel Olam ¡Señor del Universo! ¿Por qué me matas? ¿Es por mi orgullo? ¿Es porque amo demasiado lo material? ¡Haré teshuvá por ambas cosas! Si Tú me dejas vivir, iré a la Ciudad Santa, Ierushaláim, y barreré sus calles cada día por el resto de mi vida”. ¿Qué puedo decirles? Vivió. Y cada día, pase lo que pase, salía y barría una calle de la Ciudad Santa.

En otra oportunidad estaba ayudando a la Sra. Goldin con los “muchachos de dos días” -los jóvenes americanos que quizás no se radicaran en la Tierra Santa y por lo tanto observaban dos días de lom Tov en lugar de uno—. Era Sucot, y los Goldin estaban en toda su gloria: tenían minian con un Rollo de la Tora, comidas para todos, refrescos y, por supuesto, una Suca. ¿Cómo haces caber cuarenta y cinco estudiantes de Ieshivá hambrientos en una Suca construida en un porche jerosolimitano? No lo sé, pero en Eretz Israel los milagros ocurren bajo pedido, y de alguna manera entraron todos. Por supuesto, los ayudantes también recibieron cena, aun cuando para nosotros se tratara de un simple día de Jol HaMoed. El único problema era cómo lograr entrar en la Suca para comer en ella. Quizás a Moshé y a mí nos faltara un poco de emuná; quizás si lo hubiéramos intentado lo hubiéramos logrado; mirando hacia atrás, parecería bastante posible. Como sea, en aquel momento no podíamos siquiera comenzar a imaginarnos cómo apretujarnos en aquella Suca (que para ese momento hubiera hecho que una lata de sardinas se pusiera verde de envidia), así que ¿qué podíamos hacer? Moshé, de carácter abierto, sugirió que golpeáramos a la puerta de un vecino, una idea que me hizo sentir debilidad en las rodillas; pero, como teníamos hambre, la delicadeza fue arrojada por la borda. Golpeamos.
Una enorme barba blanca, una enorme sonrisa. “¡Oh, entren! ¿Precisan un lugar para comer!” (¿Cómo lo adivinó?)
“Bueno, tenemos nuestra propia comida; estamos ayudando a Reb Menajem, aquí al lado…”.
“No se preocupen por eso, les conseguiré algo bueno”.
“No, en serio, Reb Menajem ya tiene listos nuestros platos”.
“Bien, de todos modos les conseguiré algo”
No tenía sentido discutir. Cruzamos para tomar nuestros platos y lavarnos las manos; cuando volvimos ya había dos lugares preparados y un par de hogazas de pan para recitar la bendición de HaMotzí. Al tiempo que habíamos logrado tragar nuestro primer bocado, el anfitrión ya había compartido con nosotros dos hermosos pensamientos talmúdicos y traído una fuente con papas y cebolla (su sabor no era el mejor, pero en la Ierushaláim de antaño eras feliz si tenías lo que fuera para comer, y papas con cebolla era para la clase alta). Yo estaba furiosamente ruborizado; la educación americana simplemente desaprobaba actitudes como la nuestra, especialmente en cuanto nuestro anfitrión parecía de la clase que en todo el año no tenía más de dos centavos para vivir. Pero él se quedó sentado allí, junto a nosotros, con su rostro radiante y su inmaculada sonrisa, tremendamente dichoso de haberse ganado noj a mitzve (‘una mitzvá más’).

Pero les estaba por contar acerca de Miriam, la señora de limpieza.
Esa mañana vinieron con nosotros otros tres muchachos más: dos sefaradím, un teimaní -yemenita-, y yo, el litvak típico. Uno de ellos conocía el camino hacia la casa de Miriam, no muy lejos de la leshivá. ¿Se han preguntado alguna vez dónde vive una señora de limpieza? ¿En un armario para escobas, quizás? ¿O detrás de una puerta bajo las escaleras? Resultó ser un apartamento común, intachablemente limpio (¡por supuesto!) y agradablemente soleado. Pero la verdadera sorpresa era Miriam misma. Esta mujer de limpieza un poco anciana, enjuta y arrugada, se reveló de repente como una reina en su trono. Imposible decir cómo; simplemente parecía una reina y, lo que es más, impartía un aura de serena majestuosidad. Este debe haber sido el aspecto que hubiera tenido, de no ser porque la pobreza y el infortunio produjeron sus cambios. Nunca sabes nada acerca de las ancianas de Ierushaláim. Todos se dan cuenta de los ancianos, con sus bamboleantes barbas y rostros llenos de una luz Divina. ¿Pero quién se da cuenta de las mujeres? No es que ellas quieran destacarse. No sólo no piensan en una cosa semejante, probablemente sentirían horror ante un programa de reconocimiento sistemático. Di-s dijo a Java que fuera modesta, y éstas, sus hijas de Jerusalén, no lo han olvidado. Pero a veces uno nada puede hacer para no darse cuenta, a pesar de los mejores esfuerzos de las mujeres por pasar desapercibidas.

Estaba aquella anciana del Barrio Bujara que no tenía quien hiciera para ella el Kidush y la Havdalá, de modo que uno de los estudiantes de la Ieshivá decidió apropiarse de la mitzvá.
Guardaba un botellón de jugo de uva y algunas galletas en su casa, y solía ir con un amigo cada viernes en la noche y al finalizar el Shabat. Una vez me tocó a mí, porque mi amigo Leib me contó lo que había visto:
“Tenía el aspecto de haber pasado los cien años, y cuando entramos alzó sus manos al cielo y dijo: ‘¡Baruj HaShem! ¡Baruj HaShem!’. Luego llamó desde la puerta ‘¡Ima! ¡Están aquí!’ Y yo pensé para mí: ‘¿qué? ¿su madre todavía vive?’ Pero Shimón me había dicho que las mujeres de Bujara llaman unas a otras Ima —mamá— como muestra de respeto (de hecho, esta costumbre se menciona ya en la Mishná). Entonces entró la otra anciana, hicimos Havdalá, y súbitamente ambas mujeres alzaron sus brazos y se mecían hacia adelante y hacia atrás con los ojos cerrados, diciendo ‘Amén’. ¡Era hermoso! Sí, sé que tenían como cien años, de piel reseca y arrugada, pero eran hermosas. Y nuestra matriarca Sara también era hermosa, y así lo era Ester, incluso cuando eran ancianas. La santidad es una cosa hermosa”.

Volviendo a Miriam, Kidush es Kidush en cualquier parte. Lo hizo uno de nosotros, con vino que Miriam misma había elaborado. Recitamos HaMotzí sobre un pan típicamente yemenita, también hecho en casa, acompañado dejaiva. Los yemenitas saben cómo hacer que todo sea delicioso, y en Shabat todo sabe mejor. Pero no se trataba sólo de la deliciosa comida, ni siquiera de la devoción obviamente invertida al hacer todo en casa. Era la atmósfera de apacible grandeza y júbilo silencioso, que jamás podría volcarse en palabras, aun si se intentara nacerlo durante un millón de años. El estudiante yemenita sabía algunas zemirot —canciones- tradicionales de Shabat, sorprendentemente maravillosas, que luego Miriam tradujo al hebreo para nosotros (estos cánticos sabáticos habían sido escritos en teimaní, un dialecto compuesto por arameo, hebreo y árabe). Su aspecto poético era exquisito, pero más conmovedor era el espíritu y la óptica espiritual que expresaban. ¿Por qué la gente ya no habla de estas cosas en nuestro tiempo? Quienes compusieran esas estrofas vivían muy por encima de donde hoy estamos nosotros. Es indudable que nosotros no podemos llegar a donde ellos estaban, pero es lindo hacer al menos una visita para decirlo de alguna manera. Luego, las historias. Miriam se reveló a nosotros como una diestra narradora plena de contenido. Nos contó de su padre, uno de los jajamím del pueblo. El tribunal rabínico le había asignado una tarea: debía averiguar cada día quién precisaba tzedaká -caridad- y cuánto, y luego distribuirla, todo en el más riguroso secreto, para que nadie sintiera vergüenza al enfrentarse a su benefactor. No, no estoy bromeando; ese era su trabajo y esas eran las condiciones. No puedo decir que me hubiera gustado hacerme de un empleo como ese, pero él se daba maña. De hecho, era simple. Comenzaba a dar paseos matinales, y cuando le preguntaban por qué decía que era por razones de salud (bueno, el alma también necesita estar sana…). Así, todos se acostumbraron al paseo de Mori Yihyeh cada mañana por todo el pueblo, y nadie le prestaba atención. Nunca se detuvo por más que unos instantes; nunca miró a nadie; sólo hablaba de Tora, nunca de su verdadero objetivo. Pero una vez concluido su paseo, había visto lo que necesitaba ver, y escuchado lo que necesitaba escuchar, y sentido lo que necesitaba sentir. El sabía quién necesitaba y cuánto. Sólo alguien realmente sensible, con una buena dosis de confianza en Di-s, podía ayudar.

Tampoco nadie sabía de su segundo paseo. Cada noche, después de las plegarias de medianoche, Mori Yihyeh armaba pequeños sobres con dinero. No creo que fuera mucho, ¿quién no era pobre enTeimán? Pero usualmente significaba la diferencia entre Comer y no comer, y eso sí era mucho. Entonces salía silenciosamente y volvía a hacer su ronda por el pueblo, introduciendo un sobre por esta puerta, otro por aquella ventana; y por la mañana la gente pobre vería que los ángeles la había visitado en la noche y le había ahorrado la vergüenza. A veces me pregunto cómo debe ser el Olám Haba -Mundo Venidero-de este hombre.

La siguiente historia acompañó, si no me equivoco, al preparado de verduras que era el plato principal. Había en él un poco de carne. “Hay un carnicero a quien conozco personalmente, por lo que puedo confiar en él”. Pero su padre jamás había comido carne roja desde que llegara a Israel. “No podíamos darnos el lujo de comprar un animal, y cuando él vio qué clase de gente había aquí, no confió en nadie sino en sí mismo para realizar la Shejitá -el faenado ritual-, de modo que nos limitamos a comer pollo”. Miriam suspiró profundamente. ¡Cuánta historia de sufrimiento e injusticia se ocultaba detrás de aquel suspiro!

Luego vino otra melodía, como jamás había escuchado. Como habíamos mencionado la Shejitá, el estudiante yemenita había comenzado una canción de Mori Shalom Shabazi. Se trataba de un repaso poético de las leyes de Shejitá en exquisita rima. Miriam nos contó que en su pueblo esta melodía podía escucharse saliendo de cada hogar el viernes por la mañana. La mayoría de la gente sabía cómo hacer la Shejitá, pero usualmente podían permitirse comprar carne sólo para Shabat. Los hombres repasaban cada una de las leyes del faenado entonando esta melodía mientras revisaban sus cuchillos y se disponían a faenar a su animal.

Yo sentía cierta sorpresa. Nuestro mundo a veces parece un poco gris. Pero la Tora es llamada Shirá (Cántico) y uno de los Sabios del siglo pasado dijo que eso significaba que debía vérsela como un gran poema. ¿No debería ser nuestra Tora más semejante a una melodía de júbilo y alabanza? ¿Cómo es que la poesía de santidad se ha escabullido de nuestras vidas?

Resultó un tanto difícil hacer el camino de regreso a la Ieshiva tendíamos más a bambolearnos que a caminar. Logré llegar hasta la puerta y, aparentemente, salía de un maravilloso sueño regresando a un mundo no tan placentero. ¿Un sueño? No tan precisamente; lo que había estado escuchando y sintiendo era muy real. No lo hallarás en cualquier parte hoy, pero sigue siendo lo mismo, porque la realidad de la Tora es independiente de lo que la gente hace. ¿Es entonces nuestra vida un sueño? Eso suena bello y poético, pero de ser así, bien puedo arreglármelas sin sueños como éste. Además, no es así. El hoy es tan real como el ayer, para mejor o para peor. ¿Qué ha sucedido entonces? Simplemente esto – he pasado una comida sabática con una señora de limpieza, y ahora estaba caminando de regreso a la Ieshiva, bajando por las calles de Ierushaláim bañadas de sol.

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