La lectura del shemá y sus bendiciones

El Jazán finaliza el kadish y convoca a la congregación inclinando su cabeza hacia delante, exclamando: Barjú – “Din – Bendecid al Señor Bendito y los orantes contestan en voz alta, inclinándose “Bendecido sea el Bendito D’s, eternamente”. El oficiante repite la frase, dando comienzo así, un capítulo especial de la oración matinal y vespertina, el que corresponde al “shemá y sus bendiciones”.

El shemá es la oración más importante ya que es la única que fue prescrita como un precepto de hacer, enumerado en las 613 mitzvot. Todas las plegarias restantes, con excepción de la bendición de gracias que se recita después de los alimentos, que explicaremos más adelante, tienen su origen en las disposiciones de nuestros sabios, tanto en cuanto a su redacción como al momento en el que deben ser recitadas. El shemá, en cambio, cuenta con un texto y un horario que ya aparece en las Escrituras. En Deuteronomio 6:7, leemos: “Se las repetirás a tus hijos, hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, al acostarte como al levantarte”. Del versículo aprendemos la orden de leer diariamente el shemá, vehaya y vayomer, tanto a la hora de levantarnos en la mañana, como en el tiempo de acostarnos en la noche.

Como ya lo explicáramos en el capítulo de la mezuzá, el shemá es una declaración de la aceptación del yugo divino y de la unidad y unicidad del Creador. Según la tradición que recibimos desde la época de Moisés dos letras se destacan por su tamaño en el versículo: la y “ayin” de shemá y la “dalet” de ejad. Las dos letras forman por sí la palabra “ed” -testigos, expresando que toda persona que lee la invocación con sinceridad y afecto declara públicamente que el Señor, nuestro D’s es el conductor y supervisor del mundo. Fue, es y será y su “reino gobierna por doquier”, es Uno y Único. Este es el fundamento de la fe monoteísta.
Cuando se recita la frase de shemá, se acostumbra cubrir los ojos con la palma de la mano derecha, a fin de aislarse del entorno y concentrarse plenamente con toda la atención a su contenido. Esa declaración es tan importante que los codificadores de la Ley Judía durante los siglos que siguieron a la finalización del Talmud (los poskim), indicaron que en el caso en el que la persona ya hubiera leído el shemá a la mañana o a la noche de ese día, y se encontrara frente a un público que recita el texto en ese instante, debe unirse al mismo para no ser visto como quien se aparta de la comunidad, pese a haber ya cumplido con el precepto.

Los conocedores de la ciencia esotérica encontraron sugerencias sugestivas en la palabra ejad, el alef’ – cuyo equivalente numérico es uno, es el Único; la jet – que equivale al número ocho, a los siete firmamentos, que junto con la Tierra suman ocho; la dalet -cuatro- los cuatro confines del Universo: Único es Él, sin socios, sin áreas ni límites de espacio y tiempo.
En el primer fragmento de shemá, se intercala en la mañana y en la noche, el versículo: “Loado sea el glorioso nombre de su reino, eternamente”, que se dice en voz baja.
El motivo de esta costumbre, es relatado por nuestros sabios z”l, que también explican la expresión que se convirtió en lema: “Cuando el patriarca Iaacov estaba por expirar, entraron sus doce hijos y rodearon su lecho. Iaacov observó detenidamente el rostro de cada uno, escudriñándolos, ante la íntima sospecha, que albergaba dentro de su corazón: “¿Quién de sus hijos no tiene una fe íntegra en D’s en su corazón y un apego completo a su servicio, similar al suyo? No puede ser que yo tenga el privilegio que mi padre y mi abuelo no tuvieron. Mi padre – Itzjak- tuvo un hijo que se llamó Eisav que se apartó del camino correcto; mi abuelo -Abraham-, tuvo un hijo llamado Ishmael que tampoco siguió la senda de su padre. ¿Será posible que todos mis doce hijos estén preparados a seguir mi camino, la senda del servicio divino?”.
Los hijos de laacov contestaron al unísono, de manera de apartar toda sospecha de su padre y dijeron: shemá Israel, H’ E’lokenu, H’ Ejad! – “Oye Israel (Israel, es el nombre agregado a laacov), D’s es nuestro D’s, el Señor es Uno”, es decir, entre nosotros, no existe ni uno solo, que se aparte del camino de la fe y de la integridad. Al escuchar esta respuesta unánime de sus hijos, laacov se sintió aliviado, agradeció a D’s, diciendo: Baruj Shem kevod maljuto leolam vaed – “Loado sea el glorioso nombre de Su reino, eternamente”. Por eso combinamos – aunque sea en voz baja- hasta nuestros días, inmediatamente después del primer versículo de shemá, la reacción de agradecimiento de laacov.

La lectura del shemá, no está aislada en el orden de nuestras plegarias. Se la acompaña con bendiciones – anteriores y posteriores-. Durante la plegaria de Shajarit – hay dos bendiciones antes: una ‘larga y otra ‘corta’.
“La bendición larga”, se la llama así, no por el número de palabras que la compone, sino por su estructura especial, que comienza y finaliza con las palabras Baruj ata H’ – (“Bendito eres Tú, Señor”)-. La “bendición corta”, es aquella que sólo termina con estas palabras.
La bendición larga que se lee antes de la lectura de shemá, en Shajarit, abre con las siguientes palabras: “Bendito eres, Señor, D’s nuestro, soberano del universo, creador de la luminosidad, causante de la oscuridad, promotor de la paz y generador de todas las cosas” – y finaliza con “Bendito eres Tú, creador de las luminarias” -, éste es un canto de alabanza al Todopoderoso, el que renueva con su bondad, cada día, siempre, sus actos en el momento de la Creación.
Lo comprenden también, los dos versículos, que debemos repetir cuatro veces, cada día: Kadosh, Kadosh, Kadosh -”Santo, Santo, Santo, es el Señor de las legiones celestiales, rebosante de su gloria está toda la tierra” – tomados de Isaías 6:3, en el momento de la revelación de D’s al profeta y el versículo: Baruj kevod H’ mimkomó – Loada sea la gloria de D’s desde su morada- (Ezequiel 3:12).
La esencia de la bendición mavirim or uvorejoshej – “Creador de la luminosidad, causante de la oscuridad”- viene a contradecir la creencia que imperaba en la época de los medos y los persas, que existen dos fuerzas que gobiernan el mundo: el dios de la luz y el dios de la oscuridad, que riñen entre sí por la posesión del poder y gobernar el mundo, con la fuerza del bien o del mal.
Ya el profeta Isaías (45:7) proclamó: “Yo creo la luz y modelo la tiniebla, Yo hago la dicha y creo la desgracia, Yo soy H’, el que hago todo esto”. En este verso, se fundamenta la primera bendición de shema.

La bendición corta, que precede el shemá, está dedicada totalmente a la luz, pero de otro tipo – la luz de la Tora: Ahavat olam ahavtanu H’ E’lokenu - Con amor eterno nos amaste H’ nuestro D’s- según la versión de Sefaradi, o Ahava raba ahavtanu – Grande ha sido, D’s nuestro, el amor que nos has profesado”-, según la versión de Ashkenazi y hasta el final habojer beamó Israel beahava – Por haber escogido al pueblo de Israel con amor -.
Cuando pronunciamos esta bendición, acostumbramos tomar entre los dedos meñique y anular de la mano izquierda, las cuatro tzitziot del taled y unidos las acercamos a nuestro corazón.
En el momento de decir ureitem otó – y las veréis – en el fragmento de Números 15, se observan las tzitziot y cada vez que se menciona la palabra tzitzit, se las besa. También se acostumbra besar las tzitziot cuando se pronuncian las palabras finales: H’ E-lokejem emet – Yo soy vuestro D’s. Verdad -. Cuando se llega a las palabras: neemanim venejmadim laad -sus palabras son eternamente actuales, provechosas y útiles; su ley tiene vigencia eterna -, se dejan las tzitziot, después de besarlas a modo de despedida.
En los dos lugares, donde se recuerda el precepto de los tefilín, se acostumbra apoyar los dedos, sobre los tefilín de la cabeza y de la mano y besarlos.

El fragmento del shemá, contiene 245 palabras; número cercano a los doscientos cuarenta y ocho miembros del cuerpo humano, que expresan la sumisión completa al servicio divino y la sagrada carga del cumplimiento de los preceptos, para poder decir: cal atzmotai – Dirán todos mis huesos: H’ D’s, ¿Quién como Tú? Para completar el número doscientos cuarenta y ocho, el oficiante repite en voz alta las tres palabras H’ E-lokeijem, emet – D’s vuestro D’s. Verdad. Quien reza individualmente y no escucha la repetición del oficiante, completa el número de palabras para alcanzar las doscientas cuarenta y ocho, cuando antes del comienzo del shemá Israel, agrega las tres palabras E’l melej neeman – D’s es un soberano leal -. La costumbre sefardí es de repetir H’ E’lokeijem emet individualmente.
Entre la lectura del shemá de Shajarit, hasta shemoné esré, se pronuncia una bendición corta, emet veyatziv – Verdad firme – que finaliza con Baruj ata H’ gaal Israel – Bendito eres Tú, D’s, redentor de Israel -.
No se debe interrumpir la lectura del texto ni siquiera para pronunciar la palabra Amén, para permitir la unión de lo referido a la redención con los pedidos de la plegaria.

Extraído de “Judaísmo practico”.

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