Zambulléndose en Aruba

Teníamos una comida asombrosa, un alojamiento lujoso, excitantes deportes acuáticos, veladas de encanto, brisas tropicales y días en tecnicolor rodeados de aguas turquesa y cristalinas. Hacíamos esnórquel y una especie de ciclismo acuático. Escalábamos acantilados de rocas. Recorríamos el lecho del océano en submarino. Era un encuentro familiar de fantasía hecha realidad. Mis padres nos habían invitado a estas vacaciones de sueño en el Americana de Aruba,un hotel de cinco estrellas. Estaban mi hermano, una hermana, sus cónyuges, y mis sobrinas y sobrinos. Este era un gran cambio con respecto a nuestro viaje usual a las montañas Catskill del estado de Nueva York. Teníamos todo: menos una mikve. Debido a una falla en mi ciclo menstrual, la ausencia de una mikve suponía un desafío. ¡Qué hacer? Para mí era obvio. Mi esposo se mostró incrédulo — no, atónito— cuando le dije que convertiría el Caribe en una mikve. Helene —dijo — , ¡creo que estás loca! ¡¿Quieres correr el riesgo de sufrir el ataque de un tiburón o una neumonía, tan solo para que podáis hacer el amor?! Espera unos días hasta que regresemos y puedas usar mikve de nuestra comunidad.
Conozco a mi marido. No hay ningún modo en que él quisiera que tome riesgo alguno tan solo para que podamos reanudarlas relaciones conyugales. Pero aquí estábamos, en un entorno romántico salido de un ¡Meto de viajes, ¡disfrutando de unas vacaciones casi perfectas rodeados fiel agua!
Mi marido, un lógico médico con un doctorado en ciencia, trataba de desanimarme, pero mi hermana mayor se confabuló con mi trama. Había de ser mi deseosa cómplice. Ella miraría mientras yo me zambullera tres les bajo el telón de la oscuridad. Mi marido finalmente accedió a mi descabellado plan y se ofreció a mantener ojos de lince en busca de mirones desde su lugar a casi ochenta metros en la parte seca de la playa.

Allí, pasando la oscuridad de la amplia playa, mi marido se encontraría lo suficientemente cerca como para oír (alguien para oír nuestros gritos si golpeaba el desastre).

Era tarde a la noche cuando mi hermana y yo nos escabullimos a través de los baños públicos del hotel. Vistiendo esponjosas batas blancas y llevando toallas, podríamos habernos dirigido a la piscina. Pero cruzamos el patio y avanzamos directamente hacia el mar.

Había parejas paseando por la playa. Sus sendas eran iluminadas solo por una tajada de la luna y las borrosas luces del hotel que llegaban a la costa. Esperamos hasta que la costa estuviera vacía, literalmente.Después de media hora, aproximadamente a las once de la noche, el último de los paseantes se desvaneció en los hoteles.

Mi marido estaba en su lugar, y mi hermana y yo hicimos nuestra movida.

Cuando nos acercábamos al agua tratábamos de calmar nuestros temores y convencernos entre nosotras de que aquella era una muy cuidada playa de un balneario que todos los días limpiaban de desechos; que la caminata al mar era lisa y nivelada; que el agua estaba limpia y transparente;y que era poco probable que en el área hubiera tiburones, en especial de noche.

Pero sin importar cuan lógicas tratáramos de ser, la oscuridad no era nuestra amiga, y nos venían a la mente toda clase de pensamientos pavorosos. Nos preguntábamos si habría conchas o vidrios rotos debajo de nuestros pies, tiburones y otras criaturas marinas, descensos repentinos en el lecho del océano y aguas turbias que tuvieran pedazos de algas (o, peor aún, ¡un nadador nocturno!).

La blanca arena centelleante y caliente se había vuelto gris y húmeda. El agua cristalina era ahora negra, ocultando quién sabía qué. Y sin el sol caribeño, el agua estaba fría; realmente fría. Y yo aborrezco el frío. Mi cuerpo siente rechazo por el frío. Durante todo el invierno uso ropa interior térmica y duermo con tres mantas.

Después de que me hube desvestido, mi hermana bloqueó con mi ba¡ la visión de mi arremetida hacia el agua y avancé chapoteando a traJ de las olas. Mi meta era llegar al agua que alcanzaba la altura del pechoa cerca de una cuadra de ciudad de distancia; mi hermana, la guardiana, detrás de mí. Tenía que entrar en el agua para verme cumplir con el requerimiento halájico de sumergirme completamente tres veces.

Una vez en el agua traté de pensar en Dios y en la mitzvá. Pero tuve que reunir todas mis fuerzas para sencillamente luchar con el malestar y el temor. Dije mi bendición en un tiempo récord. Se lo podría llamar una zambullida veloz o mikve exprés. Y salí del agua tan rápido como mis agitados miembros podían llevarme. Pero lo hice.

Cuando las plantas de los pies tocaron tierra seca caí en la cuenta de que mí experiencia podría haber sido peor. ¿Y sí hubiéramos estado de vacaciones en un centro turístico en medio del desierto o en un hotel en el ártico?

Caminando por la playa, los primeros sonidos que oí fueron los compases de la música calipso del patio del hotel donde estaba en camino una fiesta de «haz tu propio sundae de cremas heladas». La idea de una crema helada tenía un efecto escalofriante en nuestros cuerpos ya medio helados y empapados.

Viéndonos como dos ratas ahogadas con los labios púrpuras, nos escurrimos triunfantes por el lobby. Pasando por los barriles de cremas heladas, las cerezas al marrasquino y los caramelos calientes, nos fuimos directo a nuestras habitaciones.

A la noche siguiente manaron de mí sensaciones positivas y cálidas. Estaba de punta en blanco y paseando con mi marido en la galena, mirando la playa que se había visto tan temible la noche anterior.

«Querida —dijo—, eres una mujer valiente».

Bajo su amorosa mirada y el cielo encendido de estrellas, ya no volvía sentirme más como la misma esposa.

Extraído de “Inmersión total” de editorial Bnei Sholem

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