Hombre Agrícola

“Pues el hombre es un árbol del campo.” Deuteronomio 20:19

El calendario judío está estrechamente armonizado a las temporadas agrícolas. La Torá instruye que Pesaj debe coincidir con la temporada de aviv, ampliamente definida como la Primavera pero que específicamente alude a la temporada de la maduración de la cebada. Shavuot es llamada “Festividad de la cosecha” y coincide con la cosecha de la espiga en pie, el trigo. Sucot es la “Festividad de la Recolección”, celebrada cuando el grano, que se ha secado en el campo todo el verano, es traído al granero. Y luego está el Año Nuevo para los Arboles, el 15 del mes de Shvat (Tu biShvat), observado mientras los primeros brotes del árbol surgen de su letargo invernal. De hecho, nuestro calendario hace grandes esfuerzos para reconciliar sus meses de base lunar con las estaciones de base solar.

Nuestros antepasados, observando estas festividades en Tierra Santa hace tres mil años, eran primariamente un pueblo agrario. Sin embargo, aun entonces estaba Leví, la tribu de sacerdotes; Shimón, una tribu de maestros de escuela; Isajar, una tribu de eruditos; y los mercantes marinos de Zevulún. Hoy, un porcentaje muy pequeño de nosotros trabaja la tierra. Pero la Torá, el plano maestro de Di-s para la Creación, trasciende las diferencias de tiempo y circunstancias culturales y es hondamente relevante en todas las generaciones y sociedades de la historia. Pues entonces, ¿qué significa todo esto para aquellos de nosotros que nunca plantaron una semilla o reunieron una cosecha?

La experiencia misma de la vida es agraria. El descenso del alma a la vida física, como el plantado de una semilla, es una inversión; una inversión precaria, dado el hecho de que el capital de uno se gasta significativamente antes de producir ganancia. El granjero que siembra su campo sabe que toma grano perfectamente bueno, grano con el que podría alimentar a su familia, y lo lanza al suelo, donde pronto se descompondrá. Pero también sabe que la semilla desintegrándose estimulará la tierra para producir muchas veces la cantidad que ha malgastado.

El alma, también, es sepultada en la tierra, arrojada a un cuerpo de arcilla con deseos e impulsos materiales. Es peor el desgaste: sus sentidos espirituales se embotan, su rectitud moral se ve comprometida. Pero la investidura del alma dentro de la tierra y terrenalidad la estimula, y al cuerpo y ambiente físico en que ha sido puesta, a una cosecha mucho mayor que la que el alma podría haber producido por sí sola.

La granja humana incluye muchas y variadas cosechas. En Pesaj celebramos la maduración de la cebada, un grano que sirve primariamente como alimentación animal. Esto representa el desarrollo de la naturaleza animalística con que el alma ha sido ensillada a su descenso al estado físico, pero cuya pasión e intensidad supera cualquier cosa que el alma espiritual pudiera convocar para sus propios ideales espirituales. Adecuadamente cultivada y dirigida, la bestia en el hombre prueba así constituir un recurso inapreciable en la búsqueda del alma por ahondar e intensificar su nexo con su Creador.

En Shavuot, el trigo, la espiga de la dieta humana, es cosechado. Esto representa el desarrollo del elemento humano en el hombre, el propio potencial espiritual del alma, más potenciado y convertido en más dadivoso por el desafío de la vida material. Y así es con las demás festividades agrícolas en nuestro calendario, tales como la internalización de la cosecha en Sucot o el elemento de delicia en la vida representado por el florecimiento de la fruta en Tu biShvat: cada uno encarna otro aspecto de la saga del alma como semilla sepultada, brote floreciente y cosecha lucrativa.

Basado en una Sijá del 15 de Shvat, 5731

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