Plegaria por la lluvia

En Sucot el mundo es juzgado con respecto al tema del agua. Sepa cuando y porque se eleva una plegaria por la lluvia…

Puesto que durante la Festividad de Sucot el mundo entero es juzgado respecto del agua (Talmud, Rosh HaShaná) parecería que el momento propicio para orar por la lluvia sería el primer día de la Festividad, tal como la plegaria por el rocío (Sidur, pág. 265) es recitada en el primer día de Pesaj [pues los cultivos precisan rocío, y en Pesaj Di-s juzga el producto de la tierra]. Sin embargo, por lógico que parezca, no oramos explícitamente por las lluvias sino hasta Sheminí Atzeret. durante Sucot, insinuamos a Di-s que nos dé lluvia, pues, como vimos anteriormente, muchas de sus mitzvot simbolizan nuestra necesidad de lluvia. Así, tomamos cuatro especies que crecen próximas al agua, vertemos la libación de agua sobre el altar y marchamos en torno del altar con la aravá. Sin embargo, en nuestras plegarias no hacemos mención de la lluvia.
Los Sabios explican: El rocío, que comenzamos a pedir en el primer día de Pesaj, constituye siempre una señal de bendición Divina para el mundo, y oramos para que caiga incluso en el primer día de la Festividad. Pero, en cuanto a la lluvia, rezamos para que caiga en “el momento adecuado”, y no durante Sucot. La lluvia en Sucot es considerada una maldición y no una bendición, ya que el pueblo de Israel no puede cumplir con la mitzvá de Sucá cuando llueve. Es como si los cielos dijeran que Di-s no desea el cumplimiento de esta mitzvá por parte de Israel, declarando: “No quiero que vosotros Me sirváis”.
La Mishná señala:
¿A qué puede compararse? A un sirviente que acude a servir una copa a su amo y éste, el amo,! la arroja en su rostro (Sucá 2:9).
Dado que la lluvia durante la Festividad no es considerada señal de bendición Divina, no se menciona en la plegaria sino hasta Shemini Atzeret. Cuando el pueblo de Israel sale de la Sucá y regresa a su casa, y se levanta a la mañana siguiente para ir a la sinagoga a rezar, dirige inmediatamente una plegaria a Di-s [en el servicio de Musaf] para que abra el tesoro de Sus cielos y la tierra florezca y rinda sus frutos.
Aunque la oración por lluvias está integrada al servicio de plegarias de Sheminí Atzeret, no pedimos que caiga de inmediato. Por el contrario, sólo la mencionamos como una forma de alabanza a Di-s, agregando la frase Mashív harúaj umoríd haguéshem [El hace que el viento sople y caiga la lluvia] en el Shemoné Esré. La verdadera plegaria por lluvia, incluida en la Amidá, en la berajá deBaréj Aleinu o Barjenu, para los sefaradím], se comienza a decir en Israel a partir del Maariv del séptimo día de Jeshván, para que todos los que han peregrinado a Jerusalén tengan tiempo suficiente para regresar a sus hogares antes de que la lluvia comience a caer y los caminos se tornen difíciles de transitar.

A continuación, una historia verídica acontecida en un día de lluvia

EL SOL PUEDE BRILLAR
EN UN DIA DE LLUVIA

Las gotas de lluvia, golpeando rítmicamente contra mi ventana, producían un canto monótono. “Quédate en la cama, no te levantes!”una y otra vez.
Con renuencia saqué mi brazo de debajo de mi frazada protectora, para echar una mirada al reloj despertador. Los verdes y luminosos números se veían extraños y misteriosos en la oscuridad de una temprana mañana de invierno. Treinta y cinco preciosos minutos antes de que la estridente alarma rompa la quietud de la noche, declarando el comienzo de un nuevo día. Me doy vuelta, acomodo mi cuerpo, y dejo volar mis pensamientos.
Hoy es un día para limpiar placares, y ordenar estantes y armarios, tareas que se dejan especialmente “para un día de lluvia”. Hay cartas para escribir, libros para leer, botones que deben ser cosidos, y muchas cosas más que son especiales para una jornada en que nos quedamos en casa.
Amo estos días en que puedo permanecer en mi hogar, aunque a veces la necesidad me obliga a salir.
Puedo visualizar la monotonía de los cielos grises, la humedad de las calles, el frío y la incomodidad de un día de lluvia. Sé perfectamente qué calles serán difíciles de cruzar, debido a los enormes charcos de agua que se forman. Puedo sentir la humedad que penetra en mis zapatos, y confecciono una nota mentalmente que me recuerde de calzar botas. Veo el agua salpicar mi ropa cuando los autos pasan velozmente por la acera. Y de pronto, en medio de todo esto, irrumpe el recuerdo de un día de lluvia de hace muchos años, que provoca en mí una amplia sonrisa.
Sucedió hace treinta años, yo era recién casada, y tenía mis hijos muy pequeños.
En esos tiempos el barrio de Crown Heights era distinto. Nosotros vivíamos en President St. y Rogers Av. en una cuadra habitada por muchas familias de Lubavitch. Muchos de nuestros vecinos pertenecían a importantes familias jasídicas y me consideraba afortunada de la locación de nuestro apartamento.
En ese entonces el Rebe vivía en un edificio ubicado en President St. y New York Av. Todos sentíamos sana envidia por nuestros amigos que vivían allí. Mis jóvenes amigas contaban historias sobre cómo habían encontrado al Rebe en la entrada, ó cuando él mismo les sostenía la puerta.
Acostumbrábamos a pasear a nuestros bebitos en sus coches por esa cuadra, para tener la oportunidad de encontrarlo y mostrarle a nuestros niños.
En esa época mi esposo trabajaba de Shojet (matarife ritual). No tenía una agenda sencilla, especialmente para una joven pareja. Además nuestra familia residía en Boston, y no contaba con su ayuda.
Los pollos se carneaban cada día, y los carniceros podían retirarlos inmediatamente. Mi esposo trabajaba a partir de las diez de la noche y regresaba a las 7 de la mañana. Cuando los niños se levantaban hambrientos y húmedos, él llegaba a casa a dormir. Sin embargo había una ventaja en todo esto, en los días en que me veía obligada a salir podía contar con la colaboración de mi esposo como ” baby sitter durmiente”. Y de esta forma en los días de frío o lluvia esto era fantástico.
Recuerdo claramente ese día. Llovía muchísimo. Jamás hubiera salido, sino hubiera sido porque era el día de vencimiento de algunas boletas que debía abonar en el banco. Me vestí para la ocasión con mi piloto, calcé mis altas botas, y llevé mi paraguas. Tambien me puse un sombrero de lluvia y un abrigado echarpe. Iba caminando por Eastern Parkway, las calles que normalmente estaban colmadas de transeúntes, estaban desiertas. También el tráfico se veía reducido. La abundante lluvia impedía que la gente saliera a la calle.
Estaba totalmente absorta en mis pensamientos. Tratando de recordar todos los sitios donde debía detenerme, para luego volver a mi casa. Ya me sentía congelada y empapada. El paraguas no podía ofrecerme mucho resguardo debido al fuerte viento que soplaba, finalmente lo cerré, con frustración.
Y de pronto, en medio de la desierta vereda, noté la presencia de un par de pies dentro de un par de zapatos de hombre. La vida era segura y tranquila en esos días, así que no sentí temor alguno. Noté que los pies venían a mi encuentro, y que pronto nos cruzaríamos. Oí entonces un simpático y entusiasta saludo: “A Gutn Tog”(Buen día). Eché una rápida mirada, y seguramente mi rostro mostró una rápida serie de emociones. Estaba totalmente sorprendida, atónita, excitada y muda por un instante. No podía creerlo!, delante de mí estaba el Rebe!. Las variadas expresiones en mi rostro, parecían divertirlo. Me sonrió ampliamente, movió su cabeza, rozó su sombrero y velozmente siguió su camino hacia 770 (Central de Jabad Lubavitch).
Yo quede parada en medio de la tormenta, con mi paraguas desarmado, y una sonrisa brillando en mi rostro. Ya no sentí el viento, ni la humedad de ese horrible día. El encuentro había durado sólo un instante, pero el impacto dejó su calidez en todo mi ser. El gris del día no había desaparecido, pero a mí ya no me afectaba. Se acababa de convertir en un día extraordinario. Podía sentir el calor del sol que se escondía detrás de las pesadas nubes. Y en la realidad el sol siempre está detrás de las nubes.

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