Juventud…

Todos añoramos nuestra juventud, evocando cuán fácilmente asumíamos entonces tareas que hoy nos parecen tan difíciles.

Quienquiera no ha visto la alegría de la Celebración de Extracción del Agua [en el Gran Templo en la festividad de Sucot], no ha visto alegría en su vida… Había allí candelabros de oro, cada uno con cuatro recipientes de oro en su cima y cuatro escaleras que conducían hasta ellos. Cuatro jóvenes de los kohaním [ascendían por cada escalera] sosteniendo jarras con 120 loguím de aceite para verter en cada uno de los recipientes… No había un solo patio en Jerusalén que no estuviera iluminado por la luz de la Celebración de Extracción del Agua.
—Talmud, Sucá 51a

Los kohaním (los sacerdotes que sirvieron en el Gran Templo) tenían que ser fuertes; su servicio en el Templo les exigía cargar todo el muslo de un buey adulto ascendiendo la rampa que conducía a la cima del altar. Pero el Talmud hace un tanto de aritméticas y concluye que la hazaña desempeñada por los kohaním jóvenes que llenaban las lámparas en la Celebración de Extracción del Agua era mayor aún: la rampa que conducía a la plataforma del altar se alzaba hasta una altura de 9 codos (unos 4,5 metros) sobre una extensión de 32 codos (unos 15,5 metros), un ascenso con una inclinación cercana a los 15 grados. Las escaleras por las que los jóvenes kohaním, ascendían llevando cada uno una jarra con 30 loguím (unos 7 litros) de aceite tenían una altura de 50 codos (24 metros), y era un ascenso totalmente vertical hasta arriba.
Todos nosotros añoramos nuestra juventud, evocando cuán fácilmente asumíamos entonces tareas que hoy nos parecen tan difíciles. La diferencia no está solamente en el mayor peso de la carga que los jóvenes pueden llevar, sino, más significativamente, en la manera en que ellos asumen los desafíos de la vida.
La persona madura enfrenta las cosas de una manera “paso a paso”. Aquí es donde estoy hoy, y allí es donde quiero llegar. Para llegar allí, primero debo hacer esto, luego eso, y después aquello. Ello me llevará mucho más cerca de mi meta. Entonces haré esto, y esto, y esto… Me tomará tanto tiempo, tantos dólares, tanta motivación, estas circunstancias y aquellas, y necesitaré esto de esta persona y eso de aquella otra persona, para llegar allí.
En otras palabras, el ascenso de la vida es una “inclinación”. Algunos hacen de éste un declive muy gradual, mientras que otros se desafían a sí mismos a un ascenso más empinado; el resultado final, sin embargo, es que tanto “espacio” se requiere para alzarse uno mismo a tal y tal altura.
La juventud no tiene semejantes demandas. Pone su mirada sobre una meta y asciende directamente arriba.
La juventud no desaparece con el paso de los años; sólo retrocede a lugares progresivamente más profundos y escurridizos dentro de nosotros. Si aprendemos a estimular la juventud dentro de nosotros mismos, podemos iluminar todo los patios de Jerusalén con la luz que portamos por la escalera de la vida.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. IV~ pags. 1365-1367

Extraído de El Rebe enseña Editorial Kehot Sudamericana

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