Alegría liquida

La Libación del Agua tenía lugar todos los siete días [de Sucot]… ¿Cómo se hacía? Una jarra de oro, que contenía tres lugufm1, era llenada del Manantial de Shilóaj. Guando llegaban al Portal del Agua2 se hacía sonar el shofar… [El sacerdote] ascendía por la rampa [del altar] y giraba a su izquierda… donde había dos recipientes de plata… con pequeños orificios [en su fondo] — uno más amplio y el otro más estrecho, para que ambos se vaciaran a la vez3; el occidental era para el agua, y el oriental para el vino… Al que vertía le decían: “Levanta tus manos” (para que todos lo pudieran ver vertiendo el agua), porque… una vez hubo un saduceo que derramó el agua sobre sus pies, y todo el pueblo lo apedreó con sus etroguím…
— Talmud, Suca 42b; 48a-b
La “Libación del Agua”, era un aspecto importante de la festividad de Sucot cuando el Gran Templo estuvo en pie en Jerusalén.
A lo largo del año, las ofrendas diarias eran acompañadas por la libación de vino sobre el altar; en Sucot, además de vino, se vertía agua.
La extracción del agua para este fin era precedida por toda una noche de celebraciones en el patio del Templo, con Levitas tocando instrumentos, Sabios haciendo malabares con antorchas, y enormes lámparas de aceite ardiendo e iluminando la ciudad entera. Los cantos y bailes continuaban hasta romper el día, cuando una procesión se abría camino hacia el valle allende el Templo para “extraer agua con alegría”4 del Manantial Shilóaj.
“Durante todos los días de la extracción del agua”, rememoraba Rabí loshúa ben Janania, “nuestros ojos no vieron sueño”. Y el Talmud declara: “Quien no vio la alegría de las celebraciones de extracción del agua, no ha visto alegría en su vida”5.
Los saduceos, sin embargo, se oponían a la Libación del Agua.
Estos pertenecían a una secta judía que negaba la tradición oral (tora shebealpe] recibida por Moshé en Sinaí y transmitida a lo largo de las generaciones, alegando tener derecho a interpretar la Tora conforme su propia comprensión personal.
A diferencia de la libación del vino, ordenada explícitamente por la Tora’1, el vertido de agua en Sucot sobre el Altar es insinuado por tres letras adicionales en los versículos en que la Tora habla de las libaciones que debían acompañar a las ofrendas de Sucot (Números 29:19, 29 y 33): según la interpretación tradicional de la Tora, estas letras se combinan para formar la palabra máim (agua).
Los saduceos, quienes rechazaban la tradición de Sinaí, eran de la opinión que sólo vino debía ser vertido sobre el altar en Sucot, tal como en cualquier otro día del año.
Durante la era del Segundo Templo, hubo épocas en las que los saduceos acumularon poder político y hasta obtuvieron el Sumo Sacerdocio, el más alto cargo espiritual en Israel. Así fue cómo sucedió que un cierto Sucot, el honor de verter agua sobre el altar le fue conferido al sacerdote saduceo que, en lugar de hacerlo en su pres-cripto recipiente en el extremo sudoeste del altar, la derramó sobre sus pies para demostrar su oposición a la práctica. La muchedumbre congregada expresó su enfado apedreándolo con los etroguím que, siendo Sucot, sostenían en sus manos7.

El sabor del Agua
En el servicio del hombre al Creador hay dos componentes básicos:
En primer lugar está lo que el Talmud denomina “la aceptación del yugo de la soberanía del Cielo” (kabalat oí maljut shamáim), que es la base y el fundamento de la Tora: sin semejante aceptación, el concepto mismo de una tnitzvá (mandamiento Divino) no tiene significado8.
Pero Di-s nos dio más que un cuerpo y un sistema nervioso, que es todo lo que hubiéramos necesitado si nuestro propósito en la vida fuera una mera obediencia “robótica” en el cumplimiento de las mitzvot. Di-s nos creó con una mente inquisidora y un corazón sensible porque deseó que también estos formaran parte integral de nuestro servicio a El9.
Expresado en las palabras de la Tora: “Ved, os he enseñado estatutos y leyes… pues ésta es vuestra sabiduría y comprensión ante las naciones”10; “Sabrás hoy, y llevarás a tu corazón, que el Señor es Di-s”11; “Conoce al Di-s de tus padres y sírvele con corazón íntegro alma deseosa”12; “Ama a Di-s… con todo tu corazón”13; “Sirve a Di-s con alegría”14.
El desea que sepamos, comprendamos, apreciemos, amemos, deseemos y disfrutemos nuestra misión en la vida.
En el lenguaje de la Cabala y el jasidismo se habla de estos dos componentes como del “agua” y el “vino” de la vida.
El agua —inodora, incolora e insípida, el requisito más básico de la vida— es la “aceptación del yugo del Cielo”, vacía de los aditivos intelectuales y emocionales.
El vino —agradable al ojo, al olfato y al paladar, embriagador del cerebro y alborozador del corazón— es el aspecto sensualmente gratificante de la Tora: la comprensión y experiencia de la relación del hombre con Di-s y el significado interior de las mitzvot.
Y con todo, en Sucot, el agua es el elemento más “sabroso” de nuestro servicio a Di-s, la causa de un enorme regocijo, uno del calibre que jamás fue igualado por ningún otro regocijo en el mundo.
Para comprender esto, debemos examinar primero qué tiene que decir la halajá (la ley de la Tora) sobre el “sabor” del agua.
La ley declara que “está prohibido derivar placer de este mundo sin una berajá”1S, una bendición previa de alabanza y agradecimiento a Di-s. Así, hasta la más pequeña cantidad de alimento o bebida16, o alimento y bebida que se consumen con propósitos no-nutricionales (por ejemplo, por razones de salud), requieren de una berajá previa, porque la persona deriva placer de su sabor. El agua, sin embargo, no tiene sabor, por lo que no requiere de una berajá a menos que “uno beba agua por tener sed”, en cuyo caso, explica el Talmud, la persona deriva placer de este líquido de otra manera sin sabor17.
Para el hombre sediento, un vaso de agua es más sabroso que el vino más suntuoso. En el sentido espiritual, esto significa que cuando un alma experimenta “sed” de Di-s —cuando reconoce cuan vital es su conexión con Di-s para su mismísima existencia— el prosaico “agua” del compromiso es un festín para los sentidos.
Para el alma sedienta de Di-s, su simple compromiso a El es más jubiloso que la más profunda página del Talmud, el más sublime secreto cabalístico, el más extático vuelo de la plegaria, la más intensa experiencia espiritual.
Para semejante alma, el “agua” que extrae de su más profundo ser para verter sobre el altar de su servicio Divino es una fuente mayor
de alegría que la carne y el vino ofrecidos sobre su altar o el incienso que flota por su Templo.

¿Por que Sucot?

Rosh HaShaná es la “cabeza” del año judío, un tiempo dedicado al componente más fundamental de nuestra relación con Di-s. En Rosh HaShaná coronamos a Di-s como nuestro rey y reiteramos nuestra “aceptación del yugo de la soberanía del Cielo”18. Pero en Rosh HaShaná el regocijo del alma sedienta de su agua elemental se ve dominado por el temor que satura la ocasión, mientras la totalidad de la Creación tiembla anticipando la renovación anual de la soberanía Divina.
Sucot es la celebración de esta alegría, la revelación de aquello que estaba implícito catorce días antes, en Rosh HaShaná.
(Así, la enseñanza jasídica explica el versículo: “Sopla el shofar en el Novilunio, en la ocultación del día de nuestra festividad”19. El calendario judío es lunar, lo que significa que sus meses siguen las fases de la luna. La luna y el mes nacen, crecen, maduran y menguan juntos; cada mes comienza en la noche de la luna nueva, progresa a medida de .que ésta crece en el cielo nocturno, y alcanza su pico en el decimoquinto día del mes, la noche de la luna llena. A ello se debe que tantas de las festividades y días especiales del año judío caigan en el decimoquinto día del mes, siendo éste el día en el que la cualidad especial del mes particular está más expresada y manifiesta.
En el mes de Tishrei, Rosh HaShaná coincide con el nacimiento de la luna nueva el primer día del mes, mientras que Sucot comienza el decimoquinto. En consecuencia, “Sopla el shofar”, proclamando nuestra aceptación de la soberanía del Cielo, “en el Novilunio” , Rosh HaShaná; esto, sin embargo, perdura “en la ocultación [hasta] el día de nuestra festividad” , Sucot20, cuando estalla en un regocijo festivo de siete días.)

Declaración Anatómica
Los saduceos se oponían a la Libación del Agua en Sucot.
Se rehusaban a aceptar la Divinamente ordenada interpretación de la Tora transmitida a Moshé en Sinaí y entregada a las generaciones siguientes. Al tiempo que reconocían el origen Divino de la Tora, la consideraban una serie de leyes abiertas a la interpretación personal, una interpretación sometida únicamente a la comprensión y los sentimientos del intérprete. En otras palabras, no hay verdadero compromiso, ninguna sumisión genuina a la autoridad Divina.
El saduceo podría reconocer la necesidad de obediencia “ciega” a la Tora por parte de las masas, pues no cada hombre es capaz de interpretar estas leyes por sí mismo. Podría reconocer la necesidad de semejante obediencia por parte de incluso el más sabio de los hombres, pues ningún hombre puede esperar comprenderlo todo. Pero ésta es más bien una necesidad que un ideal, el de un cumplimiento de la Tora basado en la comprensión y apreciación por parte del observante. De modo que no hay alegría en la sumisión a la voluntad Divina, ningún sabor en el agua del compromiso.
Pues el saduceo no siente sed de este agua; para él, la Tora no es la esencia de la vida, sino un lujo espiritual, una comida sabrosa para la mente y el corazón. Si debe obedecer sus leyes, es sólo para permitirle paladear su sabor intelectual y aroma emocional. Sólo vino fluye sobre el altar de su servicio a Di-s.
Así, el sacerdote saduceo volcó el agua sobre sus pies. El no condenaba el fenómeno de “agua” al servir a Di-s; se lo consentía a los pies, a los “soldados de infantería” de la nación, o a las extremidades más inferiores de la forma humana.
El agua podría ser necesaria, quizás hasta loable, en ciertos individuos y en ciertas circunstancias, pero a duras penas es el fluido para agraciar el altaren la más alegre celebración de la relación del hombre con Di-s en el año.

Una lluvia de frutos
El pueblo respondió apedreándolo con sus etrogufm.
El Midrash nos cuenta que las “Cuatro Especies Vegetales” tomadas en Sucot —el etrog (citrus), el lulav (rama de palmera), el hadas (mirto) y Ja aravá (sauce)— representan a cuatro tipos de personas.
El etrog, que tiene tanto sabor como aroma, representa al individuo perfecto que es tanto erudito en la Tora como diestro en la observancia de las mitzvof. El lulav es la rama de la palmera datilera, cuyo fruto tiene sabor pero no aroma21, representando a los exitosos en Tora aunque menos profusos en cuanto al cumplimiento de mitzvot. El hadas —sin gusto pero aromático— representa al tipo de judío que, aunque carente del conocimiento de la Tora, tiene muchas mitzvot en su haber. Finalmente, la aravá sin gusto ni aroma representa al individuo que carece tanto de Tora como de mitzvoi12.
En un nivel más profundo, las “Cuatro Especies” representan cuatro “caracteres” dentro de cada individuo, cada cual con su propio dominio en su psiquis y su lugar apropiado en su vida.
En este sentido, “Tora” es la apreciación intelectual de la sabiduría Divina, y “mitzvof son el amor y el temor a Di-s experimentados en la observancia de los mandamientos23.
Así, el lulav es lo “intelectual” en el hombre que no permite que el sentimiento obnubile la pureza del conocimiento y la comprensión; el hadas es la personalidad emocional que ubica la experiencia como el ideal más sublime, incluso a costa del intelecto; el etroges la fuerza que procura la perfección, la máxima armonía entre mente y corazón; y la aravá es la capacidad de aceptación y compromiso, de hacer a un lado el intelecto y el sentimiento para comprometerse absoluta y totalmente al ideal más sublime24.
Cuando el sacerdote saduceo derramó el agua sobre sus pies, “el pueblo entero lo apedreó con sus etroguíirí”. Rechazamos lo que tú representas, le estaba diciendo la gente, no solamente con la aravá sin sabor ni aroma que hay en nosotros, no solamente con nuestras personas intelectuales o emocionales, sino también con la síntesis de sabiduría y sentimiento que define lo más superior y perfecto que hay en el hombre. Pues también —y especialmente— el etrog de dentro de nosotros reconoce el agua de la vida, aquel compromiso “sin mente” y “sin sentimiento” para con nuestro Creador, como nuestra máxima fuente de alegría.

Basado en Likutéi Sijot, Vol. II,págs. 426-432

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