El Pueblo del Libro

Debatimos sobre todo, desde los derechos de los gays hasta la política de Israel. Pero la mayoría de las veces, nos tornamos hacia el tema: “La Biblia”. Nuestras diferencias en las perspectivas no pueden ser más fuertes. Yo, por ejemplo, creo que la Torá es la palabra absoluta de Di-s y una guía para mi vida diaria. Mi amiga Carol piensa que es una colección ecléctica de sabiduría y leyendas, escrita por diversos individuos con el correr del tiempo. Yo creo que los personajes de la Biblia son gente real, de hecho, que son mis ancestros. Ella insiste en que son héroes míticos, y los eventos descritos son mayoritariamente metafóricos.

Me pregunto con frecuencia por qué es que ella toma la palabra de un arqueólogo como un hecho real, mientras que rechaza un testimonio histórico de toda una nación. Por su parte, ella no puede comprender cómo este documento antiguo, repleto de sentencias desconcertantes sirve como mi guía para esta vida del Siglo XXI. Ella no entiende mi candidez; cómo acepto las historias de la Biblia como verdades absolutas. Intento explicarle siempre la necesidad de estudiar la Torá Oral (las interpretaciones que fueron transmitidas a Moshé en el Sinaí, y que a su vez fueron transmitidas de generación en generación). Carol no entiende por qué las decisiones de hombres que han vivido hace siglos deben ser seguidas con tanto escrúpulo hoy en día.

Mientras charlamos sobre este tema, y le damos vueltas y vueltas, pienso que facilmente nuestros roles podrían haber sido invertidos. La divergencia de la nación Judía en caminos separados es un fenómeno histórico relativamente reciente. Mis bisabuelos, como los de ella, eran judíos devotos; nuestros abuelos dejaron la observancia judía en algún lugar; pero mis padres reclamaron la suya en su adolescencia. Me imagino a nosotros haciendo un cambio de roles, o sea, Carol enseñándome a mí la Torá que mis padres nunca conocieron. El cambio parece tan natural, en mi imaginación. Esto me recuerda que no hablo por la Torá; la Torá habla por nosotros.

Lentamente, encontramos un suelo en común. Acepto algunas de sus metafóricas interpretaciones de las historias de la Torá, a pesar que todavía insisto en que los eventos descritos en la Torá de hecho sucedieron. Ella comienza a incorporar más Mitzvot en su vida personal, encendiendo las velas de Shabat, realizando la ceremonia de la Havdalá. Sus hijos estudian Judaísmo y están orgullosos de ello.

Eventualmente la batalla amansa; ambas estamos cansadas. Cuando siento que comienza a haber un roce en nuestras conversaciones, me alejo, a veces durante meses. No quiero presionar demasiado; valoro mucho nuestra amistad. Nuestros diálogos se tornan más mundanos. Nuestros hijos. Paseos al zoológico.

Luego de varios meses, ella admite que extraña nuestras discusiones. Algo adentro, me dice, por medio de nuestros intercambios, la hace sentir que algo revive. Creo que sé a qué se refiere. Sus desafíos habían encendido la misma pasión en mí y me habían mandado a revisar todos los libros durante horas hasta muy entrada la noche. Es nuestra testaruda alma judía que se afirma, que grita para expresarse. Debatimos, y luchamos para definir el relevante mensaje eterno de la Torá. Debajo de los desacuerdos superficiales, compartimos un lazo fuerte e inquebrantable con el Libro que hizo famosa a nuestra nación.

Es Simjat Torá. En la sinagoga, tomamos el Rollo de la Torá, sin abrir, envuelto en su manto. Levantándolo bien alto, lo abrazamos cerca de nuestros corazones y bailamos. Lo abrazamos por completo, mientras celebramos nuestra relación única con este Rollo que nos ha mantenido y moldeado en las personas que somos hoy. Llevándonos a través de la historia, y dirigiéndonos hasta la eternidad, la Torá es de nosotros y nosotros somos de ella.

Por Jaia Shujat

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