La manzana maravillosa

—Ahora, queridos niños, podéis cerrar estros libros, dijo el maestro, pero mantened vuestros oídos abiertos, pues os voy a contar una historia antes de desearos un Feliz Shavuot.

Los cuentos del maestro eran siempre bienvenidos y los niños no necesitaban ninguna invitación especial para dedicarle toda su atención.
—Habla una vez, comenzó el maestro, un muchachito cuyo nombre era Israel. Cierto día, Israel se fue a caminar al bosque y se perdió. Fue hallado por un gitano que lo llevó a su caravana. Al principio, el gitano pareció ser muy afable, pero pronto puso a trabajar al niño y lo trató muy duramente. El pequeño trabajaba mucho y el día siempre se hacía demasiado corto para toda la labor que el gitano le encargaba. Por esa razón muy a menudo recibía palizas, y llevaba una existencia muy infeliz.
Por muchos años el amo creció entre los malvados gitanos, y diariamente aumentaban sus sufrimientos. Pues cuanto más crecía, hacían más lo hacían trabajar.
Un día, cuando el joven israelí se sentía muy abrumado de lo común, dirigió hacia el campo, y dejándose caer sobre el pasto, lloró amargamente.
Dc pronto sintió que alguien tocaba su hombro. Levantó sus ojos llorosos y vio a un anciano ataviado extrañamente. No podía verle la cara pero, su voz era muy amable.
—¿Quién es usted? le preguntó el muchacho.
—Soy tu tío, tu mejor amigo respondió el extraño. He venido a llevarte de aquí. Te llevaré a casa y te haré muy feliz. Tengo un maravilloso para ti que te hará muy fuerte. Ningún gitano ni otra persona podrá hacerte daño. Pero debes recordar y guardar siempre este regalo y apreciarlo mucho.
El muchacho no sabia muy bien qué era lo que cl anciano decir, pero de cualquier forma se alegró de verlo.
—¡Oh, querido tío!, exclamó, ¡Escapemos pronto!
—No hijo mío. Antes voy a ver a ese gitano y le daré una trompada en la nariz por haberte tratado de esa manera. Luego nos caminando de !a mano.
El tío cumplió su palabra. Le propinó al gitano tal paliza que se arrepintió de haber tratado así al niño.
El pequeño Israel siguió a su tío. Pronto llegaron a un río caudaloso.
—¿Cómo vamos a cruzar?, preguntó el niño. Entonces divisó al gitano que corría tras ellos, seguido de muchos otros gitanos. El muchacho se volvió pálido de miedo,
—¡Mira, nos persiguen! ¿Qué vamos a hacer? gritó.
—No te preocupes, niño, contestó el tío. Extrajo un pañuelo y lo agitó sobre las aguas. De pronto apareció un camino seco en medio del río!
El pequeño Israel quedó boquiabierto de asombro. Su tío lo tomó en sus brazos y lo transportó a través del cauce.
Siguieron su rumbo rápidamente. Ahora el niño se sentía hambriento, sediento y fatigado. El tío golpeó ambas manos y de pronto apareció una mesa de finos manjares y platos a gusto del niño.
Comió y bebió y luego su tío —que era muy fuerte— lo tomó en sus brazos nuevamente y lo siguió transportando. Caminaba a paso veloz y el pequeño Israel se sentía muy cómodo y seguro en sus brazos.
Durante todo este tiempo.,el rostro del tío permaneció cubierto con un velo, pero el pequeño Israel deseaba verlo. Cierto día su tío le dijo:
—Voy a quitarme el velo pero por un solo momento y te dejaré ver mi cara para que me conozcas y siempre me recuerdes.
El corazón del niño se llenó de júbilo. Un momento después vio una cara tan maravillosa y llena de gracia que se desmayó en los brazos de su tío. Entonces éste extrajo una maravillosa manzana y la arrimó a la nariz de su protegido. El niño abrió sus ojos inmediatamente, pero cuando se recobró su tío había desaparecido. En su mano el niño tenía una extraña manzana que tenia una fragancia magnífica y un gusto delicioso. Lo que era más extraño aún, era que aunque comiera y comiera de ella la manzana siempre estaba entera, como si no hubiera sido tocada. Cada vez que el niño la comía se sentía fuerte y alegre. El pequeño Israel extrañaba mucho a su tío, pero cuando el deseo devolver a verlo muy fuerte, comía de la maravillosa manzana y de inmediato sentía que su tío estaba muy cerca, aunque no pudiese verlo.
Muchos años pasaron desde esos días. Muchas fueron las aventuras del muchacho. Estuvo frecuentemente en peligro, pero cada vez que probaba la manzana se libraba de la situación perfectamente. El muchacho permanecía siempre joven y seguía viviendo, aunque otros su edad hacia mucho que habían envejecido y muerto.
Poco a poco Israel que tenía la manzana hacia desde tanto tiempo, dejó de maravillarse de su hermosura, gusto y otras magníficas cualidades. Comenzó a usarla a intervalos cada vez más largos. Hasta que la guardó y se olvidó completamente de ella.
Cierta día, cuando estaba en una extraña tierra, hubo una gran tormenta seguida de una terrible peste. La gente moría por todas partes. El muchacho también se enfermó y sufrió dolores terribles. Pudiendo apenas arrastrarse, visitó un médico tras otro, buscando remedio para su mal. Tomó muchas medicinas, pero en vez de mejorar, empeoraba. Pobre muchacho, estaba tan enfermo que se había olvidado completamente de la manzana maravillosa. Cada día que pasaba se volvía más y más débil.
Entonces cuando se encontraba al borde de la muerte, le pareció oír un susurro, ‘¡Hijo mío, la manzana! ¡Apúrate! ¡Toma la manzana! ¡Es lo único que puede salvarte!”.
Aquí el maestro hizo una pausa, y por un momento hubo un profundo silencio en la clase. Todo el mundo pensaba en el muchacho enfermo y la manzana maravillosa. Entonces el maestro sonrió y preguntó a la clase.
—¿Sabéis por qué os he contado esta historia hoy? ¡Os daré tres oportunidades de adivinarlo!
Inmediatamente, docenas de manos se agitaron impacientemente en el aire. Un niñito pequeño, que tuvo la suerte de ser elegido por el maestro, dijo
—Creo que una sola oportunidad será suficiente, pues nos ha dado usted muchas pistas en la historia misma. Nos ha contado la historia de la entrega de la Torá. El niño en el cuento es nuestro pueblo Israel. El tío es Di-s, La manzana maravillosa la Torá que recibimos luego de ser liberados de Egipto.
—Estás en lo cierto, dijo el maestro. —Es que cuando Di-s nos entregó la Torá, nos dio un maravilloso regalo que nos mantiene fuertes y unidos. Hemos visto desaparecer muchas naciones, pero nosotros seguimos viviendo. Debemos siempre aferrarnos a esta maravillosa “manzana”, especialmente en estos momentos, cuando hemos sufrido las más grandes persecuciones. La Torá es nuestra vida misma.
—Un Feliz Shavuot para todos vosotros, queridos niños.

Extraído de “El Narrador”, Editorial Lubavitch Sudamericana

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