Por fin tengo un estudiante en lugar de un grabador

En Shavuot se conmemora el fallecimiento de Rabí Israel Baal Shem Tov, fundador del Jasidismo…


Eran las cinco de la tarde del lunes, y mi aula estaba desierta, cual un campo de batalla abandonado. Los radiadores y la ventana indicaban que era un invierno nevado.
El piso estaba cubierto con las hojas de los exámenes, convertidas en aviones de papel. Los niños me dijeron que no se molestarían en llevar sus pruebas a casa. Su padres no podrían leerlos, me dijeron cándidamente, y ni siquiera les preocupaba la Escuela Hebrea. Eso era cada día- pensé- una batalla de dos horas diarias, entre “El Rabino” -yo- y quince inquietos muchachitos de doce-años, que no podían ver ningún propósito en lo que estaba intentando enseñarles.
No eran niños malos. Sólo algunos eran insolentes o rebeldes. Pero todos eran… indiferentes. Charlaban sobre los costosísimos regalos que habían recibido para Januka o sus cumpleaños, sobre esquiar, de los viajes y las vacaciones en Florida. Se sentaban delante de mí, con su inocencia, su ignorancia, y hablaban de comer langosta y comida china, de baloncesto en la mañana de Shabat y de las películas en la tarde de Shabat. Y cuando finalmente imponía silencio para empezar el Mode Aní, me preguntaba si no era demasiado tarde para estos chicos reconocer al Rey eterno y viviente.
Hablé de mis frustraciones con el Sr. Gruber, veterano con quince años en la escuela. “Permítame darle algún consejo,” me dijo. “No golpee su cabeza contra una pared de piedra. Esto no es Nueva York, recuerde, es un lugar sin Di-s. Es inútil. Créame, lo intenté durante años. Deles un buen show para el Bar Mitzva. Es lo único que les importa”
Cuando repetí la conversación a Miriam- mi esposa- se mostró enfadada. El Sr. Gruber podía estar amargado y descorazonado, pero esa no era una excusa para nosotros. Nosotros, que habíamos crecido en 770, cerca del Rebe, bajo la luminosa y fuerte luz de su amor por cada judío, ¡¿cómo podríamos perder el interés en otro judío, sobre todo un niño judío?! Ella tenía razón. La chispa estaba allí, esperando. Si sólo supiera encenderla, abrir sus mentes, sus corazones…”
En ese momento, como si fuera una señal, entró al aula Israel Levine, sus mejillas y nariz rojas de frío, y nieve en sus castañas y espesas cejas. “Mi madre todavía no llegó, y estoy helado. ¿Puedo esperar adentro?”
“Seguro. Entra.”
Israel era un muchacho ágil, con ojos vivamente grises y una rápida sonrisa. Su padre venía de vez en cuando al shul para el Iortzait de sus padres. Era médico de profesión y hablaba irónicamente de su niñez estrictamente ortodoxa, pero admitía que deseaba que Israel conociera más que sus hermanos mayores de judaísmo.
El niño miró el aula y me dijo: “Este lugar es un desastre”. Se sacó su chaqueta de esquí y preguntó: “¿Quiere que lo ayude a limpiar?”
“Seguro, Israel,” respondí.
“Rabino, ¿puedo hablarle sólo por un momento?” Marsha, la secretaria entró con preocupación en su voz y me causó miedo. La madre de Israel no vendría para recogerlo. Su automóvil patinó en la nieve y chocó con un árbol. Había muerto antes de que la ambulancia llegara. Yo debía llevar al niño a su casa con la excusa de que su madre se había retrasado. Su padre les contaría a los niños cuando volviera del hospital.
Cuando llegamos a la casa, Israel irreflexivo, saltó del auto y gritó: “Gracias, Rabino. Nos vemos el miércoles, a menos que haya una tormenta de nieve”.
Dos días después, visité la casa durante la shiva (período de 7 días de duelo). Me habían dicho que la casa estaba atestada de gente. No obstante, fui y me sorprendí por el sonido de música, las voces, las risas, en lugar de los sonidos de una casa de duelo. En la sala alfombrada, las mujeres estaban sirviendo bebidas, platos de paso y hablando. Vi al padre de Israel, sentando en un taburete bajo. Sin afeitar, parecía veinte años más viejo. Me habló cordialmente.
“Algo de shiva, Rabino. Más parece una fiesta. Les pido que se vayan a casa, pero no me hacen caso”. Se quitó sus gafas, frotó sus ojos y me dijo: “Los niños están allí mirando la televisión. Israel se alegrará de verlo”
Israel no se alegró de verme. Estaba agitado y avergonzado. “Eh, Rabino, ¿qué está haciendo aquí? ¿No se supone que debe estar en la escuela?”.
Nerviosamente, me ofreció una bebida. Examinó la mesa, atestada con comida. “Supongo que no hay nada que pueda comer aquí”. Su cara se aclaró de repente. “Tenemos algunas papas fritas kasher en alguna parte”. Él caminó hacia la puerta de la sala y gritó: “Mamá, tenemos…”
Se hizo silencio. Las palabras se mantuvieron en el aire por un momento, entonces se cubrieron misericordiosamente por la conversación. No podía mirar a Israel. Haber perdido a su madre era una pena terrible. Pero haberse olvidado que había muerto, que no estaba allí, nunca estaría allí, para contestarle cuando la llamara… Cuando finalmente lo miré, miraba fijamente la pantalla de la televisión.
Era tarde. En quince minutos tenía que estar en la clase. Tomé los hombros delgados de Israel emocionado. Se paró, educadamente, para llevarme a la puerta. En el vestíbulo, murmuré las palabras tradicionales: “Que Di-s te conforte, Israel”. El muchacho me miraba con sus ojos grises, y comprendí que las palabras no significaban nada para él.
“Di-s” era una palabra que pertenecía a la escuela hebrea. No era la realidad de su vida. Nunca había visto las velas de Shabat en su casa. Nunca había visto a su padre llorar envuelto en su Talit en Iom Kipur. Y yo, su maestro, sólo le enseñé a rezar 15 minutos por día.
Israel estaba de pie, pacientemente, esperando que me fuera. En cambio, me senté en un banco en el vestíbulo. “Siéntate un minuto, Israel”.
El muchacho se sentó en el borde de su asiento.
“Israel”, empecé, “¿estás diciendo Kadish por tu madre?”
Él pareció asustado. “¡Kadish? Eso que dijeron cuando estábamos de pie en …”
“¿En la tumba?” dije suavemente.
El muchacho cabeceó, intentado olvidarse.
“¿Y ahora?,” insistí. “Por las mañanas. ¿Quién lo dice cuando los hombres vienen aquí a rezar?”
“No sé” dijo vagamente. “Mi tío, supongo. Uno de Florida”
“Israel” puse mi brazo alrededor de él “Debes decir Kadish por tu madre.Tú y tus hermanos”
“¿Por qué?”
Pensé qué decirle. De repente, tuve una idea.
“Israel, voy a contarte una historia. Es sobre otro muchacho, un muchacho judío cuyo nombre también era Israel.”
Le conté sobre el pequeño, que dormía en un cuarto con suelo de polvo, en otro tiempo, otra tierra. Su madre, una viuda pobre, suavemente lo despertó de su sueño. Juntos atravesaron las calles todavía-oscuras al shul. El muchacho llevaba ropa raída, zapatos rotos. Pero era rico en su fe y valor. La memoria de su padre siempre estaba con él, y él sabía que Di-s, el Padre de los Huérfanos, estaba cuidándolo. El muchacho recitaba el Kadish con voz de niño. Su madre, destruida por la pobreza y el pesar, lo escucha y lágrimas de felicidad rodaban por sus mejillas, en el sector de las mujeres. Y miles de ángeles, y el alma santa de su padre entre ellos, descendían para oír a Israel decir Kadish.
Después, el mismo muchacho, huérfano de su madre también, caminaba sin miedo en el bosque, porque él no temía a nadie y a nada, sólo es temeroso de Di-s. Allí, tranquilo, vertía su sagrada alma ante el Rey del mundo.
“Y el muchacho” concluí, “creció para ser el gran Baal Shem Tov, cuyo nombre es igual al tuyo.”
Israel escuchaba silenciosamente mi historia. Sin mirarme y en voz baja me preguntó: “Si digoKadish, ella puede oírme?”
Minutos después, nos sentamos con un Sidur que encontramos en el estante. Israel repitió las palabras hasta que estuvo satisfecho y podía leerlas sin error. Él lo diría con su tío por el resto de la semana. Después, vendría al shul, todos los días.
“Recuerda, Israel, si nadie puede traerte, llámame”.
No vi a Israel por el resto de la semana de shiva. Pero su desamparo lo había hecho un héroe de la clase, y me enteré de sus actividades. Los niños lo habían visto en básquet, había venido a la fiesta del cumpleaños de David. Su padre había estado en el hospital durante dos días pero ahora estaba en casa. El domingo iría a esquiar. No regresaría a la escuela hasta el martes. Recitar el Kadish a las seis y treinta de la mañana no parecía encajar en esta agenda.
Pero en esa mañana del martes yerma y gris, pareciendo extrañamente fuera de lugar entre los hombres ancianos que constituyen el minián de los días de semana, Israel estaba allí. Las manos en sus bolsillos, leyendo las placas colgadas en la pared.
Su cara se iluminó cuando me vio. “¡Rabino!. ¡No pensé que vendría!”
“Y yo no pensé que tú lo harías”. Nos reímos.
“Mi padre me trajo. Estaba oscuro aun. No desayunábamos todavía”
“Está loco para despertarse tan temprano”. Suavemente su padre enderezó la kipá de Israel. “¿Pero qué podía hacer?. El niño quiso venir, no sus hermanos, sólo el pequeño”
Los servicios empezaron. Cuando llegó el momento, Israel sostuvo el Sidur en sus manos. El silencio se apoderó del lugar . La voz alta, clara de Israel tembló ligeramente, pero empezó valientemente. Itgadal veitkadash shmei raba. Al final, las palabras eran sordas por sus lágrimas, pero por entonces no era el único que lloraba en el Shul.
“No está mal para un niño de once años”. El doctor sonó su nariz ruidosamente. “No sé si alguna vez le dije esto, Rabino, pero su bisabuelo era un Rabino famoso en Rusia. Un estudioso”.
Salimos con la luz del día. Iba a ser, después de todo, un hermoso día de un invierno.
“Rabino” Israel me llamó. Su cara pequeña, parecía pálida. Con sus ojos grises que me miraban fijamente dijo: “Vendré todos los días. Durante el año entero”
El padre de Israel pasó en el hospital todo ese invierno. Así que, todos los días busqué a Israel con mi Chevy destartalado, y lo llevé al shul. Manejando a través de las calles grises, calladas, hablamos. Al principio, sobre la escuela, los deportes, los automóviles. Después de alguna Mitzvá. Entonces venían las preguntas, al principio tímidamente. “¿Un muchacho puede encender las velas de Shabat? ¿Se recita la bendición por la langosta? ¿Se puede recitar el Kidush sobre el pan? ¿Si Di-s ama a los judíos, por qué sufrimos tanto? ¿Se puede viajar al shul en Shabat si está demasiado lejos como para caminar? ¿Se puede recitar por segunda vez el Shema, si uno se despierta con una pesadilla?
Algunas de las preguntas rompían mi corazón. Otras eran cómicas, pero no podía reírme. ¿Cómo se puede reír de un judío que da sus primeros pasos hacia Idishkait?
De su madre, me habló sólo una vez. “¿Mashiaj realmente va a venir?”
- “Sí, y muy pronto”
“¿Es verdad lo que usted dijo, que todas… las personas muertas regresarán a la vida?”
“¿Te mentiría Israel?”
- “No. Es que la extraño, la extraño tanto…”
El invierno pasó y llegó la primavera y luego un verano dorado. Las personas del Shul se sorprendían porque Israel todavía estaba diciendo Kadish.
“Rabino, ¿sabe algo?” dijo suavemente el padre.”Él enciende las velas todas las tardes de los viernes. Luego toma las jalot, las cubre, y hace Kidush”. Se rió entre dientes. “El otro día el ama de llaves le servía su cena. Él agitó su cabeza, y dijo: “No como cerdo. No es kasher”
Yo le digo que no tiene sentido. Todo en la casa es treif (no kasher), los pescados, la carne. ¿Y sabe lo que dijo? “¡Se tiene que empezar por algo!”
El Sr. Gruber empezó a enseñarle las lecciones de Bar Mitzvá. También había enseñado a sus hermanos. Cero. Nada absolutamente. Pero este niño quería aprender. “¡Por fin tengo un estudiante en lugar de un grabador!. ¡Es un milagro!” decía.
Pero yo no estaba sorprendido. Y supe cuándo había sucedido el milagro. Fue el día en que un niño asustado y afligido, escuchó la historia del Baal Shem Tov, un tzadik que sabe cómo revelar la chispa que está escondida profundamente en el alma de cada judío.

Aún no hay comentarios

¡Sea usted el primero!

Complete el formulario siguiente para comentar.

Deje un comentario