Las parábolas del Maguid de Dubno La Torá y sus mandamientos

¿Por qué se eligió a Israel para recibir la Torá? El Midrash y el Talmud nos cuentan que antes de dar finalmente Su Santa Ley a Israel, Di-s la ofreció a todas las demás naciones. Pero cada una de ellas la rechazó, pues ninguna estaba dispuesta a verse cargada por regulaciones que restringirían su elección de cualquier modo de vida que pareciera más fácil y placentero. El pueblo de Israel fue el único que aceptó la Torá libre e incondicionalmente. Pregunta el Maguid –Predicador- de Dubno: ¿Cómo presentó Di-s Su Ley a una nación tras otra, ofreciéndola para ser aceptada incondicionalmente? Y procede a ilustrar su explicación con una parábola:

“El declara Su palabra a Iaacov, Sus estatutos y ordenanzas a Israel. No lo hecho así con ninguna otra nación, y Sus ordenanzas no les ha dado a conocer”. -Salmos 147: 19-20-
Un comerciante fue una vez a un almacén mayorista para comprar prendas de vestir a crédito. El tendero se mostró más bien reservado y le mostró algunos de los artículos que ofrecía, pero no extrajo sus principales mercancías, y citó precios altos para todo lo que tenía en exhibición. Al final, el comerciante abandonó el almacén sin haber comprado nada.
Poco después entró otro cliente y dijo que estaba dispuesto a pagar en efectivo. Esta vez el tendero extrajo lo mejor y más vendible de sus existencias y citó precios al por mayor razonables. Pronto se hizo una venta y el cliente se fue, bien satisfecho.
Después de cerrarse la puerta del almacén, un aprendiz, que había observado los acontecimientos, preguntó a su patrón por qué había sido tan obviamente discriminatorio con el cliente que había querido hacer compras a crédito. Contestó el tendero: “¿viste al primer hombre? De una mirada yo podía decir que no era confiable y jamás habría saldado sus deudas. Tenía que ser cortés con el hombre, pero no estaba ansioso por hacer negocios con él y actué en consonancia. Ahora bien, el otro hombre, que siempre paga en efectivo lo que compra, es un viejo cliente, un caballero confiable a quien, de hecho, yo habría extendido crédito ilimitado si lo hubiera pedido. Naturalmente, me complace hacer negocios con una persona así e hice lo mejor que pude para satisfacerlo.
El Supremo, dijo Rabí Iaacov, tenía la mercadería más preciosa de todas en oferta –la Santa Torá. Ahora bien, el conocía de antemano cuál sería la actitud de las demás naciones. Estaban ansiosas por disfrutar de los placeres de este mundo a pleno, y por lo tanto a duras penas podían ser confiables de que observaran la Ley. En consecuencia,
Di-s no estaba ansioso por que la tuvieran. No obstante, no deseó ser descortés, y por eso ofreció Su Torá a una nación pagana tras otra. Sin embargo, en cada caso, enfatizó aquel aspecto de la Torá que resultaría más difícil de aceptar a esa nación. Así, por ejemplo, cuando la presentó a los edomitas, les contó, ante todo, del Sexto Mandamiento, que prohibe el asesinato, pues los hijos de Eisav habían hecho del homicidio una parte de su modo de vida. A los amonitas y moabitas, notorios por sus harenes, les mostró, ante todo, el Séptimo Mandamiento, que prohibe el adulterio. Todas estas naciones habían demostrado a lo largo de su historia previa que serían incapaces de observar un Código de Leyes como el contenido en la Torá, y Di-s prefirió no dárselo a ellos, pues de las leyes de la Torá se espera que sean observadas, y no violadas.
Los Hijos de Israel, sin embargo, habían probado desde sus albores su constancia y disposición por hacer cualquier cosa que dispusiera la voluntad de Di-s. Por lo tanto, Di-s ansioso de que tuvieran Su Torá, les reveló toda la profunda sabiduría que Su Ley Eterna contenía.
LOS VALORES ETERNOS DE LA TORA Y LAS MITZVOT.
-“El Libro de esta Ley no se apartará de tu boca, sino que la estudiarás día y noche, para ser cuidadoso en actuar según todo lo escrito en él, pues entonces harás prosperar tus caminos, y tendrás éxito”. -IEHOSHUA 1:8-
La Torá, cuando es diligentemente estudiada y estrictamente observada, puede ayudarnos a superar las dificultades de la vida diaria. Los valores eternos que contiene perduran constantes en todo tiempo futuro. Otras ideas pueden venir e irse, pero los excelsos ideales de la Torá regirán por siempre.
El Maguid de Dubno solía ilustrar esta importante lección con una simple parábola:
Un hombre que, por fuerza de las circunstancias, quedó reducido a la pobreza, abandonó finalmente su tierra natal para comenzar de nuevo en otra parte. El buque con que partió atracó en una isla casi enteramente sin tocar por la mano de la civilización moderna. Fue allí donde nuestro amigo decidió radicarse.
Las condiciones en la isla eran lo más primitivas que se podría imaginar. Los morenos nativos sólo conocían los más elementales rudimentos de la agricultura y contaban únicamente con unas pocas especies frutales y de cereal, por lo que ansiosamente se apiñaron alrededor del recién llegado cuando dio a conocer que había traído consigo una gran variedad de frutas y vegetales. El hombre blanco se asombró cuando los isleños le pagaron con piedras preciosas. Parece que se trataba de un arcón conteniendo un tesoro que había varado en tierra de un naufragio, y su contenido tenía poco valor para los nativos, quienes lo consideraban nada más que guijarros de color.
Nuestro amigo se construyó una casa, empedró el suelo alrededor de ésta, y con el tiempo se hizo famoso por el dorado grano y las suculentas frutas que había logrado hacer crecer. Gradualmente llegó a olvidar su tierra natal e incluso a la esposa e hijo que había dejado atrás. Se casó con una de las nativas, quien le dio varios hijos. Antes de morir, reunió a sus hijos e hijas y les contó que tenía otro hijo, de un casamiento anterior, viviendo en un país allende los mares.
“Es muy instruído e inteligente”, les dijo, “ y quiero que lo inviten aquí después de que yo pase a mejor vida”. Muéstrenle mis frutos, mis granos y mis semillas, y también mis piedras preciosas, y díganle que puede tomar como su herencia cualquier cosa que escoja, pues, de hecho, él es mi hijo primogénito”.
Tras la muerte de su padre, los hijos hicieron tal como él les había pedido y llamaron a su medio hermano extranjero para que viniera. El joven, por supuesto, viniendo de un país civilizado, eligió inmediatamente como su herencia los diamantes, esmeraldas y rubíes que su padre había dejado y apenas si echó una mirada a los establos y almacenes que los hijos de su padre le mostraron. A los isleños les pareció bastante ridículo que el extranjero desdeñara los preciosos granos y frutos y se contentara con los brillantes guijarros que abundaban en la isla. Y sus medio hermanos más jóvenes simplemente no podían comprender por qué pensaba su padre que fuera tan inteligente.
Al extranjero le gustó tanto la isla que decidió quedarse allí. Pronto comenzó un proyecto a gran escala para enseñar métodos agrícolas modernos a todos los nativos, de modo que también ellos pudieran lograr las abundantes cosechas por las que su padre se había hecho famoso.
Resultó más exitoso, y unos pocos años después toda la isla se había convertido en una vasta extensión de fértiles jardines y campos.
Pero con la superabundancia de frutas y vegetales, el sentido de valor de los nativos experimentó un cambio gradual. La fruta y el maíz, que parecía estar por todos lados y yacía pudriéndose en las calles, perdieron importancia, mientras que las joyas, de las que ya pocas quedaban en la isla, aumentaron su valor sorprendentemente. Ahora el hombre blanco, con su cofre lleno de piedras preciosas, era considerado fabulosamente rico, y sus medio hermanos dijeron:
“¡El era inteligente, después de todo!” Miró hacia delante, vio qué depararía el futuro, y se aseguró de tener una abundancia de aquello que sería de valor en todo el mundo, mientras que nosotros fuimos estúpidos y pensamos únicamente en el lugar y el tiempo presente”.
Dijo Rabí Iaacov: la mayoría de nosotros, también, es proclive de ser como los nativos de aquella remota isla. Adoptamos cualquier sentido de valor que es corriente en la sociedad en que circunstancialmente vivimos y poco pensamos en el futuro. Pero, como nuestros profetas nunca han dejado de advertirnos, llegará el día en el que los valores eternos e inmutables serán restablecidos una vez más, cuando el mundo el mundo abandonará los lujos que han demostrado ser pasajeros y perecederos y regresará a los ideales eternos dispuestos en la Torá y las Mitzvot dadas por Di-s al pueblo de Israel sobre el Monte Sinaí.
“Entonces se abrirán los ojos del ciego, y los oídos del sordo serán destapados”…


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