El Tercer Elemento

“Bendito sea el Misericordioso, quien dio una triple Torá a un triple pueblo a través de un tercero en un tercer día en el tercer mes”…

El número “tres” figura de manera prominente en todo lo conectado con la Entrega de la Torá. La Torá fue dada en Siván, el tercer mes del año judío, al tercer día de un especialmente ordenado período de tres días de preparación. Fue dada a través de Moshé, el tercer hijo de Amram y Iojeved, a los judíos divididos por Di-s en tres clases (Kohanim, Levitas e Israelitas). Y la Torá misma consiste de tres partes:
La Torá (el “Pentateuco”), los Profetas, y las Escrituras. En los escritos de la Cabalá, la Torá es identificada con la sefirá (atributo Divino) de tiferet (armonía), la tercera de las siete sefirot [emocionales] supremas.
Un “erudito de la Galilea” citado en el Talmud lo expresó así:
“Bendito sea el Misericordioso, quien dio una triple Torá a un triple pueblo a través de un tercero en un tercer día en el tercer mes”. La enseñanza jasídica explica que la Torá encarna la esencia misma del número tres, pues “la Torá se dio para hacer paz en el mundo”, y “tres” es el número de la paz.
El número “uno” implica una individualidad monopolizadora. Donde domina el “uno”, no puede haber paz, pues el “uno” insiste en la condición absoluta y exclusiva de su ser, negando todo lo demás. Donde domina “uno”, todo lo demás (si es que hay otra cosa) debe ceder su identidad ante su todo-anulante singularidad. Cierto, no hay conflicto, pues sólo hay uno; pero no hay paz, que es la integración armoniosa de dos (o más) elementos distintivos.

“Dos” representa diversidad. Como el número lo implica, estamos tratando con dos entidades paralelas. Una puede ser superior a la otra, pero son iguales al menos en que cada una es una existencia individual. La duplicidad es con frecuencia causa de conflicto, pero aun cuando no lo es, excluye todavía la verdadera paz. Mientras cada entidad retenga su individualidad y distinción, lo máximo que pueden lograr es una coexistencia no-beligerante. Dicotomizadas por sus respectivas individualidades, no pueden combinarse en una totalidad sintetizada.
Pues entonces, ¿qué es la paz? Si no lo es ni el “uno” ni el “dos”, si no lo es la aseveración de diferencia ni su rendición, ¿qué es? De hecho, la paz es una paradoja; una paradoja expresada por el número “tres”.
Hay paz cuando dos entidades distintas encuentran suelo común en una tercera realidad que trasciende las diferencias entre ellas. Un tercer elemento que las abraza a ambas para orientarlas hacia una meta superior. Un tercer elemento dentro de cuyo contexto más amplio los peculiares, e incluso opuestos, aspectos de cada uno se complementan y dan plenitud al otro. Un tercer elemento que conserva sus diferencias, y las explota como ingredientes mismos de la armonía.

Un ejemplo pesonal
Podemos ver un modelo de la dinámica de la paz en nuestro propio y diversificado ser.
La mente y el corazón, por ejemplo, son dos sistemas muy diferentes, con enfoques y prioridades diferentes y conflictivas. La mente es fría, distante y objetiva; el corazón es cálido, se involucra y es gloriosamente subjetivo. Con todo, ambos habitan el mismo individuo y sirven como fuerzas activas en su vida.
En una persona que lleva una existencia singular inclaudicable —llamémosla una personalidad “uno”—, la mente o el corazón, sólo uno de ellos, se convertirá en árbitro exclusivo en todas las áreas de su vida. El corazón cederá paso a la mente y se volverá un vacío sin pasión, o la mente cederá su discernimiento a los afectos subjetivos del corazón.
En el caso de una personalidad “dos”, tanto la mente como el corazón retendrán, cada uno, su territorio, y la persona marchará por la vida desgarrada entre dos perspectivas en cada tema que enfrente.
Pero luego está el individuo en quien la mente sigue siendo una mente y el corazón sigue siendo un corazón, y no obstante ello cada cual es parte integral de una tercera e incluyente entidad: el ser humano. La condición humana no niega el intelecto o el sentimiento; los incluye a ambos, y lo hace de forma tal que combina a ambas (y numerosas otras facultades) en un enfoque coherente de la vida.
En otras palabras, cuando cada uno de los dos elementos se ve a sí mismo y a sus inclinaciones como una entidad autocontenida, nunca tendrá verdadera paz. Pero cuando cada uno se a ve sí mismo como parte —una parte distinta, pero parte al fin— de un entero mayor, el resultado es la paradoja de la paz: la paradoja de la diversidad y la disparidad como precursoras de la unidad.
El Plan Maestro
La Torá fue dada para hacer paz en el mundo.
El mundo es un caos de diversidad y aparente aleatoriedad. Aquí y allí podemos discernir parches de coherencia, observar comunidades y sistemas impulsados por una unanimidad de propósito. Pero en conjunto, el mundo parece un revoltijo de elementos, fuerzas, especies, naciones e individuos, cada uno con su propia agenda y naturaleza. Sabemos que debe haber algo que los mantiene juntos; sabemos que de algún modo, debajo de todo, todos estamos en el mismo vagón, encaminados hacia una meta común. Pero superficialmente, parecemos condenados al conflicto, mientras cada persona y cosa persigue sus aspiraciones individuales.
¡Si tan sólo pudiéramos de algún modo hacernos del plano maestro, del plano grandioso para la existencia! ¡Si tan sólo pudiéramos leer la mente del Creador, reconocer el uso que Él destinó a la tendencia y característica particular de cada criatura! ¡Si tan sólo tuviéramos una visión del “tercer elemento” de la Creación, una visión que incorpore todas las cosas creadas como partes componentes de un organismo único!
Si tuviésemos ese plano maestro, no tendríamos que pugnar más para forzar algún tipo de balance entre deseos comunales e individuales para cuidar que el mundo no se quiebre en pedazos. Si tuviésemos ese plano maestro, no habría necesidad de zanjar diferencias en aras de la paz, pues la adecuadamente orientada procura de las diferencias de cada ser y comunidad resultaría en la concreción de la armonía esencial subyacente a todo.
La Torá, dada en una ráfaga de tres, es ese plano maestro. La Torá implanta los “harás” y los “no harás” de la vida, no como un bozal a la libertad individual sino como la descripción de las aspiraciones más genuinas y profundas de cada hombre. Bosqueja la manera en que cada elemento de la creación ha de ser desarrollado y utilizado, no como un programa para cambiarlos sino para traer a luz su función y esencia innata.
La Torá fue dada para hacer paz en el mundo.
Basado en Likutéi Sijot, Vol. XXI, págs. 110-114; Sefer HaSijot 5751, Vol. II, págs. 55O-553 y en otros lugares
Editado y extraído de “El Rebe enseña” Editorial Kehot Sudamericana

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