Un shofar en el campo

En los años que corrieron entre 5699 y 5705, los nazis bajo la dictadura de Hitler (imaj shemo) exterminaron con increíble perversidad un tercio del pueblo judío.
La matanza comenzó en Alemania para luego extenderse en toda Europa oriental y central; alrededor de seis millones de judíos fueron muertos a manos de esos asesinos.
Primero encerraban a los iehudim en guetos para luego transportarlos a campos de concentración; a los hombres jóvenes se los destinaba a campos de trabajos forzados donde no sobrevivían mucho tiempo…
A los alemanes no les importaba ni les preocupaba en lo más mínimo la muerte de sus víctimas, ya que en su lugar traían a otros judíos para reemplazarlos.
De los primeros trabajadores ya no tendría que haber quedado nadie con vida de acuerdo a lo que era común dentro del campo; pero sin embargo aún estaban con vida; nadie podía explicárselo, por eso se llegaba a la conclusión de que había sido una gracia divina. Este grupo de personas llevaba en sus corazones un gran secreto: En un rincón del campo, en un oculto hueco del suelo se hallaba escondido un pequeño cajoncito que contenía un tesoro, que era el más valioso del mundo.
Este tesoro era un pequeño Sefer Torá: las letras eran pequeñas y el pergamino muy delgado; y solamente por eso –porque era pequeño- pudo permanecer escondido de los perversos soldados de la S.S. (cuerpo especial de la maquinaria nazi, encargado del “cuidado” de los judíos).
Ese Sefer Torá había sido traído por un Rabí muy anciano. El tenía una “Mesorá”: Que este Sefer Torá provenía de España de las antiguas épocas de la Inquisición.
El venerable anciano mucho no podía durar bajo esas condiciones por eso reunió a unos cuantos judíos, y a ellos les contó su gran secreto y les recomendó que cuidaran el Séfer Torá para que no cayera en las impuras manos de los nazis.
Pasó un pequeño lapso y en el cajoncito en el cual estaba el Séfer Torá, fue depositado también otro santo instrumento; el Shamash de un Bet Hakneset llegado al campo en uno de los últimos transportes, trajo consigo un shofar. Y ocurrió algo maravilloso: el shamash, que era una persona enferma y débil, quedó con vida aún mucho después de que habían fallecido todas las demás personas que con él habían sido traídas. A menudo repetía: “Sólo por el mérito del shofar puedo seguir aguantando”. Por eso también en el campo de trabajos seguía comportándose como Shamash. De mañana despertaba a los demás iehudim para que pudieran hacer Tefilá antes de que los S.S. los llevaran a sus trabajos; también anunciaba a los demás cuando empezaba shabat y se ocupaba de enterrar a sus hermanos que caían muertos por los duros tratos.
-Varios días antes de Rosh Hashaná debemos esforzarnos para conseguir un Minián-, dijo.
-¿Qué sentido tiene una Tefilá de Rosh Hashaná sin un Shofar? Replicó uno de los que estaban presentes.
-Nosotros tenemos un Shofar –dijo el Shamash-, sí, sí, en el campo tenemos un Shofar, yo lo guardé donde esta el Séfer Torá. Erev Rosh Hashaná lo traeremos aquí y así podremos escucharlo.
Uno de los presentes dijo que si hacía sonar el Shofar correrían peligro de muerte, pero los soldados de la S.S. no los perdonarían, y con ellos no se podía jugar.
-Justamente por eso- contestó el Shamash- nosotros de cualquier manera estamos perdidos, nuestros cuerpos estan en poder de los salvajes, de cualquier asesino; pero nuestras almas no dejaremos que nos las saquen, nuestras almas no las entregaremos. ¿Están de acuerdo ustedes conmigo? –preguntó.
-Sí, contestaron los presentes, si tenemos un Shofar no lo avergoncemos y cumplamos con la Mitzvá.
Llegó el día de Rosh  Hashaná.
Una gran parte de los iehudim fueron sacados por los alemanes para que realizaran sus trabajos. Los que quedaron se pusieron inmediatamente a decir las Tefilot. La noche anterior el shamash sacó el Shofar del cajoncito y lo guardó en su pieza; pero el Séfer Torá lo dejó guardado pues tenía miedo de que cayera en manos de los nazis. Enseguida se pudo encontrar un Baal Tokea, quien sabía muy bien que hacía peligrar su vida mas que sus hermanos, pero aún así no dudó un instante y se preparó para la sagrada misión.
Llegó entonces el momento de hacer sonar el Shofar; todos contuvieron la respiración, y el shamash con entrecortada voz indicó: “tekia”. Tu-u-u-u sonó la voz del shofar que se incrustó en los corazones de los diez judíos allí reunidos.
Shevarim –indicó el shamash- con voz mas fuerte y segura.
Tu, tu, tu, se escuchó mas alta la voz del shofar, la cual ya trascendía los límites de la pieza en la que se encontraban.
Poco tiempo pasó hasta que los soldados de la S.S. aparecieron frente a ellos.
Ahora los encontré justo cuando estaban haciendo señales a los rusos, a los ingleses y a los americanos –dijo el comandante Shmidt-. Ahora sé por que últimamente nos bombardean tanto; con la trompeta que ustedes tienen, les pasan información. Nosotros los vamos a …
-Esto no es para hacer señales –contestó uno de los judíos- es un shofar, nosotros estamos rezando.
-Silencio –gritó el comandante-, díganme quien fue el que trajo el Shofar acá y quién fue el que lo hizo sonar. Si no me lo dicen los pondré contra el paredón y los fusilaré.
Los presentes se pusieron blancos de terror: conocían muy bien al asesino Shmidt, pero sin embargo permanecieron en silencio.
-¡Hablen!- gritaban enojados, los agentes de la S.S.-, digan quién trajo el shofar y quien fue el que lo hizo sonar.
Los judíos callaron; todos estaban listos para morir en Kidush Hashem y no entregar a dos de sus hermanos que expusieron sus vidas para cumplir la mitzvá.
-Ah, ustedes callan, no quieren hablar –gruño Ssmidt- yo les voy a enseñar. Voy a llevar a veinte de ustedes: diez por el que trajo el shofar y diez por el que lo hizo sonar y los mataré.
Sin pensarlo mucho escogió a veinte judíos y los puso contra un paredón; mandó a los soldados para que se prepararan para el fusilamiento y cuando Shmidt estaba por dar la orden de fuego se escuchó en el campo un ruido de aeroplanos que empezaban a bombardear las posiciones de los nazis.
La gente de la S.S. se asustó mucho y empezaron a correr en diferentes direcciones buscando refugio de las bombas enemigas.
-No se alegren, judíos, que enseguida volveremos y los mataremos a todos –gritaron los nazis antes de irse.
Pero Shmidt y sus soldados nunca volvieron.
Dijo entonces el shamash: -El alemán tenía razón, nosotros estábamos haciendo señales, pero se equivocó con respecto al destinatario, no eran los rusos, ni los ingleses ni los americanos; en verdad las señales eran para nuestro Padre del cielo, para que viera nuestros sufrimientos, y desde el cielo El escuchó nuestra señal.
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