Un extraño encuentro

Reb Moshé, el hijo de Reb Pínjos Kóritzer, era un devoto jasid del Alter Rebe, Rabí Shneur Zalman, el fundador de Jabad…

1.De modo que cuando decidió abrir una imprenta en Slavita, visitó al Rebe que residía por aquel entonces en Liozna, para pedir su consejo y bendición.
En esos tiempos, todos los libros e imprentas hebreas debían someterse a una estricta censura por parte del gobierno ruso. Para poder abrir una nueva imprenta hebrea se precisaba un permiso del Ministro de Educación. Eso nunca era sencillo y menos aún cuándo el Ministro de turno odiaba a los judíos. Además, los funcionarios del gobierno exigían dinero por cada “privilegio” que otorgaban a los judíos. Reb Moshé sabía que aunque lograra conseguir el permiso, éste le costaría una enorme suma de dinero y tendría que superar muchas dificultades. Por eso sentía que no sólo necesitaba la aprobación del Rebe, sino también su bendición.
El Alter Rebe aconsejó a Reb Moshé que fuera a la ciudad de Mohilev sobre el río Dnieper, donde vivía un melamed (maestro) llamado Reb Isroel, y le solicitara que lo acompañara a Vilna. Allí, con la ayuda de Di-s, su meta se vería coronada por el éxito.
Reb Moshé estaba totalmente confundido tratando de comprender el consejo del Rebe. Nunca había escuchado hablar del Melamed Reb Isroel, ni podía entender de qué manera podía resultarle útil un maestro. Tampoco entendía por qué era necesario ir a Vilna, cuando el permiso debía obtenerse en Petersburgo, la capital, donde se encontraban las oficinas del gobierno. Pero corno el Rebe había indicado con mucha claridad qué debía hacer, en la mente de Reb Moshé no había lugar para hacer preguntas.
En consecuencia, partió hacia Mohilev. Una vez allí averiguó el domicilio de Reb Isroel, y allí se dirigió. Lo encontró atareado enseñando a sus pequeños alumnos y esperó a que terminara la lección. Entonces contó al melamed la razón de su visita.
El melamed estaba muy sorprendido. “¿Qué conexión puedo tener yo con el gobierno ruso?”, preguntó. “¡Hace años que me dedico a la enseñanza de niños pequeños y nunca tuve nada que ver con funcionarios del Estado!. ¡En realidad, mis conocimientos del idioma ruso son muy pobres, y no cabe duda de que yo no podría influir sobre el Ministro de Educación! ¿Debo abandonar a mis jóvenes alumnos y viajar a Vilna sólo para acompañarte?”
“Créeme, Reb Isroel. Tampoco yo entiendo las razones del Rebe, pero, ¿quiénes somos nosotros para cuestionario? Además, no se trata simplemente de que me hagas un favor personal, o de que proveas de trabajo a mí y a un gran número de familias judías en la imprenta. El propósito principal es que se puedan imprimir libros sagrados, Sidurím, Jumashím, Tehilím y otros; y, por supuesto, también las enseñanzas del Rebe. ¿Puedes imaginarte lo que esto significa? ¿Y quién dice que debes descuidar a tus alumnos? Yo conseguiré y pagaré un maestro sustituto que se ocupe de los niños durante tu ausencia, así que eso no debe preocuparte”.
Reb Moshé fue muy persistente y suplicó al melamed que le ayudara a cumplir el consejo del Rebe, aun cuando ninguno de los dos comprendía cómo funcionaría. “El Rebe es una persona sabia y santa; podemos confiar en él y debemos seguir sus indicaciones al pie de la letra.
Finalmente Reb Isroel aceptó acompañar a Reb Moshé a Vilna.

2.Al llegar a Vilna Reb Moshé y Reb Isroel fueron a la casa de Reb Meir Refoels, un hombre muy rico y líder de la comunidad judía.
Reb Moshé le explicó el motivo de su llegada. “Ahora que estamos aquí, espero que usted pueda aconsejarnos qué hacer”.
Ahora era Reb Meir el sorprendido. “Me desconcierta el hecho de que el Rebe les dijera que vinieran aquí, cuando todos saben que el Ministro de Educación tiene su oficina en Petersburgo y es allí donde se debe obtener ese permiso”, dijo. “De todos modos”, agregó, “por experiencia personal sé que es conveniente seguir sus instrucciones. Como ustedes saben, yo no he nacido jasid, pero ahora soy uno de sus más fervientes seguidores; así que todo lo que puedo decirles es que son bienvenidos en mi hogar y serán mis huéspedes. Sólo tenemos que esperar y ver qué nos depara el tiempo”.
Luego de un par de días, Reb Meir dijo a sus invitados:
“Vayamos por la ciudad. Me parece que no tiene sentido que nos quedemos sentados en casa”.
Reb Meir llevó a los dos visitantes a un paseo por el parque de la ciudad, y allí se sentaron en un banco. Reb Meir pidió a Reb Moshé que le explicara algunas de las enseñanzas del Rebe, y pronto estaban entregados a una vívida discusión jasídica.
Mientras charlaban, Reb Moshé notó que un hombre muy elegante pasaba delante de ellos, se detenía para mirar y escuchar, siguió andando, y luego volvió sobre sus pasos para oír un poco más. Luego tomó asiento en un banco próximo, y mantuvo fija su mirada en dirección a ellos.
Le parecía que el extraño, aparentemente una persona muy importante, miraba con insistencia a Reb Isroel, como silo conociera o tratara de decidir si estaba equivocado.
Reb Meir, que estaba acostumbrado a tratar con gente de alto rango, se levantó y se acercó al extraño.
“Discúlpeme señor,” dijo educadamente en fluido ruso, “veo que está usted particularmente interesado en mi amigo. Si desea hablar con él, me sentiré honrado en presentárselo”.
“Si, realmente quisiera hablar con él”, contestó el desconocido, “pero no aquí. Me gustaría que venga a mi hotel”. De inmediato extrajo una tarjeta y escribió sobre ella el nombre del hotel donde se alojaba.
“Por favor, entréguele mi tarjeta y pídale que me visite mañana, a las 10”. Dicho esto, se levantó y siguió caminando.
Reb Meir regresó junto a sus huéspedes. Entregó a Reb Isroel la tarjeta y le preguntó si conocía al extraño o reconocía el nombre en la tarjeta.
Reb Isroel se encogió de hombros y dijo: “¿Cómo podría yo conocer a esta persona?”
Reb Meir observó la tarjeta y su rostro se encendió. “Si no me equivoco, ese es el nombre del Ministro de Educación…
Reb Moshé y Reb Isroel saltaron de sus lugares incrédulos. “¿Es realmente posible?”
“Es muy extraño, muy extraño, por cierto”, agrego Reb Meir, “pero es una buena señal de que la Divina Providencia está trabajando por nosotros. Bueno, veremos qué pasará en la visita de mañana. Ahora, vayamos a casa a brindar Lejáim”, agregó jubiloso.

3.A la mañana siguiente Reb Isroel fue al hotel, no sin cierta ansiedad, para cumplir con la hora fijada para la cita. Encontró al noble hombre esperándolo.
Extendiendo su mano a Reb Isroel con marcada amistad, el noble le preguntó de qué pueblo provenía.
“Vengo de Mohilev”.
“No, vienes de Shklov”, insistió el extraño.
“Es verdad, nací en Shklov y viví allí hasta que me casé. Pero hace ya más de veinte años que me instalé en Mohilev”, explicó Reb Isroel, preguntándose de dónde sabía el extraño acerca de su vida.
“Veo que no me reconoces”, dijo el noble.
“No, realmente no. ¿Acaso nos hemos visto antes?”
“Debo contarte una historia”, dijo el desconocido, mientras la sonrisa de su rostro se desvanecía y cedía el paso a una extraña expresión, como si hablara en medio de un sueño. “Ocurrió hace más de veinte años. Había en Shklov un niño judío que iba por el mal camino. Comenzó a salir en compañía de niños no-judíos, y dejó de asistir a la leshivá. Su conducta se hizo intolerable. Como era huérfano y estaba al cuidado de la comunidad, sus dirigentes trataron de llamarle la atención y lograr que cambiara su mala actitud. Cuando nada rindió frutos, lo encerraron en una jaula cerca de la entrada de la Sinagoga, para avergonzarlo en público y para que sirviera de lección para otros truhanes – un castigo que en esos tiempos se reservaba para los casos de extrema indisciplina, luego de que todas las advertencias fallaran.
“No tengo que decirte lo que ese niño sintió al ser el hazmerreír de la comunidad, en tanto todos los que pasaban a su lado lo miraban con desprecio y algunos niños incluso le escupieron en la cara. Entonces, cuando sintió que no podría soportarlo más, alguien se acercó y sintió compasión por él; y cuando nadie andaba por allí, liberó al niño de ‘la jaula de la vergüenza’.

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