Shimon el valiente

El padre del Rebe (tercer Rebe de jabad, Rabí Menajem Mendl, el ‘ Tzemaj Tzedek’) visitó a menudo grupos de estos soldados valientes y en uno de sus discursos incluyó las palabras: “Se debe sacrificar la vida de uno en lugar de sacrificar el Judaismo. Aun cuando el Zar en persona les dice que cambien su religión, ustedes deben sacrificarse en lugar de obedecer.” Estas palabras, dichas desde alma, tuvieron un profundo efecto en un marinero llamado Shimón Levin. Shimón era un soldado excelente y consagrado del ejército del Zar. Amaba su trabajo y era uno de los mejores, quizás el mejor marinero en la armada real, al punto que era llamado por sus compatriotas Semion Bodrí (Shimón el valiente). Había sido promovido al rango de oficial y servía en la base naval en Svastopol, en el Mar Negro. En Un glorioso día, la base recibió el aviso de que el Zar la visitaría personalmente.

¡Es difícil para nosotros imaginar el miedo y temor que la misma mención del nombre del Zar inspiraba en cada ciudadano ruso, y mucho más una visita personal de su Alteza Real! El sólo pensarlo llenaba a los marineros de trepidación y temblor. Cuando el memorable día llegó, la base había sido fregada y pulida para la visita y los marineros tenían una gran recepción preparada. Todos se vistieron con sus uniformes inmaculados, incluso se engalanó el dock de las naves. La banda de músicos tocó Pero el momento culminante del día era algo muy especial. El comandante de la base subió a una plataforma. La música se detuvo, todos estaban callados, y él anunció ante el Zar que en honor a su Majestad real, uno de los oficiales realizaría un acto de destreza incomparable y valentía inigualable. El comandante giró su dedo majestuosamente para apuntar al mástil más alto de una nave en el puerto, a unos veinte metros de alto. De nuevo los tambores empezaron a redoblar y de repente se detuvieron.

Shimón Levin, vestido de batalla, estaba parado al pie del mástil, saludó y se arqueó al Zar y entonces, sin dudar subió vivamente al mástil y, mientras la muchedumbre abría la boca con asombro, se lanzó al aire, arqueando su espalda y zambulléndose airosamente en el mar.
La muchedumbre irrumpió en un aplauso cuando Shimon nadó a la orilla, caminó al Zar y se arqueó profundamente. El Zar estaba radiante. “¡¿Quién es este hombre?!” preguntó agitadamente.
“Su nombre es Semion Bodri” dijo orgullosamente el comandante. “¡El Zar llamó: “¡Semicn Bodri! Quiero premiarlo. Tendremos otra celebración a esta misma hora, aquí mañana”! Y todos aplaudieron una vez mas.
Al otro día, la escena se repitió, pero estaban presentes decenas de nuevos oficiales que el Zar quería impresionar y Shimón vestía un uniforme de gala.

El Zar fue al grano. Estaba de pie orgullosamente y anunció: “¡Semion Bodri, usted es un verdadero soldado, un crédito de la Armada Real, y una Joya en la corona de la Madre Rusia!. ¡Debido al acto de poder y esplendor que demostró ayer, lo promuevo al rango de General! ¡Felicitaciones!” La muchedumbre irrumpió en un aplauso salvaje, los marineros empezaron a cantar una canción patriótica y la banda comenzó a tocar. Pero cuando todo acabó, Shimón estaba de pie, sin sonreír.
“Su majestad” contestó. “Le agradezco, pero según las leyes que su Alteza ha pronunciado, se me prohibe aceptar su magnífico regalo “. Reinaba el silencio, sólo el viento podría oírse silbando a través de los mástiles. “Soy un judío, su majestad y se prohibe a un judío subir del rango de contramaestre.” El Zar estaba sorprendido y avergonzado. Él había planeado presumir ante sus generales y ministros y este judío lo había hecho quedar como un tonto. “Entonces, cambiará su religión”! Anunció enojadamente el Zar. “¡Me oye oficial Bodri?! ¡¡¡Cambiará su religión y será general!!! ¡AHORA!” “¡Su majestad!” contestó Shimón. “Con el permiso de su majestad, me gustaría primero repetir el acto que realicé ayer para su alteza real.” Sin esperar una respuesta y antes de que cualquiera supiera lo que estaba pasando, Shimón corrió en dirección del mástil, a toda velocidad, sin detenerse. Más rápidamente que ayer subió a la cúspide. De pie, orgulloso- el viento soplando a través de su cabello- gritó lo suficientemente fuerte para que todos pudieran oír.
“¡Su majestad!, Por doce años he estado sirviendo en la armada rusa y amo mi servicio con toda mi alma. Pero, mi Rey, ante todo, soy judío. A lo largo de mi servicio en el ejército, he guardado el Shabat y nunca he comido comidas prohibidas. Nunca dejaré al Di-s de Israel. “iiShema Israel HaShem Elokenu HaShem Ejadü” De nuevo, saltó airosamente desde el mástil, arqueado en el aire como una jabalina antes de zambullirse en el mar azul. Pero esta vez, no subió.
Shimón el valiente había conquistado al Zar de Rusia.

Tres días después, su cuerpo llegó a la orilla. Se preguntó al Zar qué hacer y éste ordenó que el cuerpo debe guardarse en un ataúd bajo protección del ejército durante tres días y después debe enterrarse en el cementerio Estatal. Pero en el campamento de Shimón había otros dos Cantonistas que tenían planes diferentes. No podían soportar la idea de que un compañero judío, sobre todo su amigo Shimón, no tuviera un entierro judío.
Se propusieron un intrépido plan. Tarde a la noche, entraron al cementerio, extrajeron un cuerpo recientemente enterrado, lo llevaron donde estaba el cuerpo custodiado de Shimón, dejaron el cadáver a un poco de distancia y convencieron a los guardias de tomar unas bebidas. Cuando los guardias estuvieron lo suficientemente borrachos, cambiaron los cadáveres y llevaron a Shimón a su reposo, en una tumba que habían excavado en la espesura del bosque.
Pero de algún modo, el acto osado fue descubierto, quizás por uno de los guardias o quizá alguien los vio en el bosque. En todo caso, fueron arrestados y torturados para que revelaran el sitio de la tumba. Pero sus labios permanecieron sellados. Uno murió bajo la tortura y el otro fue asesinado por la escuadra de fusilamiento, pero hasta el día de hoy, el lugar de la tumba de Shimón se desconoce.

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