El Rebe y el Ishuvnik

Uno de los devotos jasidim del Alter Rebe era un joven melamed (maestro) contratado para enseñar a los hijos de un simple ishuvnik (aldeano) en un pequeño poblado del Viejo Mundo.
Cuando llegó el mes de Elul, el melamed explicó al ishuvnik que tenía la costumbre de visitar anualmente al Alter Rebe para los Iamlm Noraim (las Altas Solemnidades).
“Así que me despido de ustedes ahora, y regresaré, con la ayuda de Di-s, después de las Festividades”, dijo.
El simple ishuvnik se sentía perturbado. ¿Cómo podía ser que su “Rebe” tenía que ir a un Rebe? ¿Por qué? ¿No era acaso él mismo un Rebe? Además, no le gustaba la idea de que se fuera en este momento, pues había pensado que e lmelamed estaría con ellos para Rosh HaShaná y Iom Kipur y conduciría los servicios religiosos de las Altas Solemnidades. Hasta había calculado invitar a los judíos de las aldeas próximas para reunir un minián.
El melamed se esforzó por explicar pacientemente al ishuvnik que el Alter Rebe no era un “Rebe” cualquiera sino la cabeza de muchos Rebes, algo así como la “cabeza” que dice al resto del cuerpo qué hacer. Del mismo modo, era importante que Rosh HaShaná, la “cabeza del año”, lo iniciara por el buen camino. Como la “cabeza” era tan importante, los judíos jasídicos visitaban siempre a su “Rebe” para los Iamím Noraím, para hacerse de mucha inspiración y sentimiento religioso, como para que les durara por todo un año, hasta el próximo Rosh HaShaná.
El ishuvnik lo escuchó con interés y de repente, como si se le hubiera ocurrido una magnífica idea, exclamó:
“De acuerdo. Si es bueno que tú vayas al Rebe, entonces yo iré contigo. ¡Iremos juntos!”
“Muy bien”, dijo el melamed, especialmente satisfecho pues no tendría que hacer el largo viaje a pie, como de costumbre, ya que el ishuvnik tenía un caballo y una carreta.
El ishuvnik hizo que su mujer preparara suficiente comida para los dos, tuvo listos su caballo y su carreta, y ambos, melamed e ishuvnik, partieron a visitar al Alter Rebe.
Cuando llegaron al Beit HaMidrash, se encontraron con muchos jasidím que ya estaban alineados en fila, a la espera de su turno para iejidut (audiencia privada) con el Rebe. Aparentemente algunos de ellos conocían al melamed pues lo saludaron con calidez y entusiasmo mientras también él ocupaba su lugar en la fila.
El ishuvnik se sintió un tanto inquieto pues no entendía nada de lo que estaba pasando a su alrededor, pero al ver que todos los que llegaban se sumaban a la fila, decidió unirse a ellos y tomó su lugar al final de ésta. El melamed, al ver que su “patrón” ya estaba en la fila, no se preocupó más por él.
Cuando le llegó el turno de entrar al estudio del Rebe al ishuvnik, así lo hizo, pero guardó silencio, pues no sabía qué se esperaba que dijera o hiciera.
El Alter Rebe miró al forastero, observándolo serenamente por un rato. Luego, con suavidad, le dijo:
“¿Nu?” (‘¿Pues bien?’)
El ishuvnik siguió sin decir nada.
El Rebe volvió a decir: ¿Nu?
“¿Por qué dice todo el tiempo ‘nu’?”, replicó el ishuvnik impaciente.
El Rebe miró al simple ishuvnik con bondad, y contestó:
“A veces sucede que un judío hace ciertas cosas que están mal, sin pensarlo y sin premeditación, sin darse cuenta que esas cosas eran malas y pecado. Por ejemplo…”, y aquí el Alter Rebe prosiguió con ejemplos que se ajustaban a algunos de los defectos del ishuvnik.
El ishuvnik estaba atónito.
‘¡Así que mi ‘noble’ maestro le debe haber contado al Rebe todo acerca de mí! ¡Le enseñaré una lección!”, se prometió a sí mismo mientras abandonaba la habitación del Rebe muy enojado.
Sin perder tiempo se puso a buscar al melamed. Apenas lo vio, comenzó a gritarle delante de todos.
“¿Cómo te atreves a ir con cuentos acerca de mí a tu Rebe!”, vociferaba. “¡Después de que yo te tratara tan bien en mi casa! ¡Estás despedido! ¡Ya encontraré otro maestro que ocupe tu lugar!”
“¿De qué estás hablando?”, preguntó el melamed, sin poderse explicar por qué estaba el ishuvnik tan enojado y nervioso.
Entonces el ishuvnik le contó lo que el Rebe había dicho durante la audiencia privada.
“Estas equivocado. Yo no le he dicho al Rebe nada acerca de ti”.
“Entonces veo que no sólo eres chismoso, sino también mentiroso”, gritó el ishuvnik. “Si tú no le contaste nada, ¿cómo podía saber el Rebe las diferentes cosas que yo había hecho mal?”
El melamed, al notar que no podía convencer al ishuvnik de que él nada tenía que ver con este asunto, pidió otro iejidut con el Alter Rebe y explicó su dilema. No sólo lo apenaba que el ishuvnik lo acusara de chismoso, sino que para colmo de males ahora había quedado sin trábajo.
El Alter Rebe mandó llamar entonces al ishuvnik y le dijo que no tenía motivos para estar enojado con el melamed. “El melamed nada me dijo acerca de ti”, le aseguró el Rebe.
“Entonces, ¿cómo es que sabes todas esas cosas que yo he hecho?”, preguntó el ishuvnik, todavía sin convencerse.
“Yo jamás dije que tú hallas hecho esas cosas”, dijo el Rebe. “Sólo dije que a veces sucede que un judío hace esas cosas. ¿Cómo podía yo saber que ‘el sombrero era de tu medida’?”
“Entonces… nadie te contó… “, empezó a decir el ishuvnik, arrastrando la voz, mientras parecía ahogarse en sus lágrimas.
Recuperándose, se volvió al Alter Rebe y dijo en tono de súplica:
“¡Por favor, Rebe! ¡Ayúdame! En verdad, yo sí hice todas esas cosas que mencionaste. Ahora me doy cuenta que no he sido un judío tan bueno como pensaba. Pero de ahora en adelante haré realmente todos los esfuerzos para ser un mejor judío. ¿Qué debo hacer?”
El Rebe le habló con palabras de estímulo, le dio algunas instrucciones y le aseguró que el Todopoderoso aceptaría con gusto su sincera teshuvá y lo bendeciría a él y a su familia con un año verdaderamente bueno.
Con el corazón mucho más aliviado, el ishuvnik se apuró a decir al melamed que ahora estaba convencido de su inocencia y que con gusto lo recibiría nuevamente como el maestro de sus hijos.
A partir de entonces no hubo seguidor más sincero del Alter Rebe que este simple ishuvnik, que ahora reverenciaba al Rebe con todo su corazón y con toda su alma, y hacía el máximo esfuerzo por llevar una vida que satisficiera sus exigencias.
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